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viernes, 1 de mayo de 2020

La historiografía griega de época clásica


LA HISTORIOGRAFÍA DE ÉPOCA CLÁSICA



HERÓDOTO DE HALICARNASO (490?-420?)

Heródoto, el historiador viajero

Ha sido llamado, desde Cicerón,“el padre de la historia”, ya que es el primero que hace de los acontecimientos del pasado objeto de su investigación y verificación; pero no del pasado lejano y mítico, como los historiadores precedentes (los logógrafos), sino del inmediato, intentando recoger toda clase de datos. Evidentemente la exigencia de su investigación y crítica no puede compararse con el moderno concepto de la historia; es la obra de un pionero. Y además, debemos tener en cuenta que en Grecia, la historia es un género literario más y, por tanto, no tiene el afán del rigor, la exactitud y la veracidad.

Fue un viajero incansable por los territorios del Mediterráneo oriental (especialmente provechosas fueron sus estancias en Egipto, cultura a la que admiraba). También formó parte del extraordinario ambiente intelectual de la Atenas del s. V, donde conoce a Pericles, Sófocles, Protágoras...

Heródoto escribió una sola obra, las Historias. Aunque un gramático posterior dividió la obra de manera arbitraria en nueve libros (dedicando cada uno de ellos a una da las nueve musas), la obra no es un todo homogéneo, sino una especie de mosaico de distintos elementos yuxtapuestos: descripciones geográficas, étnicas, novelística procedente de la tradición oral, resultados de su investigación personal sobre los acontecimientos, etc. El propósito de la obra, que él manifiesta al comienzo, es contar las Guerras Médicas, que enfrentaron a los griegos acaudillados por Atenas contra el gran imperio persa, vistas como el gran conflicto entre Asia y Europa, entre Oriente y Occidente. Pero aunque el tema central sean las Guerras Médicas, Heródoto añade a la narración muchas digresiones que contienen información más o menos relacionada con ellas, tanto mítica como geográfica, política y de folklore.

Heródoto  supone un primer paso hacia una historia científica, crítica. Presenta varias versiones de los hechos, para que el lector pueda tener su criterio. Eso sí, no profundiza en los hechos buscando las causas reales, sino que aplica al acontecer histórico principios de su mentalidad sencilla y religiosa: en último término es la voluntad divina la que decide (fatalismo) y es inútil luchar contra el destino.


TUCÍDIDES DE ATENAS (454?-400?)


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Supone la culminación de la historiografía griega, y es el historiador de la antigüedad que presenta más rasgos de lo que se entendemos hoy por historia.
Su niñez y juventud coinciden con la época de mayor esplendor de su ciudad natal. No es un hombre de partido, sino un ateniense de tradición aristocrática que siente una gran admiración por el estadista Pericles. En el año 424 fue nombrado estratego y por su fallo en la expedición en ayuda de Anfipolis, desterrado de Atenas durante 20 años.

Su obra se nos ha transmitido con el título de Historia. Está dividida en ocho libros y su finalidad es contar la Guerra del Peloponeso, que enfrentó durante casi treinta años a las dos grandes potencias griegas, Atenas y Esparta. El primer libro está dedicado a buscar la explicación a las razones de esta guerra. Para ello hace una síntesis de la historia primitiva de Grecia hasta los antecedentes inmediatos de la guerra. También hace una exposición de su metodología histórica. En los libros sucesivos va describiendo las siguientes etapas de la guerra, hasta el año 411 en que se interrumpe bruscamente, quizá porque al autor le sorprendió la muerte antes de terminar la redacción final.

Tucídides cuenta con los logógrafos jonios y Heródoto como precedentes en su quehacer histórico, pero las diferencias con ellos son muy notables. En primer lugar, supuso algo totalmente nuevo escribir una obra de historia contemporánea (la Guerra del Peloponeso se extiende del 431 al 404). En segundo lugar, su intención no es la de eternizar glorias del pasado, sino presentar los hechos de un presente por su valor ejemplar. En tercer lugar, Tucídides es muy escrupuloso con sus fuentes de información: o bien relata hechos que él mismo ha presenciado, o bien, para los demás, examina con mucho cuidado las informaciones (muchas veces contradictorias) para presentar la que se puede considerar más verosímil. A diferencia de Heródoto, Tucídides excluye la intervención divina como agente esencial de los acontecimientos, sino la lógica interna de los hechos y las acciones de los hombres.

