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miércoles, 25 de noviembre de 2015

Lucy

¿Quién es Lucy, la australopiteco?

Hace 41 años un grupo de paleontólogos descubrió en Etiopía los fósiles de un humanoide de 3,2 millones de años de antigüedad

       

Representación de la famosa hembra de australopiteco de hace 3,2 millones de años bautizada 'Lucy'. / Dave Einsel (Getty Images) |
 
Lucy es el esqueleto más famoso del mundo. Hace 41 años, un grupo de paleontólogos descubrió en Hadar, al noreste de Etiopía, el conjunto de restos fósiles de un australopiteco que vivió hace 3,2 millones de años. Era una hembra de 1,1 metros de altura y se trató del primer hallazgo de un humanoide en buen estado que logra explicar la relación entre los primates y los humanos.
Los trabajos de rescate recuperaron el 40% del esqueleto y tras varios estudios se confirmó que esta Australopithecus afarensis ya caminaba en dos extremidades inferiores. Tiene los pies arqueados como los humanos actuales, lo que indica que era bípeda. El hallazgo la ubica como un ancestro de los Homo sapiens y también como una conexión evolutiva con los primates.

más información

 

 

Era el 24 de noviembre de 1974 cuando se hizo el descubrimiento y en la radio sonaba Lucy in the sky with diamonds, el éxito de los Beatles, así que al paleontólogo Donald Johanson le pareció buena idea darle un nombre al grupo de huesos que, según indicaban las primeras investigaciones, pertenecían a una sola persona. La nombró Lucy y con el apelativo


 


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Era el 24 de noviembre de 1974 cuando se hizo el descubrimiento y en la radio sonaba Lucy in the sky with diamonds, el éxito de los Beatles, así que al paleontólogo Donald Johanson le pareció buena idea darle un nombre al grupo de huesos que, según indicaban las primeras investigaciones, pertenecían a una sola persona. La nombró Lucy y con el apelativo siguió la fama. Tras este descubrimiento se han encontrado más de 250 fósiles de al menos 17 individuos en la misma región.
Los restos permanecen en el Museo Etíope de Historia Natural en Addis Abeba en una cámara de seguridad a la que el público no tiene acceso. Sin embargo, el Gobierno etíope decidió en 2007 sacar el esqueleto del resguardo para llevarlo en una gira por Estados Unidos. Durante siete años, Lucy viajó por varias ciudades y cientos de personas pudieron observar los trozos de cráneo, costillas, pelvis y fémur del ejemplar.
En 2015, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, visitó Etiopía y las autoridades le permitieron observar directamente el esqueleto y tocarlo.
 
 
 
 
 
 
 

sábado, 9 de mayo de 2015

Delfos

Ciudades, soberanos y simples particulares acudían al templo de Apolo, esperando que el oráculo del dios les aconsejara a la hora de tomar decisiones de importancia
Por Mireia Movellán Luis. Investigadora de la Universidad Complutense de Madrid, Historia NG nº 113
 
 
 

El templo de la diosa Atenea

Este templo circular o tholos dedicado a Atenea se halla en la terraza de Marmaria, en el exterior del recinto de Apolo. Su nombre, Atenea Pronaia, significa «antes del templo».
 
«Layo, suplicas una próspera descendencia. Te daré el hijo que deseas, pero está decretado que dejes la vida a sus manos». Así profetizó el oráculo de Delfos al padre de Edipo; el oráculo también advirtió a Edipo de que mataría a su padre y se casaría con su propia madre. Fueron vanos los intentos de padre e hijo por evitar que tales predicciones se cumplieran: Edipo mató a un hombre y se casó con su viuda, sin saber que se trataba de sus progenitores; al conocer lo que había hecho, se sacó los ojos. Pero no todos los oráculos de Delfos fueron tan tremendos. Aparte de los ejemplos míticos o legendarios, de las más de quinientas preguntas y respuestas délficas conservadas sólo se consideran históricas unas cincuenta y cinco, y la mayoría responden a cuestiones políticas, bélicas o religiosas por las que se interesaron las ciudades.
En Delfos, lugar que los griegos consideraban el ombligo de la tierra, existía un templo del dios Apolo ya en el siglo VIII a.C., y desde entonces se estableció una red de peregrinaje que unía toda Grecia con ese lugar. Lo habitual era que las ciudades o polis enviasen delegaciones sagradas (theoría) que debían transmitir al oráculo preguntas sobre los asuntos públicos. Junto a los comisionados oficiales viajaban consultantes privados, cuyas preguntas debían de diferir, lógicamente, de las que formulaba la ciudad: seguramente se referían a la conveniencia de un matrimonio, a los hijos, a los riesgos de negocios y viajes...
El hecho de acompañar a las embajadas permitía a estos consultantes particulares disfrutar de cierta seguridad, ya que la delegación al completo estaba bajo protección divina y era inviolable. Ello resultaba muy conveniente cuando se tenía que realizar un viaje siempre difícil y peligroso, a veces muy largo, expuesto a ataques y al pillaje. Las delegaciones se mandaban coincidiendo con los momentos propicios para la adivinación, que en su origen se limitaban al séptimo día del mes de bysios (a mediados del invierno), en el aniversario del nacimiento de Apolo; posteriormente se ampliaron al día siete de cada mes. Además, las ciudades podían mandar delegaciones regularmente, con el beneplácito del santuario; los atenienses, por ejemplo, enviaban las llamadas pytháis a Delfos si se veía un rayo en determinado lugar. El santuario también estaba abierto a preguntas durante las celebraciones de festivales como los de Carila o de Septerion, cada ocho años.
Aunque al santuario acudía multitud de peregrinos en busca de alguna orientación sobre decisiones que debían tomar, la función esencial del oráculo no era predecir el futuro, sino proveer de sanción divina a las decisiones políticas de las ciudades: ratificaba leyes e incluso constituciones, aprobaba la fundación de nuevas ciudades y de colonias, aconsejaba empresas bélicas o las censuraba. Aunque Delfos no intervenía directamente en la política de las ciudades, sus oráculos podían ser usados como arma política en caso necesario.

La llegada al santuario

Cuando los peregrinos llegaban al pie del monte Parnaso, donde estaban la ciudad de Delfos y el recinto de Apolo, los recibía el próxenos, el embajador que cada polis tenía en el santuario y que atendía por igual a embajadores y a ciudadanos particulares. Hay que suponer que los días en que el recinto estaba abierto a consultas debía de concentrarse allí mucha gente, y que las colas para entrar eran constantes. Pero no todos tenían que esperar: ciudades como Atenas o Esparta disfrutaban del privilegio de la promanteia, la prioridad de consulta, de la que se beneficiaban tanto sus emisarios como los ciudadanos privados que los acompañaban.
Lo primero que encontraban los viajeros, a un kilómetro y medio del recinto, era la zona conocida como Marmaria por los mármoles de los edificios allí construidos, entre ellos el templo circular de Atenea Pronaia. Luego los peregrinos pasaban por la fuente Castalia, que brotaba entre las dos piedras Fedríades («brillantes»), y se purificaban con sus aguas. Acto seguido entraban en procesión por la vía Sacra, ya en el interior del santuario propiamente dicho. Esta calzada ascendía por una pronunciada pendiente y estaba flanqueada por los tesoros de las más prominentes ciudades: Sición, Sifnos, Cnido, Tebas, Atenas, Corinto, Massalia. Los tesoros eran pequeños templos o capillas en los que se conservaban los exvotos y donaciones que los ciudadanos de una polis entregaban al santuario. Después la vía llegaba al templo de Apolo, más arriba del cual se encontraban la palestra, el gimnasio, el estadio y el teatro. Este edificio, con capacidad para unos 5.000 espectadores, acogía los certámenes artísticos de los juegos píticos, que se celebraban en honor de Apolo e incluían competiciones atléticas y celebraciones religiosas.