Pretende hacer con su historia una verdadera ciencia, una adquisición para siempre, creando un método científico de investigación histórica que permita distinguir las causas aparentes de las reales y profundas, las causas inmediatas y las profundas.
Su estilo es conciso y directo, de gran densidad de ideas, lo que dificulta su comprensión y su traducción. Las digresiones son escasas. Es el creador de la prosa ática, el que la elevó a la categoría literaria. En sus Historias abundan los discursos en boca de los personajes que intervienen. Son reconstrucciones hechas por él, buscando lo más verosímil de acuerdo con la naturaleza del personaje y de la situación, tal y como él mismo nos dice. Cumplen una doble función: tratan de expresar la verdad política, es decir, las razones que mueven a los personajes, y a la vez, sirven para la dramatización de su relato, bajo la influencia de la tragedia.

En resumen, si Heródoto es el padre de la historia como género literario, Tucídides es el primero que introduce en la historia la crítica racional y, en este sentido, es un brillante precursor del género moderno de la historia.


JENOFONTE DE ATENAS (430-354)


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De entre los historiadores griegos inmediatamente posteriores a Tucídides, la figura más destacada es Jenofonte. Fue un escritor muy polifacético, pues además de obras históricas produjo textos filosóficos y didácticos. Como historiador es una figura menor comparado con Heródoto o Tucídides.

Aunque se declara continuador de Tucídides, su obra es superficial y poco imparcial. No parece haberse preocupado tampoco del análisis de las fuentes utilizadas. Vuelve a introducir en la explicación de los sucesos históricos la intervención de fuerzas divinas. En conjunto, puede decirse que su obra es de poca profundidad de pensamiento, aunque es un buen narrador. Sus descripciones de escenas aisladas y los retratos de personajes importantes alcanzan a veces auténtica maestría. Asimismo, demuestra en su obra histórica su conocimiento directo de las cuestiones militares, como viejo soldado que participó en múltiples expediciones.

Podemos ordenar la obra de Jenofonte en tres apartados: históricas, socráticas y didácticas.
Obras históricas: las Helénicas, la Anábasis y el Agesilao.
Obras socráticas: Memorables, el Banquete y la Apología de Sócrates.
Obras didácticas: la Ciropedia, Hierón, el República de los lacedemonios (donde se muestra filoespartano), Cinegético (sobre la caza)…

Las Helénicas narra en siete libros la historia griega desde el  411 hasta el 362 a.C. En ella pretende continuar la obra de Tucídides, pero el resultado es muy desigual y da la sensación de una obra hecha por etapas, quedando muy lejos de la obra de Tucídides, pues Jenofonte expone una serie de causas quedándose en la superficie de las cosas, mientras que Tucídides ahonda en sus orígenes.

La Anábasis es un admirable relato sobre sus aventuras como participante en la expedición de mercenarios griegos para ayudar a Ciro el Joven, cuando aspiraba al trono que ocupaba su hermano Artajerjes II. Abundan los pormenores geográficos y etnográficos, así como el detalle de las cuestiones militares, todo ello escrito con gran naturalidad a través de sus propias experiencias.

La Ciropedia es difícil de clasificar y no puede considerarse simplemente una obra histórica. Es más bien una novela de tendencia político-pedagógica, basada en hechos y personajes históricos. Narra la educación, juventud, subida al trono y reinado de Ciro el Viejo. En ella abundan los discursos y los episodios moralizadores, así como los relatos novelescos.

En realidad Jenofonte es mucho mejor reportero de guerra. Sus escritos son un reportaje de sus propias experiencias en el ejército, perfectamente contados. Su escritura es fresca, precisa, rápida, no ajena a la ironía en ocasiones, tan solo alterada por la longitud de algunos discursos, que aparecen cargados de tópicos retóricos y distan mucho de la hondura psicológica de los de Tucídides. A veces prefiere remodelar la historia, silenciando algunos hechos y embelleciendo sus testimonios con figuras retóricas.


sábado, 28 de marzo de 2020

Tucídides y la peste de Atenas



Tucídides y la peste de Atenas (430 a.C.)