La consulta al oráculo

Frente al templo estaba el altar para los sacrificios. Las consultas al oráculo se «pagaban» en forma de sacrificio o de pastel: el propio templo vendía los animales que debían sacrificarse y las tartas sagradas (pélanos). Aunque no se conocen las tarifas, es de suponer que el precio mínimo por la ofrenda sería asequible para un ciudadano medio. Sin embargo, los más pudientes solían ofrecer, además de un sacrificio, presentes como estatuas, trípodes y otros exvotos. Lógicamente, las tasas en forma de sacrificios o tartas que había que comprar para acceder al oráculo debían de ser mucho más elevadas para las consultas cívicas que para las privadas.
Poco sabemos de la organización en el interior del templo. Allí se encontraban la sacerdotisa pitia, por cuya boca hablaba Apolo, y el cuerpo de sacerdotes que la atendía y que se repartía las diferentes tareas. Aunque no se conocen con certeza las atribuciones de cada grupo, se cree que los hieréis se encargarían de los sacrificios; los prophetai se ocuparían de ayudar a la pitia e interpretar sus palabras, y los hósioi se cuidarían del culto.
El peregrino entraba en el templo a través del chresmographeion, donde se guardaba el archivo del santuario con la lista de consultantes, sus preguntas y respuestas, así como la lista de vencedores en los juegos píticos; probablemente allí formulaba su pregunta. Según la tradición, en la parte más recóndita del templo de Apolo había un lugar subterráneo, el ádyton, al que la pitia descendía, con una corona y un bastón de laurel, cuando le llegaba el momento de entrar en éxtasis y comunicarse con la divinidad. Se cuenta que ahí masticaba laurel, bebía agua de la fuente Casotis y se sentaba en un gran trípode situado sobre una grieta natural del suelo de la que salían vapores. Al inhalarlos, la sacerdotisa entraba en un frenesí o delirio gracias al cual pronunciaba las palabras, quizás incomprensibles, que los sacerdotes del templo escuchaban y escribían, y que luego se entregaban al consultante. Pero el ritual de la consulta tal como se ha descrito aquí presenta un problema: es tardío y se trata más bien de una elaboración esotérica de la realidad.Los relatos de diferentes historiadores griegos ofrecen una imagen muy distinta de cómo se desarrollaba.

¿Cuál era la verdad?

Plutarco, que además de historiador y biógrafo fue sacerdote de Apolo en Delfos, no sólo ignora el procedimiento descrito, sino que su narración es incompatible con el mismo. Este autor, que vivió a caballo de los siglos I y II d.C., explica que el ádyton estaba abierto a los consultantes y no era una habitación secreta; y no dice nada sobre el frenesí o trance de la pitia, ni sobre lo incoherente de sus palabras. Sólo en una ocasión refiere que la sacerdotisa se retira a un lugar subterráneo, pero ello sucede en un momento en el que se siente indispuesta y no logra profetizar, cosa que la lleva a la locura. Por su parte, el historiador Heródoto, que vivió en el siglo V a.C., relata la entrada del dirigente espartano Licurgo en el recinto de la sacerdotisa y afirma que ella le habla directamente, sin esperar siquiera a su pregunta y, de hecho, le dicta la constitución espartana. También Jenofonte parece tener una relación directa con la pitia cuando, a finales del siglo V a.C., le pregunta a qué dioses debe encomendarse para tener éxito en el viaje que luego narrará en su Anábasis, el épico itinerario de un ejército de mercenarios griegos a través del Imperio persa.
Es más, algunos ejemplos de consultas históricas que conservamos presuponen no sólo que la pitia estaba presente ante los consultantes, sino que se dirigía directamente a ellos, como cuando los atenienses le solicitaron que escogiera los nombres de las diez tribus de su ciudad, o cuando los tesalios le pidieron que eligiera a un rey. Al parecer, en ambos casos se ofreció a la sacerdotisa una urna con distintos nombres para que ella eligiese. En definitiva, lo que ocurría dentro del templo y la manera en que actuaba la profetisa constituye un misterio. En cuanto al origen de su inspiración, se ha intentado explicar por el uso de sustancias psicoactivas que podían estar presentes en el agua o el laurel, o por algún vapor que actuara sobre su conducta (parece que está confirmada la existencia de etileno en el subsuelo de Delfos). Incluso hay quien afirma que pudo recurrir al hipnotismo o algún tipo de sugestión.

La decadencia

Después de la consulta, el peregrino regresaba al chresmographeion, donde los prophetai le entregaban por escrito un informe oficial y la respuesta del oráculo interpretada y formulada solemnemente, a menudo en verso. Tras esto emprendía el viaje de regreso a casa, tan peligroso como el itinerario de ida. De hecho, la gran cantidad de problemas y obstáculos a los que se enfrentaron los peregrinos entre el estallido de la guerra del Peloponeso (431 a.C.) y el advenimiento de Alejandro Magno contribuyó a la pérdida de importancia del oráculo y al desuso de las rutas de peregrinaje. Durante la guerra, por ejemplo, los atenienses se acostumbraron a visitar el oráculo de Dodona porque Delfos había caído en manos espartanas. El prestigio de Delfos comenzó su declive tras la muerte de Alejandro, en 323 a.C., aunque continuó siendo un centro de atracción durante la época helenística y el período romano. Por fin, en 391 d.C., el emperador romano Teodosio decretó el cierre de todos los oráculos y la prohibición de la adivinación de cualquier tipo. El cristianismo había silenciado la voz de los antiguos dioses.

Para saber más

Oráculos griegos. David Hernández de la Fuente. Alianza, 2008.
Obras morales y de costumbres VI. Plutarco. Madrid, Gredos, 1995.

viernes, 8 de mayo de 2015

Muerte de Séneca

 

El célebre filósofo y orador romano, quien fue preceptor del siniestro Nerón, acató la sentencia del emperador y se cortó las venas en abril del año 65 d.C.
En el Retrato del busto del filósofo Séneca, pintado por Rubens en 1614 ó 1615, aparece el célebre orador romano claramente envejecido, con la mirada perdida y transido de dolor. De salud siempre delicada, Séneca buscó consuelo en la filosofía, concretamente en la doctrina del estoicismo romano, en la que exalta la autosuficiencia del individuo a través de la virtud y frente a los vicios o enfermedades morales. "La virtud es algo elevado, excelso y soberano, invencible e infatigable; el placer es algo bajo, servil, deleznable y caduco, cuyo asiento y domicilio son los burdeles y las tabernas", escribe Séneca en su obra Sobre la felicidad.

Incinerado sin ceremonia

La filosofía de Séneca es más práctica y moral que abstracta. Aplicó sus ideas morales a lo largo de su carrera política, impulsada sobre todo por Nerón, cuya educación le fue confiada. Sin embargo, los excesos del poder fueron desgastando al filósofo, que empezó a perder influencia sobre su pupilo Nerón, hasta tal extremo que el emperador obligó a su antiguo maestro a suicidarse. Séneca fue implicado en la conjura de Pisón, un complot dirigido contra Nerón, y fue condenado a muerte. En abril del año 65 d.C., hace 1.950 años, Séneca se cortó las venas acatando la sentencia del emperador. "Su cuerpo fue incinerado sin ceremonia. Así lo había prescrito en su testamento cuando, siendo rico y poderoso, pensaba en sus últimos momentos", relata

Este óleo de Manuel Sánchez Domínguez recrea el momento en que Séneca se abre las venas en el baño rodeado de sus parientes y amigos. 1871. Museo del Prado, Madrid.