 

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«Así se celebraron los funerales en este invierno, transcurrido el cual terminó el primer año de esta guerra. Ya tan pronto como comenzó el verano, los peloponesios y sus aliados, con dos tercios de sus fuerzas, invadieron, como la primera vez, el Ática; los mandaba Arquidamo, hijo de Zeuxidamo, rey de los lacedemonios. Y después de tomar posiciones procedieron a devastar el territorio. No hacía aún muchos días que estaban en el Ática cuando comenzó a declararse por primera vez entre los atenienses la epidemia, que, según se dice, ya había hecho su aparición anteriormente en muchos sitios, concretamente en la parte de Lemnos y en otros lugares, aunque no se recordaba que se hubiese producido en ningún sitio una peste tan terrible y una tal pérdida de vidas humanas. Los médicos nada podían hacer, pues desconocían la naturaleza de la enfermedad y además fueron los primeros en tener contacto con los enfermos y, por tanto, en morir. La ciencia humana se mostró incapaz; en vano se elevaban oraciones en los templos y se dirigía ruegos a los oráculos. Finalmente, todo fue olvidado ante la fuerza de la epidemia.

Apareció por primera vez, según se dice, en Etiopía, la región situada más allá de Egipto, y luego descendió hacia Egipto y Libia y a la mayor parte del territorio del rey. En la ciudad de Atenas se presentó de repente y atacó primeramente a la población del Pireo, por lo que circuló el rumor entre sus habitantes de que los peloponesios habían echado veneno en los pozos, dado que todavía no había fuentes en la localidad. Luego llegó a la ciudad alta, y entonces la mortandad ya fue mucho mayor. Sobre esta epidemia, cada persona, tanto si es médico como si es profano, podrá exponer, sin duda, cuál fue, en su opinión, su origen probable así como las causas de tan gran cambio que a su entender, tuvieron fuerza suficiente para provocar todo el proceso. Yo, por mi parte, describiré cómo se presentaba; y los síntomas con cuya observación, en el caso de que un día sobreviniera de nuevo, se estaría en las mejores condiciones para no errar en el diagnóstico, al saber algo de antemano, también voy a mostrarlos, porque yo mismo padecí la enfermedad y vi personalmente a otros que la sufrían.

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«Plague in Athens» (Stanley Meltzoff)

Aquel año, como todo el mundo reconocía, se había visto particularmente libre de de enfermedades en lo que a otras dolencias se refiere; pero si alguien había contraído ya alguna, en todos los casos fue a parar a ésta. En los demás casos, sin embargo, sin ningún motivo que lo explicase, en plena salud y de repente, se iniciaba con una intensa sensación de calor en la cabeza y con un enrojecimiento e inflamación en los ojos; por dentro, la faringe y la lengua quedaban en seguida inyectadas, y la respiración se volvía irregular y despedía un aliento fétido. Después de estos síntomas, sobrevenían estornudos y ronquera, y en poco tiempo el mal bajaba al pecho acompañado de una tos violenta; y cuando se fijaba en el estómago, lo revolvía y venían vómitos con todas las secreciones de bilis que han sido detalladas por los médicos, y venían con un malestar terrible. A la mayor parte de los enfermos les vinieron también arcadas sin vómito que les provocaban violentos espasmos, en unos casos luego que remitían los síntomas precedentes y, en otros, mucho después. Por fuera el cuerpo no resultaba excesivamente caliente al tacto, ni tampoco estaba amarillento, sino rojizo, cárdeno y con un exantema de pequeñas ampollas y de úlceras; pero por dentro quemaba de tal modo que los enfermos no podían soportar el tacto de vestidos y lienzos muy ligeros ni estar de otra manera que desnudos, y se habrían lanzado al agua fría con el mayor placer. Y esto fue lo que en realidad hicieron, arrojándose a los pozos, muchos de los enfermos que estaban sin vigilancia, presos de una sed insaciable; pero beber más o menos daba lo mismo. Por otra parte, la imposibilidad de descansar y el insomnio los agobiaban continuamente. El cuerpo, durante todo el tiempo en que la enfermedad estaba en plena actividad, no quedaba agotado, sino que resistía inesperadamente el sufrimiento; así, o perecían, como era el caso de la mayoría, a los nueve o a los siete días, consumidos por el calor interior, quedándoles todavía algo de fuerzas, o, si conseguían superar esta crisis, la enfermedad seguía su descenso hasta el vientre, donde se producía una fuerte ulceración, a la vez que sobrevenía una diarrea si mezclar, y, por lo común, se perecía a continuación a causa de la debilidad que aquélla provocaba. El mal, después de haberse instalado primero en la cabeza, comenzando por arriba recorría todo el cuerpo, y si uno sobrevivía a sus acometidas más duras, el ataque a las extremidades era la señal que dejaba: afectaba, en efecto, a los órganos genitales y a los extremos de las manos y los pies; y muchos se salvaban con la pérdida de estas partes,y algunos incluso perdiendo los ojos. Otros, en fin, en el momento de restablecerse, fueron víctimas de una amnesia total y no sabían quiénes eran ellos mismos ni reconocían a sus allegados.

peste_greciaLa naturaleza de esta enfermedad fue tal que escapa sin duda a cualquier descripción; atacó a cada persona con más virulencia de la que puede soportar la naturaleza humana, pero sobre todo demostró que era un mal diferente a las afecciones ordinarias en el siguiente detalle: las aves y los cuadrúpedos que comen carne humana, a pesar de haber muchos cadáveres insepultos, o no se acercaban, o si los probaban perecían. Y he aquí la prueba: la desaparición de este tipo de ave fue notoria, y nos se las veía ni junto a ningún cadáver ni en ningún otro sitio; los perros, en cambio, por el hecho de vivir con el hombre, hacían más fácil la observación de los efectos.

Tal era, pues, en general el carácter de la enfermedad, dejando a un lado otros muchos aspectos extraordinarios, dado que cada caso presentaba alguna particularidad, que lo diferenciaba de otros. Y durante aquel tiempo ninguna de las enfermedades corrientes hacía sentir sus efectos, y si sobrevenía alguna, acababa en aquélla. Unos morían por falta de cuidados y otros a pesar de estar perfectamente atendidos. No se halló ni un solo remedio, por decirlo así, que se pudiera aplicar con seguridad de eficacia; pues lo que iba bien a uno a otro le resultaba perjudicial. Ninguna constitución, fuera fuerte o débil, se mostró con bastante fuerza frente al mal; éste se llevaba a todos, incluso a los que eran tratados con todo tipo de dietas. Pero lo más terrible de toda la enfermedad era el desánimo que se apoderaba de uno cuando se daba cuenta de que había contraído el mal (porque entregando al punto su espíritu a la desesperación, se abandonaban por completo sin intentar resistir), y también el hecho de que morían como ovejas al contagiarse debido a los cuidados de los unos hacia los otros: esto era sin duda lo que provocaba mayor mortandad. Porque si, por miedo, no querían visitarse los unos a los otros, morían abandonados, y muchas casas quedaban vacías por falta de alguien dispuesto a prestar sus cuidados; pero si se visitaban, perecían, sobre todo quienes de algún modo hacían gala de generosidad, pues, movidos por su sentido del honor, no tenían ningún cuidado de sí mismos entrando en casa de sus amigos cuando, al final, a los mismos familiares, vencidos por la magnitud del mal, ya no les quedaban fuerzas ni para llorar a lo que se iban. No obstante, eran los que ya habían salidos de la enfermedad quienes más se compadecían de los moribundos y de los que luchaban con el mal por conocerlo por propia experiencia y hallarse ya ellos en seguridad; la enfermedad, en efecto, no atacaba por segunda vez a la misma persona, al menos hasta el punto de resultar mortal. Así, recibían el parabién de los demás, y ellos mismos, debido a la extraordinaria alegría del momento abrigaban para el futuro la vana esperanza de que ya ninguna enfermedad podría acabar con ellos.

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«The Plague At Ashdod» (Nicolas Poussin, 1631)