Tácito

La Muerte de Séneca


Tras esto mandó matar Nerón a Plautio Laterano, cónsul electo; tanta prisa hubo que no dieron tiempo al reo para abrazar a sus hijos ni aun para elegir la muerte. Le llevaron al lugar en que ejecutaban a los esclavos y allí fue muerto por el Tribuno Estacio; conservó hasta el último momento la constancia en no hablar y no reprochó al tribuno su complicidad en la misma conspiración. Siguió después la muerte de Séneca, con gran júbilo por parte del príncipe, no porque estuviese seguro de su participación en la conjura, sino para terminar por medio de la fuerza lo que no pudo hacer el veneno. Solamente Natal había nombrado a Séneca, diciendo que estando éste enfermo había ido a visitarle y a quejarse de que se le negase la entrada a Pisón; mejor era que los dos se encontrasen en la intimidad y cultivasen su amistad. Séneca respondió que “esas conversaciones no convenían a ningunos de los dos, pues, por lo demás, su propia salvación dependía de la de Pisón”. Gavío Silvano, tribuno de una cohorte pretoriana, recibió la orden de transmitir esto a Séneca y de preguntarle si reconocía las palabras de Natal y su propia respuesta. Séneca, por casualidad, o tal vez de intento, había regresado aquel día de Campania y se detuvo a cuatro millas de Roma en una de esas casas de campo. Allí llegó el tribuno al caer la tarde y rodeo la casa con un pelotón de soldados. Séneca cenaba en compañía de su esposa, Pompeya Paulina, y de dos amigos, cuando el tribuno le comunicó el mensaje del emperador.
Séneca respondió que “Natal había venido a quejarse de parte de Pisón porque no le permitía visitarle; él se había excusado por su estado de salud y por el deseo que tenía de descansar; no tenía motivos para anteponer la salvación de un simple particular a la suya propia, tampoco tenía carácter inclinado a las adulaciones y esto mejor que nadie lo sabía Nerón, pues más veces había experimentado la libertad de Séneca que su servilismo”. Cuando el tribuno refirió esto a Nerón, en presencia de Popea y de Tigelino, consejeros íntimos de las crueldades del príncipe, éste preguntó si Séneca se preparaba a morir voluntariamente. Entonces el tribuno respondió que no había observado en él ningún signo de temor, ninguna señal de tristeza aparecía en sus palabras ni en su semblante. Nerón mandó volver al tribuno y comunicar a Séneca su sentencia de muerte. Cuenta Fabio Rústico que no volvió por el camino por donde había venido, sino que dio un rodeo y pasó por casa del prefecto Fenio, a quien preguntó, después de dar a conocer la obra del emperador, si debía obedecer. Fenio, con la funesta cobardía de todos, le respondió que debía cumplir la voluntad del príncipe. El tribuno Silvano era también uno de los conjurados y acrecentaba el número de los crímenes en cuya venganza había consentido. Sin embargo, tuvo el pudor de no dirigirse directamente a Séneca y de no contemplar su muerte. Mandó entrar a un centurión para que le notificase que debía morir. Sin dejarse turbar, pide séneca su testamente y, ante la negativa del centurión, se vuelve hacia sus amigos, diciendo que, “puesto que se le prohibía agradecer sus servicios, les deja al menos el único bien que le restaba, pero el más hermoso de todos: la imagen de su vida. Si guardaban su recuerdo hallarían en el renombre de la virtud la recompensa de su constante amistad”. Y como llorasen, Séneca les habló primero con sencillez; después, con tono más severo, les reprendió y aconsejó firmeza. Les preguntaba “qué había venido a ser sus lecciones de prudencia, dónde estaban los principios que habían meditado durante tantos años contra la fatalidad. Porque, en fin, ¿quién no conocía la crueldad de Nerón? Al martirio de su madre y de su hermano no le restaba más que ordenar también la muerte del hombre que le había educado e instruido”.
Después de estas exhortaciones, que parecían dirigirse a todos, instintivamente estrechó a su mujer en sus brazos, un poco enternecido, a pesar de la fortaleza de su espíritu, le rogó y suplicó que moderase su dolor y no lo hiciere perpetuo, sino que en la contemplación de una vida consagrada a la virtud encontrase el consuelo de la pérdida de su esposo. Pero Paulina aseguró que también ella estaba decidida a morir y reclamó el brazo del verdugo. Entonces Séneca no se opuso a su gloria; además su amor temíase que quedase expuesta al oprobio una mujer por quien sentía un sin igual afecto: “Yo te había mostrado, dijo, los encantos de la vida; tú prefieres el honor de morir; no me opondré a tal ejemplo; sea igual entre nosotros la constancia de un fin tan generoso, pero en él tú consigues la mayor gloria.”
Después de estas palabras se cortaron, a un tiempo, las venas de los brazos. Séneca, cuyo cuerpo débil por su ancianidad y delgado por la abstinencia dejaba muy lentamente escapar la sangre, se abrió también las venas de las piernas y rodillas. Fatigado por el dolor, temiendo que su sufrimiento abatiese el valor de su esposa y también por no alterarse al presenciar los tormentos de ella, la persuadió a retirarse a otro aposento. Entonces, echando mano de su elocuencia aún en sus últimos momentos, llamó a sus secretarios y les dictó varias cosas. Como fueron literalmente publicadas, creo superfluo el comentarlas. Pero Nerón no tenía resentimiento alguno contra Paulina y, temiendo hacer más odiosa su crueldad, ordenó que se impidiese la muerte de la esposa de Séneca. Por orden de los soldados, sus libertos y esclavos le vendaron las heridas y detuvieron la sangre. No se sabe si ella se dio cuenta de esto pues, como el vulgo se inclina siempre a pensar lo peor, no faltó quienes creyesen que mientras temió la ira de Nerón, deseó la gloría de acompañar a su marido, pero que después, con mejores esperanzas, se dejó vencer por la dulzura de la vida. Solamente vivió algunos años guardando el recuerdo de su marido y mostrando en su rostro y en sus descoloridos miembros que la vida languidecía en ella.
Viendo Séneca que se prolongaba el dolor de la agonía rogó a Eustacio Anneo, en quien veía un amigo fiel y un hábil médico, que le sacase el veneno que ya tenía preparado (era el que daban los atenienses a los condenados a muerte), y cuando se lo trajeron lo tomó sin que le produjera efecto, pues sus miembros estaban fríos y en su cuerpo no obraba el veneno. Ordenó, a continuación, que le introdujesen en la sala de baños calientes y, rociando con el agua a los presentes, dijo que ofrecía aquella libación a Júpiter libertador. Por fin, entrando en el baño, lo sofocó el vapor. Su cuerpo fue incinerado sin ceremonia alguna. Así lo habían prescrito en su testamento cuando, siendo rico y poderoso, pensaba en sus últimos momentos.

Últimas palabras

Cultura / Historia

El enigma de las últimas palabras de Alejandro Magno que destruyó su imperio

Día 10/02/2015

«¿A quién le dejas tu puesto?», le interrogaron en su lecho de muerte. «Al más fuerte» (Krat'eroi), respondió según algunos presentes. Posiblemente dijo «a Crátero» (Krater'oi), el nombre de su compañero más leal. La duda desencadenó una guerra que duró medio siglo

Alejandro III de Macedonia murió joven, pero vivió deprisa. En solo 13 años de campañas militares, levantó uno de los mayores imperios en la historia de la humanidad: afianzó su poder en Grecia, conquistó el imperio Persa y se hizo con un dominio que se extendía por Egipto, Anatolia, Oriente Próximo, Asia Central y se detenía a las puertas de la India. Y paraba ahí no por falta de ganas, sino de aliento y de recursos. En su afán por avanzar más allá de lo que los generales de su padre Filipo II –quienes se encargaron de suplir su inexperiencia militar– hubieran jamás previsto, Alejandro descuidó garantizar la continuidad de su imperio si él fallecía. Pese a que solía exponer su vida en el combate con frecuencia, y a que sus enemigos crecían a su espalda, se estimaba todavía demasiado joven como para pensar en su sucesión. Su inesperada muerte, un mes antes de cumplir los 33 años, y sus consecuencias le iban a demostrar que nunca se es lo bastante joven para nada. Ni para conquistar imperios, ni para blindar tu testamento cuando tienes tanto que perder.
La mayor parte de las lecciones en la vida de Alejandro de Macedonia, que fundó 70 ciudades (50 con su nombre) en su viaje a las profundidades de Asia, las tuvo que aprender sobre la marcha. Educado por Aristóteles para pensar como un griego pero luchar como un «bárbaro», Alejandro recibió responsabilidades políticas desde su adolescencia. En 340 a. C, su padre lo asoció a tareas de gobierno nombrándolo regente y, dos años después, en 338 a. C. le puso al frente de la caballería macedónica en la batalla de Queronea, siendo nombrado gobernador de Tracia ese mismo año. A los 20 años vio cómo su padre, Filipo II de Macedonia, era asesinado por uno de sus guardias personales cuando ultimaba los preparativos de una campaña contra el Imperio Persa. Acaso fue esa la lección que no quiso aprender de la experiencia de su padre: atar los asuntos por lo que pudiera deparar.
¿Sospechosos de planificar la muerte de Filipo II? El Rey Persa, los atenienses, los nobles macedonios, Olimpia –madre de Alejandro– e incluso el propio Alejandro. Ni siquiera hoy en día los historiadores han dado con una respuesta definitiva, lo único concluyente es que Alejandro Magno y su madre Olimpia fueron los principales beneficiados de su fallecimiento. Recientemente, su posición en la corte se había visto comprometida por el matrimonio de Filipo con la hija de un noble macedonio. La inmediata sucesión real colocó al hijo de Olimpia en el trono y a sus enemigos políticos les condenó a correr la suerte del Rey: la segunda mujer de Filipo, el hijo pequeño de ambos y el padre de la esposa fueron fulminantemente asesinados.