En medio de sus penalidades les supuso un mayor agobio la aglomeración ocasionada por el traslado a la ciudad de las gentes del campo, y quienes más lo padecieron fueron los refugiados. En efecto, como no había casas disponibles y habitaban en barracas sofocantes debido a la época del año, la mortandad se producía en una situación de completo desorden; cuerpos de moribundos yacían unos sobre otros, y personas medio muertas se arrastraban por las calles y alrededor de todas las fuentes movidos por el deseo de agua. Los santuarios en los que se habían instalado estaban llenos de cadáveres, pues morían allí mismo; y es que ante la extrema violencia del mal, los hombres, sin saber lo que sería de ellos, se dieron al menosprecio tanto de lo divino como de lo humano. Todas las costumbres que antes observaban en los entierros fueron trastornadas y cada uno enterraba como podía. Muchos recurrieron a sepelios indecorosos debido a la falta de medios, por haber tenido ya muchas muertes en su familia; en piras ajenas, anticipándose a los que habían apilado, había quienes ponían su muerto y prendían fuego; otros, mientras otro cadáver ya estaba ardiendo, echaban encima el que ellos llevaban y se iban. También en otros aspectos la epidemia acarreó a la ciudad una mayor inmoralidad. La gente se atrevía más fácilmente a acciones con las que antes se complacían ocultamente, puesto que veían el rápido giro de los cambios de fortuna de quienes eran ricos y morían súbitamente, y de quienes antes no poseían nada y de repente se hacían con los bienes de aquellos. Así aspiraban al provecho pronto y placentero, pensando que sus vidas y sus riquezas eran igualmente efímeras. Y nadie estaba dispuesto a sufrir penalidades por un fin considerado noble, puesto que no tenía la seguridad de no perecer antes de alcanzarlo. Lo que resultaba agradable de inmediato y lo que de cualquier modo contribuía a ello, esto fue lo que lo que pasó a ser noble y útil. Ningún temor de los dioses ni de la ley humana los detenía; de una parte juzgaban que daba lo mismo honrar o no honrar a los dioses, dado que veían que todo el mundo moría igualmente, y, en cuanto a sus culpas, nadie esperaba vivir hasta el momento de celebrarse el juicio y recibir su merecido; pendía sobre sus cabezas una condena mucho más grave que ya había sido pronunciada, y antes de que les cayera encima era natural que disfrutaran un poco de la vida.

Tal era el agobio de la desgracia en que se veían sumidos los atenienses; la población moría dentro de las murallas y el país era devastado fuera. Y en medio de su infortunio, como era natural, se acordaron particularmente de este verso, que los más viejos afirmaban haber oído recitar hacía tiempo:

‘Vendrá una guerra doria y con ella una peste’

Por cierto que surgió una discusión entre la gente respecto a que la palabra usada por los antiguos en el verso no era ‘peste’, si no ‘hambre’, pero en aquellas circunstancias venció, naturalmente, la opinión de que se había dicho ‘peste’; la gente, en efecto, acomodaba su memoria al azote que padecía. Y sospecho que si después de esta un día estalla otra guerra doria y sobreviene el hambre, recitarán el verso con toda probabilidad en este sentido. También acudió a la memoria de quienes lo conocían el oráculo dado a los lacedemonios cuando habían preguntado al dios si debían emprender la guerra y éste les había respondido que, si hacían la guerra con todas sus fuerzas, la victoria sería suya, y les había prometido que él mismo les prestaría su ayuda. Suponían, pues, que los hechos se desarrollaban conforme al oráculo: la epidemia, en efecto, se había declarado así que los peloponesios habían efectuado la invasión; y no se extendió al Peloponeso, al menos de forma que valga la pena mencionar, sino que se fue cebando sobre todos en Atenas y luego en las localidades más pobladas de otras regiones. Éstos son los hechos relativos a la epidemia».

Extracto de la obra «Historia De La Guerra Del Peloponeso» (Tucídides)

 

jueves, 28 de mayo de 2015

Comedia griega




(Mientras estudias, a relaxin' piece of music...)




El autor de comedias mira con interés y distancia la sociedad, la critica y se burla de ella con las armas de la ironía y la parodia. Hace reír con sus bromas y chistes pero hace reflexionar sobre las tendencias desatinadas o los atropellos que sufre la mayoría. Todas las comedias griegas tienen una mezcla de utopía, de búsqueda de lo imposible,  y de nostalgia (añoran otro tiempo, perdido). La comedia prospera en un clima de permisividad y tolerancia política: es la libertad de expresión o parresía la que la hace posible.

 Sus temas son asuntos cotidianos, incidentes menores de la vida ordinaria y el protagonista suele ser un antihéroe: un salchichero, una verdulera, un viejo campesino, un parásito, un adulador…un ciudadano de agudo ingenio que concibe remedios pintorescos o revolucionarios para salvarse de la situación agobiante y, de paso, salvar a la ciudad. Abundan las procacidades, alusiones sexuales, los motivos obscenos, las críticas políticas, las caricaturas feroces de los personajes del momento y no faltan los juegos de palabras, la escatología, la creación de nuevos términos. El coro se enfrenta al héroe o lo acompaña en sus triunfos, suele aparecer disfrazado de aquello que da nombre a la comedia.