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Alejandro corta el nudo gordiano, por Jean-Simon Berthélemy
El más célebre Rey de Macedonia completó el sueño inacabado de su padre y, quizá, lo arrastró más lejos de lo que éste hubiera imaginado. Para ello se valió de los viejos generales de padre, responsables de que Macedonia fuera la principal fuerza militar de Grecia. Entre estos destacaba Antípatro, que fue designado por Alejandro para custodiar Grecia en su ausencia; Éumenes de Cardia, secretario de Filipo II y hombre de confianza de Alejandro; Parmenión, el principal general durante las grandes batallas contra el Imperio persa; y Clito el Negro, que también estuvo presente en las primeras fases de la campaña.

Por su parte, Alejandro se hizo acompañar de hombres de confianza de su misma generación. Así destacaron por su importancia en las fechas próximas al fallecimiento del gran conquistador: Hefestión, amigo de la infancia de Alejandro; Crátero, el que más veló por la familia del conquistador a su muerte; Ptolomeo, fundador de la dinastía que reinó en Egipto hasta la llegada de los romanos; Seleuco, el fundador del Imperio Selucida, Pérdica, comandante de la caballería macedonia; y Lisímaco.

La extraña muerte del candidato perfecto

Llevada al límite la expansión de su imperio, el ejército de Alejandro regresó de su inacabada incursión en la India para poner en orden los asuntos del imperio en torno al año 326 a. C. Tras enterarse de que muchos de sus sátrapas y delegados militares habían abusado de sus poderes en su ausencia, Alejandro ejecutó a varios de ellos. Fue entonces, con estas demoras, cuando entre las filas macedonias empezó a extenderse el temor a que el joven conquistador no tuviera la menor intención de regresar a Europa, incumpliendo sus recientes promesas. El general macedonio creyó que pagando los salarios que se adeudaba a sus soldados y enviando a los más veteranos de vuelta a Macedonia bajo el mando de Crátero bastaría para rebajar el clima de tensión y desconfianza. Sin embargo, las tropas interpretaron estas decisiones como un desagravio y se amotinaron en la ciudad de Opis.
Se quejaban los soldados de que Alejandro hubiera adoptado las costumbres y forma de vestir de los persas, así como de la introducción de oficiales y soldados persas en las unidades macedonias. El motín terminó con la ejecución de los cabecillas del motín, pero con un perdón general a las tropas.
En este contexto de desconfianza, al acercarse el otoño de 324 a. C. Alejandro y sus generales se acuartelaron en la ciudad de Ecbatana para pasar el invierno. El hombre más cercano al macedonio y con el que incluso se le ha vinculado sexualmente, Hefestión, enfermó durante los juegos que se celebraron en la corte y murió una semana después. Según relatan las crónicas de su viaja, Alejandro se volvió loco de dolor, se hizo afeitar la cabeza, canceló todos los festejos y, bajo el relato del historiador Arriano de Nicomedia, crucificó al médico que había atendido a Hefestión.
Rápidamente, Alejandro partió para Babilonia con el cadáver de su amigo, donde celebró fabulosos juegos funerales en su recuerdo y preparó un gran mausoleo. Por supuesto, el envenenamiento está entre las opciones más posibles, puesto que la corte macedonia había demostrado (y lo seguiría haciendo) la facilidad de recurrir a la muerte de los rivales políticos. No en vano, estudios posteriores, sin ser capaz de descartar la intervención de algún veneno, se inclinan a fue víctima de una fiebre tifoidea.
Alejandro perdía así a su aliado más fiable, quizás el único de sus generales con la personalidad y arrojo requeridos para continuar su legado, y no hacia mucho había extraviado a otro de los grandes pilares de sus conquistas: Parmenión, el veterano general heredado de tiempos de su padre. Después de descubrir que Filotas, hijo de Parmenión, estaba implicado en una conspiración para acabar con su vida, Alejandro ordenó su ejecución. Y aunque Parmenión no estaba enterado de los planes de su hijo, fue también asesinado en el año 330 a.C siguiendo la regla no escrita de matar a todos los parientes varones del culpable. Ciertamente, es probable que solo eliminando al veterano general, que había perdido a su primogénito y único hijo vivo (pues los otros dos habían perecido), podía evitar las represarías de un hombre que controlaba la retaguardia de los ejércitos macedonios.

Wikipedia
Roxana con Alejandro IV, hijo del general macedonio
Sin el consejo de su general más veterano y todavía colérico por la muerte de su amigo Hefestión, Alejandro cayó enfermo el 2 de junio del 323 a. C. durante un banquete en el palacio de Nabucodonosor II de Babilonia. Tras una noche de borrachera, en la que bebió grandes cantidades de vino, la salud del emperador se deterioró en pocos días. Durante casi dos semanas, Alejandro padeció fiebre alta, escalofríos y cansancio generalizado, unido a un fuerte dolor abdominal, náuseas y vómitos. El 13 de junio, cuando le faltaba poco más de un mes para cumplir los 33 años de edad, falleció el dueño de medio planeta sin dejar un heredero.

El enigma: «Al más fuerte» o «A Crátero»

Alejandro no dejó instrucciones escritas sobre su sucesión y, aunque lo hubiera hecho, el poder quedó tan fragmentado entre sus generales que hubiera sido imposible cumplir su voluntad póstuma. Así y todo, las últimas palabras del general a los hombres que se congregaban en su lecho de muerte, entre ellos Pérdica –comandante de la caballería macedonia–, pudieron haber arrojado legitimidad a su sucesor. «¿Cuál es tu testamento? ¿A quién se lo dejas?», a lo que respondió según proclamaron los presentes: «Al más fuerte». Los investigadores, sin embargo, se detienen en que la palabra «Krat'eroi» («al más fuerte») guarda gran similitud con «Krater'oi» («a Crátero»). Esto es posible porque la pronunciación griega difiere sólo por la posición de la sílaba acentuada.
Así, la mayoría de los historiadores afirman que si Alejandro hubiera tenido la intención de elegir a uno de sus generales sin lugar a dudas hubiera elegido a Crátero porque era el comandante de la parte más grande e influyente del ejército, la infantería, porque había demostrado ser un excelente estratega, y porque siempre fue el más cercano al general, solo superado por el ya fallecido Hefestión.
Sin embargo, Crátero no estaba presente en el lecho de muerte y no guardaba ambiciones de ocupar el puesto de Alejandro. No así el resto de generales que, en las siguientes décadas, se repartieron los territorios del imperio en la llamada Guerra de los Diádocos (o los Sucesores). Y aunque Seleuco fue el que más cerca estuvo de conseguirlo, ninguno fue capaz de unir todas las piezas conquistadas por Alejandro. Por el contrario, tres dinastías se perpetuaron en los restos del Imperio macedonio: la fundada por Ptolomeo en Egipto, la que estableció Antígono y su hijo en Grecia, y la que Seleuco sembró en el corazón de Asia hasta su destrucción por los romanos siglos después.
La mayoría de los generales de Alejandro perecieron durante el conflicto, entre ellos Crátero en una batalla contra Éumenes (el antiguo secretario de Filipo II en Asia Menor), y muchos de los territorios conquistados se perdieron. Pero si hubo un grupo especialmente perjudicado por la ambigüedad en las palabras del conquistador macedonio ese fue el que formaba su familia. El primer damnificado fue el único hermano vivo del macedonio. Filipo Arrideo era hijo ilegítimo de Filipo II de Macedonia y de una bailarina de Tesalia. Su hermano no le había asesinado como era costumbre (para reducir las intrigas palaciegas) porque tenía mermadas sus capacidades mentales y se le consideraba una reencarnación de la diosa Gaia. En el 317 a. C., el Rey Filipo III Arrideo y su esposa Eurídice fueron mandados asesinar por Olimpia de Epiro.
La madre de Alejandro Magno, que a su vez sería asesinada por influencia de Casandro –el hijo de Antípatro–, buscaba con la muerte de su hijastro despejar el camino al único hijo legítimo del conquistador. Alejandro había muerto sin saber que su esposa Roxana estaba embarazada de un varón, Alejandro IV, cuya tutela fue disputada encarnizadamente por los sucesores. Pese a todos los esfuerzos, Casandro preparó su muerte y el de su madre en 309 a. C. El otro hijo del conquistador, Heracles, resultado de su relación extramatrimonial con Barsine –hija del sátrapa Artabazo II de Frigia– también fue liquidado a manos de un diádoco antes de que alcanzara la mayoría de edad.

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Pocas figuras históricas siguen siendo tan polémicas como Nerón, aunque la fuerza del mito ha enterrado la realidad

29 DIC 2014  EL PAÍS SEMANAL
 
 
Nerón pertenece a la estirpe de los grandes tiranos, su fiesta del chivo se ha prolongado a lo largo de los siglos. Pero existe una gran diferencia con los Ceausescu, Sadam Husein, Duvalier, Bokassa, Idi Amín Dadá o el Trujillo que noveló Vargas Llosa: en el caso del emperador romano del siglo I resulta imposible separar la realidad de la leyenda negra. Como escribió la catedrática de Latín de la Universidad de Cambridge Mary Beard: “La mayoría de los emperadores romanos no fueron depuestos porque fueran demonizados, sino que fueron demonizados porque fueron depuestos”. La tradición mantiene que Nerón fue condenado a damnatio memoriae, un castigo que consistía en enterrar todo el legado de un emperador para que su nombre fuese olvidado. En el caso del último miembro de la dinastía Julia Claudia, sus enemigos fracasaron: existen muy pocos personajes históricos sobre los que se hayan escrito tantos tebeos, novelas, óperas, películas o ensayos –el último, Dying Every Day (Muriendo cada día), un magnífico estudio del profesor de Clásicas del Bard College James Romm, en torno a su relación con su tutor, el filósofo estoico cordobés Séneca– y sobre cuya figura se siga debatiendo con tanta intensidad más de 2.000 años después de su desaparición. “¿Cómo no nos iba a fascinar?”, asegura Romm en una entrevista por correo electrónico. “Poder absoluto sobre la mayor parte del mundo conocido unido a los caprichos, la traición, la locura… ¿Puede ofrecer la historia un espectáculo más fascinante?”.
Las dos imágenes más populares del emperador –tocando la lira mientras contemplaba cómo ardía Roma en julio del año 64 y disfrutando de la primera gran masacre de cristianos en el Coliseo– no es que sean falsas, es que son imposibles. Nerón no estaba en la ciudad cuando empezó el incendio, llegó tres días más tarde y se puso al frente de los equipos de rescate (el fuego duró una semana). Casi ningún historiador piensa actualmente que fuese el responsable. En cuanto al Coliseo, fue construido varios años después de su muerte por el primer emperador de la siguiente dinastía, Vespasiano (9-79). Aunque, en una prueba más de la intensidad de su leyenda, acabó por darle su nombre: el monumento fue levantado en el lugar donde Nerón erigió una gigantesca estatua de 35 metros que le representaba como el dios Helios. Durante la Edad Media, el recuerdo de este coloso, hoy perdido, convirtió el Anfiteatro Flavio en el Coliseo.

¿Cómo no iba a fascinarnos? Poder absoluto unido a la traición y la locura”, explica el historiador James Romm, autor de un ensayo sobre Nerón y Séneca
Como ha escrito el profesor de Clásicas de la Universidad de Princeton Edward Champlin en la biografía más reciente del emperador –Nerón (Turner)–, “no hay necesidad de rehabilitar a Nerón: fue un mal hombre y un mal gobernante, pero hay sólidas pruebas que sugieren que nuestras fuentes principales erraron al presentarlo tan mal y crearon así la imagen de un monstruo, desequilibrado y ególatra, que ha regido la imaginación escandalizada de la tradición occidental durante dos milenios. Pero la realidad es más compleja”. La revista National Geographic le dedicó una reciente portada titulada “Repensando a Nerón”. En la otra cara de la polémica están afirmaciones contundentes como la que hace el gran crítico de arte Robert Hughes en su libro Roma (Crítica): “Es de suponer que no es posible que un hombre practique todas las perversiones sexuales conocidas o imaginables, pero es evidente que Nerón tenía un repertorio impresionante de ellas”.
Los restos de su gran palacio romano, la Domus Aurea, la fabulosa Casa Dorada que Nerón ordenó construir después del incendio, situados en el colina del Esquilino, acaban de volver a abrir al público después de permanecer casi diez años cerrados, aunque solo se pueden visitar los fines de semana y con cita previa (es necesario reservar con meses). En realidad, solo han sido accesibles con normalidad entre 1999 y 2005, cuando el palacio fue clausurado por problemas de conservación. Los espacios neronianos, ahora subterráneos, encarnan una metáfora perfecta de su mito: un laberinto de pasillos y estancias enormes, como los datos que se pierden en los rincones de la historia entre juegos de sombras y luces. “La Domus Aurea es impresionante por su arquitectura, pero también por su importancia simbólica”, afirma el historiador francés Joël Schmidt, autor de Néron, Monstre Sanguinaire ou Empereur Visionnaire? (Nerón, ¿monstruo sanguinario o emperador visionario?). “Todos los historiadores describieron sus proporciones gigantescas, su magnífica decoración y la profusión de oro (de ahí viene su nombre de Casa Dorada). El interior albergaba muchísimas obras de arte, traídas directamente de Grecia, sin contar los lagos, jardines, bosques, las fuentes de agua dulce y salada alimentadas por acueductos construidos especialmente para ello”.


Nerón decoró su palacio soñado con todo tipo de estatuas que trajo de Grecia, algunas de las cuales se conservaron en el mismo lugar donde se encontraron. / Corbis
A la muerte de Nerón, en el año 68, el palacio fue abandonado y finalmente Trajano (53-117) lo utilizó como cimientos para sus termas, tras haber esquilmado todo el mármol. Redescubierto en el siglo XV, fascinó a los artistas renacentistas y luego a personajes como el Marqués de Sade o Casanova, que dejaron la firma en sus paredes. Rafael, que se deslizaba con sogas hasta lo que entonces eran unos túneles abovedados, creó el estilo grotesco (de gruta) con el que pintó varias estancias del Vaticano en 1519 inspirándose en los frescos de aquel misterioso palacio enterrado –el hecho de que los papas se paseasen durante siglos bajo pinturas inspiradas por el palacio de Nerón es una de las muchas paradojas que emanan del personaje–. Una de las mejores copias de los frescos tal y como los encontraron los artistas del Renacimiento fue realizada por Francisco de Holanda en 1538 y se encuentra en la Biblioteca de El Escorial, en las afueras de Madrid.
A lo largo de los siglos, muchas pinturas se han borrado, y durante la visita guiada, protegidos por cascos de plástico amarillo (obligatorios porque se han producido desprendimientos), en medio del olor a humedad y bajo un frío pegajoso, resulta difícil imaginar lo que fue entonces un palacio luminoso y ajardinado. Pero, tal vez porque por esos espacios circula la leyenda de Nerón, tal vez por la inmensidad de las salas en las que el emperador ofreció alguna de las mejores fiestas de la antigüedad, resulta fascinante. En los alrededores, entre los miles de turistas, los falsos legionarios y los vendedores de aparatos para hacerse selfies, el viajero puede toparse con la Hostaria da Nerone o el hotel El Coloso. “Nerón siempre vende, no podemos olvidar que era un showman”, explica Darius Arya, arqueólogo estadounidense afincado en Roma desde hace 15 años y director del American Institute for Roman Culture.