El poeta cómico por excelencia es Aristófanes. Es un representante de la llamada Comedia Antigua. Trata temas diversos: el pacifismo, el antimilitarismo, la lucha de sexos, la utopía, el feminismo, la crítica literaria...y las comedias más conocidas son:

Lisístrata: en plena guerra del Peloponeso, hartas de un conflicto que se prolonga indefinidamente, sin solución, las mujeres de ambos bandos plantean a sus maridos una huelga sexual hasta que se pongan de acuerdo y firmen la paz.

Las Aves: una comedia de evasión en la que dos atenienses fundan una nueva ciudad, bella y tranquila, que acaba haciéndose con el mando del universo.

Pluto: después de una guerra que ha dejado desolación y miseria, las desigualdades se han hecho insostenible; tras comprobar el mal reparto de la fortuna, Pluto, (la Riqueza, el Dinero), un anciano ciego y  Penía (Pobreza) se llevan a su terreno a las personas justas y a los malvados, respectivamente.

Las Nubes: los sofistas y Sócrates son los protagonistas, criticados por corromper a la juventud.

Las Ranas: una comedia sobre crítica literaria, trata de dirimir qué poeta dramático es mejor: Esquilo o Eurípides.

 

Tragedia griega


(En sustitución de los fastuosos apuntes que, sin duda, habríais ido tomando; omito, naturalmente, cuestiones relacionadas con el origen o elementos de la representación así como un detallado argumento de las obras citadas más abajo). Invito a ver los documentales -en inglés con subtítulos- sobre este tema.



(ERIK SATIE, MIENTRAS ESTUDIAS...)



ESQUILO

El primer gran autor de tragedias. Participó en la batalla de Maratón. Se conservan siete de las 90 que escribió. Aumentó el número de actores a dos. Solía presentar a concurso tres obras sobre un mismo argumento o personaje (trilogías). Conceptos esenciales de su teatro son la convicción de que la justicia divina de Zeus preside el orden del universo y que la soberbia humana (hybris) conduce a la obcecación y la ceguera, arrastra su castigo inexorable y puede alcanzar a sus herederos. Su teatro se caracteriza por la solemnidad, la apariencia espectacular (con figuras horribles, apariciones fantasmales…) y la grandilocuencia verbal; los personajes sufren los designios del destino y están estrechamente vinculados a las divinidades.

 Persas, sobre un suceso histórico, la batalla de Salamina.

Siete contra Tebas relata la lucha por el trono de Eteocles y Polinices, los dos hijos varones de Edipo y Yocasta

Prometeo encadenado, historia del titán benefactor de la humanidad que ha de pagar por ello encadenado en el Cáucaso.

La Orestíada (única trilogía que se conserva): Agamenón, Coéforas, Euménides, sobre la culpa hereditaria de la casa de Atreo.

SÓFOCLES

Se le considera la cumbre de la perfección dramatúrgica. Expresa el esplendor de la época de Pericles. Se conservan siete de las 130 que escribió. Introdujo un tercer actor. Su teatro reflexiona sobre el destino y suele plantear la llamada ironía trágica: las personas que se hallan en la cima de su fama, en el apogeo de su poder, suelen precipitarse en la desgracia física o moral. Sus protagonistas tienen que enfrentarse al dolor y a la soledad.

Antígona plantea el conflicto entre los derechos individuales, la voluntad personal  y el Estado.

Edipo rey, sobre cómo ser coherente y empeñarse en descubrir la verdad causa desgracias.

Edipo en Colono, sobre las obligaciones filiales.

Filoctetes, sobre el abandono y  la soledad absoluta del protagonista.

Ayax, el dilema de su locura: vivir sin honor o morir honrosamente.

EURÍPIDES

Filósofo de la escena e innovador técnico. Se conservan 19 obras. Incomprendido en su tiempo, sus personajes se debaten entre  conflictos psicológicos, pasiones desmedidas y elementos irracionales. Refleja la época de una manera recargada, retórica. En sus obras aparece a menudo un dios que resuelve las complicaciones de la trama (deus ex machina). Suele tratar ideas y sentimientos novedosos: antibelicismo en Hécuba, Andrómaca o Troyanas; la religiosidad en Bacantes; conflictos amorosos  en Hipólito; figuras femeninas de pasión desbordante como Medea, furiosamente enamorada de Jasón y otras de amor inocente o sacrificado como Ifigenia o Alcestis; las relaciones familiares y personales (Electra, Orestes).