Nerón cambió las normas de edificación en Roma después del incendio que arrasó la capital del Imperio para evitar que se repitiese el desastre
Durante un paseo por los Foros Imperiales, Arya asegura que, después del incendio, Nerón cambió las normas de edificación para evitar que una catástrofe de estas dimensiones pudiese repetirse. “Solo un idiota quemaría la ciudad. En Roma en aquel momento vivían en torno a un millón de personas y el fuego provocó 200.000 refugiados”, asegura. Ordenó que las calles fuesen más anchas, las casas de pisos –las insulae– más bajas, y, también es cierto, aprovechó la destrucción general para edificar su palacio soñado. Arya encuentra en la Domus Aurea un problema mucho más contemporáneo que afecta a demasiados lugares en Italia, como Pompeya: la conservación del patrimonio. Para salvar el palacio (un proyecto que consiste ante todo en transformar el jardín que hay encima para que los árboles y las infiltraciones dejen de dañar el conjunto arqueológico) son necesarios 32 millones de euros que, sin embargo, no llegan.
¿Quién es el Nerón más cercano a la historia, si esta pregunta tiene respuesta? Claudio César Augusto Germánico nace en Antium (actual Anzio) el 15 de diciembre del año 37. Miembro de la familia imperial, se convierte muy joven, en el año 54, en sucesor de Claudio (11-54), el tercer emperador de la dinastía que instauró Augusto (63-14 a. de C.) y continuaron Tiberio (42-37 a. de C.) y Calígula (12-41). Séneca es el principal consejero de un emperador muy popular. En el año 64, el mayor incendio que ha conocido Roma destruye una parte muy importante de la ciudad. Un año después, tras desactivar un complot, lanza una purga salvaje que le cuesta la vida al filósofo cordobés, entre muchos otros miembros de la élite. Sin embargo, el ejército, harto de sus caprichos –la oligarquía romana nunca le perdonó que participase en concursos de canto y poesía que siempre ganaba (¿quién iba a atreverse a darle un segundo premio?)–, le depone en el año 68. Nerón se suicida para evitar una muerte horrenda a manos de sus antiguos legionarios, que se habían propuesto azotarle hasta la muerte. Como había acabado con todos los posibles herederos de Augusto y no dejó hijos, Roma entró en un periodo de caos –cuatro emperadores en un año–, hasta la instauración de la dinastía Flavia con Vespasiano en el año 69.


Busto de Nerón encontrado en Libia. Fue el último emperador de la dinastía Julia Claudia. / Album
El historiador español Juan Luis Posada Sánchez, profesor de la Universidad Antonio de Nebrija y autor de El año de los cuatro emperadores, resume: “Hace ya mucho que los historiadores están intentando rehabilitar la figura de Nerón, un emperador tachado de loco, matricida, incendiario y asesino de cristianos, pero también un artista que protegió las artes y las letras, que gobernó por el pueblo y para el pueblo y que acabó con todos los descendientes de Augusto que pudieran desestabilizar su régimen. Nerón pudo haber tenido trazas tiránicas, sobre todo en la última etapa de su reinado, pero el ejército le puso en su lugar y le llevó a huir y suicidarse”. El ensayista australiano Stephen Dando-Collins, autor de Arde Roma (Ariel), un ensayo sobre el emperador, explica así su final: “Nerón dirigió los esfuerzos para detener el fuego y encabezó la reconstrucción posterior. Pero sus oponentes en el Senado, que despreciaban sus pretensiones artísticas y que añoraban a emperadores soldados como Augusto, vieron que culparle del fuego era una forma de reducir su popularidad, lo que haría más fácil expulsarle del poder. Lo que al final ocurrió”.
Las principales fuentes sobre Nerón provienen de tres historiadores romanos, Suetonio (70-126), Tácito (55-120) y Dión Casio (155-235), y la panoplia de perversiones y crímenes que describen es interminable; algunas de ellas –que mató a su madre, a sus dos primeras esposas y a su hermanastro; que asesinó a todos los que consideró oponentes políticos o un peligro para su poder; que escribía poesía y versos (actividades intolerables para un emperador)– están corroboradas por diferentes fuentes; otras, sin embargo, no: que violó a una virgen vestal, que castró a un hombre para casarse con él, que fundió los lares para convertirlos en dinero, que era un pervertido sexual sin freno. Tampoco es seguro, y es un punto especialmente polémico, que lanzase la primera gran persecución de seguidores de una nueva religión que había nacido en Judea unos años antes. La tradición cristiana mantiene que Pedro y Pablo sufrieron su martirio durante las persecuciones neronianas, que se desataron después de que los cristianos fuesen acusados de quemar Roma en una maniobra para evitar que las culpas recayesen en el emperador. Pero no hay documentos ni evidencias arqueológicas que lo demuestren.

Sí está demostrado que mató a su madre, a su hermanastro y a sus dos primeras esposas. Otros
crímenes que se le atribuyen son dudosos
Suetonio y Tácito son los únicos que citan las persecuciones fuera de la tradición cristiana. Tácito escribió en sus Anales el célebre pasaje sobre su brutalidad: “Nerón buscó rápidamente un culpable, e infringió las más exquisitas torturas sobre un grupo odiado por sus abominaciones, que el populacho llama cristianos. (…) Todo tipo de mofas se unieron a sus ejecuciones. Cubiertos con pellejos de bestias, fueron despedazados por perros y perecieron, o fueron crucificados, o condenados a la hoguera y quemados para servir de iluminación nocturna cuando el día hubiera acabado”. Sin embargo, estos testimonios plantean muchas preguntas. ¿Por qué solo lo cuentan ellos? ¿Por qué emplean el término cristiano que entonces no usaban los romanos? ¿Pudo ser un añadido posterior al texto que manejamos durante su copia en la Edad Media? ¿Por qué no vuelven a producirse persecuciones de cristianos hasta décadas más tarde? Marco Aurelio ha pasado a la historia por su sabiduría (véase Gladiator, donde lo encarna un impecable Richard Harris), pero nadie recuerda sus salvajes persecuciones, como la que tuvo lugar en Lyon en el año 177. Yves Perrin, profesor de Historia y Arqueología Romanas en la Universidad de Saint-Etiène-Lyon y presidente de la Sociedad Internacional de Estudios Neronianos (SIEN), afirma: “Los autores cristianos hacen de Nerón el primer perseguidor de la verdadera fe y esta idea ha atravesado los siglos con errores de bulto, como situar los martirios en el Coliseo, que no existía. Los autores cristianos imponen a la posteridad la idea de que el año 64 representa un cambio de rumbo en la historia: la Roma pagana desaparece bajo el fuego y los mártires garantizan la victoria de la fe verdadera”. La mayoría de los investigadores creen que sí se produjeron persecuciones, aunque ponen en duda que fuesen tan intensas.


Resulta difícil imaginar ahora, al recorrer los inmensos espacios subterráneos, que la Domus Aurea era un palacio lleno de luz, muchas de cuyas estancias daban a jardines. / Corbis
Sin embargo, la fuerza de la ficción es imbatible. Por muchos ensayos que se escriban, resulta casi imposible separar en la imaginación occidental a Nerón del sádico, caprichoso, vicioso e infantil emperador que dibuja Peter Ustinov en una de las mejores versiones cinematográficas de Quo Vadis (Mervyn LeRoy, 1951), la famosa novela que ofrece una reconstrucción mítica de los orígenes del cristianismo, publicada por el premio Nobel polaco Henryk Sienkiewicz a finales del XIX. Y encima la ponen en televisión cada Semana Santa. James Romm asegura: “La pérdida de fuentes contemporáneas es un problema, pero son todavía más frustrantes los silencios y las opacidades del propio Séneca. Escribió muchos volúmenes, pero nunca dijo la verdad sobre lo que había hecho o visto junto a Nerón”. La realidad, como la Domus Aurea, se encuentra enterrada bajo demasiadas capas de mitos para que algún día pueda llegar a derrotar a la leyenda.

miércoles, 28 de enero de 2015

Telémaco

El síndrome de Telémaco

Massimo Recalcati

El objetivo central de estas páginas es analizar la relación entre padres e hijos en un momento histórico de cambio acelerado en el que la vida familiar está sometida a nuevas y potentes presiones sociales. Asistimos a un proceso de deslegitimación de las instituciones que sin duda afecta a la figura de los padres como autoridades simbólicas. Sin llegar a situaciones de hijos que maltratan o pegan a sus progenitores, como señalan Domingo Barbolla y colaboradores en su alarmante libro Violencia invertida (Gedisa, 2011), lo cierto es que la debilidad sobrevenida de los padres dificulta la ineludible función educativa de la familia.

La figura del hijo contrariado por la ausencia de alguno de sus padres ha sido tratada desde la creación literaria con espacial agudeza por Jeanette Winterson, Alison Bechdel, Marcos Giralt Torrente, Christina Crawford o Karl Ove Knausgard entre otros. Desde las ciencias sociales se ha escrito poco sobre asunto tan sutil y, en este contexto, la aparición de El complejo de Telémaco conforma un rico zócalo sobre cuyas valiosas aportaciones será posible indagar y entender mejor la relación entre padres e hijos.

Nacido en Milán en 1959, Massimo Recalcati fue un niño -él mismo lo narra en los numerosos segmentos autobiográficos que contribuyen a dar viveza al texto- criado en un hogar pobre en el que se hablaba el dialecto friulano. Su madre se expresaba mal en italiano pero creía en las ventajas de la educación superior y su voluntad fue decisiva para que su hijo no se empachase de rebeldía juvenil.

Profesor de Psicología Social en distintas universidades italianas (Bérgamo, Padua, Urbino) y psicoanalista en ejercicio formado en las enseñanzas de Jacques Lacan, Massimo Recalcati ha publicado una treintena de libros. En 2011 publicó Cosa resta del padre? La paternità nell'epoca ipermoderna (Ed. Raffaello Cortina). A rebufo de su gran éxito tanto fuera como dentro de Italia, El complejo de Telémaco, subtitulado Padres e hijos tras el ocaso del progenitor, completa y redondea el análisis de tantos padres que han renunciado a su verdadera condición para convertirse en meros compañeros de juego de sus hijos.

La tesis central de este volumen sostiene que en las actuales circunstancias la figura del padre, tal como se venía entendiendo, ha perdido su papel, se ha evaporado del universo simbólico familiar. La pérdida del padre vendría dada por la caída de las grandes ideas. Al desgaste del catolicismo como conjunto de creencias y de modos de entender la vida le han acompañado numerosos derrumbes. Uno de ellos es sin duda la estrepitosa caída del Partido Comunista Italiano. Para un izquierdista creyente en Jesús como Recalcati, el entrelazamiento de ambos acontecimientos trasladado al ámbito familiar no tiene otro significado que el hundimiento del padre.

Tras la Iliada, Homero escribe la Odisea. Ulises, que se ha visto obligado a dejar en su palacio a su esposa Penélope y a su hijo Telémaco para acudir a la guerra de Troya, acosado por mil episodios, permanecerá veinte años sin poder volver a su casa en la isla de Ítaca. Mientras tanto, su hogar se llena de pretendientes que comen, beben y abusan en su intento de desposar a Penélope. Telémaco se consume en la espera de su padre hasta que sale a buscarle y, una vez juntos, vuelven para hacer justicia y restablecer la ley y el orden.

En la figura del hijo de Ulises, el profesor Massimo Recalcati ve el reflejo de la situación familiar actual. Telémaco, al contrario que Edipo, no vive al padre como un obstáculo, lo busca para establecer una Ley justa. De este modo las jóvenes generaciones necesitan algo que les haga de padre, piden “una ley que pueda devolver un nuevo orden y un nuevo horizonte al mundo”. 


         

sábado, 18 de mayo de 2013

Saturación tecnológica

Artículo sobre los peligros de los excesos en el uso de aparatos tecnólógicos. El País, 18.05.2013.
 
 
Antes de que comenzara el proceso familiar de abstinencia digital, Sussy hacía los deberes con nueve ventanas de chat abiertas en su ordenador, mientras contentaba SMS y veía la tele. Lo confiesa su madre, Susan Maushart, socióloga en la universidad de Nueva York. Preocupada por esta sobredosis tecnológica, un día decidió eliminar de su hogar los cuatro ordenadores, la consola de videojuegos, los cuatro móviles, los iPod y las dos televisiones que hasta ese momento absorbían la vida de sus vástagos y la suya propia.
La familia Maushart, en plena improvisación musical.La familia Maushart, en plena improvisación musical.
Paul Miller también estaba enganchado. Conectado "día y noche" a la Red, el periodista imitó a los Maushart y se unió voluntariamente al apagón digital. Optó por desconectarse durante todo un año de la droga que le tenía absorbido y que sentía que le estaba "corrompiendo el alma", según ha relatado él mismo.
Susan y los suyos pasaron seis meses de abstinencia tecnológica. Paul, el doble. A los Maushart el experimento les salió bien. Dice la cabeza del clan que ahora la familia está más unida y aprovecha mejor el tiempo. A Miller la prueba le salió medio rana y cuando acabó el periodo de privación decidió volver a conectarse.
Las dos experiencias abren el debate de si vivimos demasiado apegados a Internet, más cerca de lo virtual que de lo real. ¿Somos capaces de volver al punto cero, ese en el que la Red era una quimera? Ambos experimentos revelan la cara y la cruz de esta regresión tecnológica: Susan quería lograr una desconexión total y ver sus efectos en ella misma y en sus hijos. Su cura de desintoxicación la ha contado en el libro Pause, editado ahora en Francia. Miller volcó sus vivencias en el medio americano The Verge.

Quítame el pan, pero no Internet

"Lo que nos pides no es justo. Nos impones tu voluntad". Apasionante para su promotora, el plan de purificación de Susan no gustó a Anni, 18 años; Bill, 15; y Sussy, de 14. "Hubieran preferido que les prohibiera comer, beber o que les obligara a lavarse el pelo", dice la madre. Quítame el pan, pero no Internet. En su relato la socióloga americana narra el antes y el después del proceso de desintoxicación. La familia padecía auténtica dependencia tecnológica. Sus hijos, dice, podían pasar una media de siete horas diarias inmersos en el mundo virtual en sus diversas formas (Internet, smartphone, videoconsolas...).
Explica que cuando salía del trabajo se encontraba con decenas de llamadas y SMS de sus vástagos. No eran mensajes de urgencia, sino banalidades del tipo: "Mamá, no hay nada para cenar ¿qué como?" o "¡Mi hermano me ha pegado!". "No somos conscientes de hasta qué punto los teléfonos móviles aumentan la dependencia de los hijos de sus padres", dice.
Tras comenzar su régimen digital, Paul Miller empezó a sentirse mejor, más liberado, comenzó una novela, hacía deporte y devoraba novelas
Este exceso comunicativo se esfumaba cuando el clan se sentaba a la mesa. Todos más pendientes de algún aparato que del plato o del interlocutor, la interacción familiar era deficiente. La virtual, sin embargo, rozaba lo patológico. Explica Maushart que un día descubrió a una de sus hijas haciendo los deberes con siete ventanas de chat abiertas en el ordenador y mientras veía una serie descargada ilegalmente.

Esclavo de la red
Miller también era un esclavo de la Red. Confiesa que estaba conectado día y noche, hasta el punto de que empezó a pensar que Internet lo estaba alejando de lo esencial. Se planteó que "podía ser un estado antinatural para los humanos". "Tenía 26 años y quería un descanso de la vida moderna", dice.
Creía que la vida real le esperaba al otro lado de la virtual y se sometió al régimen digital. Su plan en origen prometía: "Quería leer libros, escribir y descansar". Según ha relatado en The Verger, poco a poco empezó a sentirse mejor, más liberado, comenzó una novela, hacía deporte y devoraba novelas. Hasta lloró viendo Los Miserables. "Eso me hizo pensar, al principio, que mi hipótesis era real", dice.
En casa de los Maushart los efectos de la desconexión también comenzaban a dar sus frutos: una de las hijas de Susan mejoró sus notas. Otra retomó sus estudios de piano y la tercera le cogió afición a la cocina y hasta escribió un libro. Incapaz de leer más de dos minutos seguidos, "lo hacía durante horas. Su capacidad de atención se había desarrollado de manera espectacular", narra la madre en el libro.
Durante el proceso las conversaciones de familia empezaron a ser más largas y profundas, esta vez cara a cara, sin SMS de por medio. La palabra real le ganó la batalla a la letra, el diálogo a la abreviatura sobre pantalla. La socióloga acompaña su divertido relato de explicaciones sobre las consecuencias de esta sobredosis digital en el comportamiento humano y en el desarrollo de la personalidad.
"Mis hijos han salido de esa fase de 'cogitus interruptus' en la que estaban y ahora sus razonamientos son más lógicos, están más centrados y son capaces de mantener conversaciones largas mientras que antes, por chat, éstas eran confusas, superficiales e incoherentes", escribe.
La familia salió del modo "multitarea" en el que se hallaba por culpa de los aparatos. "Los individuos que hacen varias cosas a la vez mezclan las informaciones. Me he dado cuenta de que antes no hacía más que saltar de una cosa a otra y no podía lograr un pensamiento fluido", dice.

¿y una doble vida?

El experimento revolucionó la vida familiar de los Maushart. Relata la madre que ahora todos son más empáticos y han desarrollado ciertas aptitudes sociales antes olvidadas. "Estamos más cerca los unos de los otros", reconoce una de sus hijas, la que seis meses antes prefirió el ayuno antes que la desconexión.
En casa de Paul Miller el día a día al margen de Internet no tenía el mismo color. Aunque el joven reconoce los beneficios del experimento, confiesa que empezaba a aburrirse, a sentirse solo. Los procesos que la red simplifica –búsquedas de información, envío de mensajes- se le hacían cuesta arriba. Se dio cuenta de que le faltaba algo. "El Paul real y el mundo real están inseparablemente conectados a Internet. Mi vida no era del todo de verdad", explica.
Decidió reengancharse aunque aprendiendo de lo vivido. Ahora lleva una "existencia mixta" en la que conviven la novela y el blog, una charla entre amigos y el chat, el teléfono móvil y salir a correr o a montar en bicicleta. ¿Por qué renunciar a la vida real o a la virtual cuando se pueden tener ambas?

miércoles, 8 de mayo de 2013

Animación mítica

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/05/07/actualidad/1367946674_911854.html


Fallece Ray Harryhausen, el mito de los efectos especiales

El creador del duelo a espada de los esqueletos de 'Jasón y los argonautas' o de las grandes peleas de monstruos en 'Hace un millón de años' muere en Londres a los 92 años



Ray Harryhausen, técnico de animación de cine, con uno de sus dibujos para la película 'The valley of Gwangi', de 1969. / MARCEL.LÍ SÀENZ
 
Hizo soñar a niños, hizo soñar a los hijos de esos niños, hizo soñar a los nietos de esos niños. Ray Harryhausen no solo fue el pionero de los efectos especiales, sino que inspiró a generaciones y generaciones de cineastas. Peter Jackson, George Lucas, Steven Spielberg, Tim Burton… Todos bebieron de él, todos recuerdan cómo en algún momento de su vida les impresionó el duelo a espadas de los esqueletos de Jason y los argonautas o los dinosaurios de Hace un millón de años. A su 90º cumpleaños en Londres acudieron John Landis y Terry Gilliam. Desde hoy, en el que Harryhausen ha fallecido a los 92 años según informa su familia mediante un comunicado en su web oficial, el cine, o al menos los aficionados que aún aspiran a disfrutar de la magia en una gran pantalla, se ha quedado huérfano.
A Harryhausen nadie le arrebató su pasión infantil: los dinosaurios, los mundos de fantasía. Nacido en Los Ángeles en 1920, sus padres le animaron en sus experimentos con marionetas (la había llevado a ver ¡con solo cinco años! El mundo perdido), y creció alimentado por películas como King Kong (1933), o los murales de criaturas prehistóricas dibujados por Charles R. Knight, como el de los pozos alquitrán de La Brea, en Los Angeles County Museum. En el instituto –de esa época nace su amistad con Ray Bradbury- demostró su destreza con las maquetas, y para mejorar sus modelos empezó a estudiar arte, anatomía y clases de cine para saber usar las luces y la fotografía en pro de un mejor resultado. Tras algunos pequeños trabajos, durante la Segunda Guerra Mundial acabó en la División de Servicios Especiales, dirigida por Frank Capra, gracias a su corto de stop-motion How to bridge a Gorge (1941), que impresionó a varios de los directores reclutados a filas, como el mismo Capra. Por eso Harryhausen trabajó en varias películas de propaganda, incluida la famosa Why we fight.

Acabado el conflicto bélico, Harryhausen compró un montón de película caducada y rodó varios cortos basados en canciones infantiles. Willis H. O’Brien, el mítico creador del gorila protagonista del King Kong (1933), de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, ya había conocido al impulsivo Harryhausen, y le llamó cuando Cooper decidió rodar un nuevo filme un simio gigante: El gran gorila (1949) supuso el lanzamiento en Hollywood de Harryhausen -a pesar de que el Oscar se lo dieron a O'Brien, que había hecho solo un 15% del trabajo-, cuyo talento quedó confirmado con su labor en Warner Brothers en El monstruo de los tiempos remotos (1953): esa fue la primera película que uso la técnica de Dynamation o de pantalla partida, que permitía que los monstruos del título se mezclaran con acción real.
Los años cincuenta son los del asentamiento de Harryhausen en la industria de Hollywood con títulos como Surgió del fondo del mar (1955), La Tierra contra los platillos volantes (1956), A 20 millones de millas de la Tierra (1957) o Simbad y la princesa (1958). Su productor habitual, Charles H. Schneer, decidió asegurar las manos de Harryhausen en este rodaje por un millón de dólares.

La década de los sesenta es la de sus mejores trabajos, y también la que le llevó a conocer España, donde vivió largas temporadas (siete de sus 16 películas se rodaron aquí), maravillado por los paisajes que le valían para cualquier fondo de sus historias de fantasía y aventura. Solía trabajar solo, y por eso necesitaba mucho tiempo para sus grandes secuencias. Así llegaron La isla misteriosa (1960), con su espectacular cangrejo gigante; la mítica Jasón y los argonautas (1963), con su pelea a espada con los esqueletos que aunque solo durara cinco minutos en pantalla necesitó cinco meses de elaboración; La gran sorpresa (1966), basada en un texto de H. G. Wells; Hace un millón de años (1966), otro de sus hitos, realizado en esta ocasión para la productora británica Hammer Films, o El valle de Gwangi (1969).
En los años setenta apostó por ralentizar su ritmo de trabajo, pero aún así filmó tres maravillas: El viaje fantástico de Simbad (1973); Simbad y el ojo del tigre (1977) y Furia de titanes (1981), donde por primera vez contó con dos ayudantes.Curiosamente los cinéfilos recuerdan todas estas películas porque Harryhausen trabajó en ellas, pero nunca las dirigió: él era el mago de los efectos.
Harryhausen se retiró en 1984, pero siguió haciendo algunos trabajos para televisión. En 1992 recibió el Oscar honorífico, y sus fans nunca se cansaron de rendirle tributos en pantalla: Harryhausen se llamaba un restaurante en Monstruos S. A.; Harryhausen se puede leer en un piano de La novia cadáver; otros cineastas han dirigido cortos basados en sus ideas... Por su 90º cumpleaños Peter Jackson le entregó un BAFTA de honor, y esa fue uno de sus últimos actos públicos. Harryhausen siguió apareciendo en documentales sobre su obra hasta que hoy ha fallecido en Londres. Hoy que triunfan películas tan digitales como Iron Man 3, no está de más recordar que en el cine hasta hace poco valía más el ingenio de un hombre que un programa informático.