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sábado, 28 de octubre de 2017

Heródoto

 
Homero, el autor de la Ilíada y la Odisea, comienza sus poemas invocando a la "Musa divina" como inspiradora de su obra; Heródoto, en cambio, pone su nombre propio en la primera línea de su relato, escrito no en verso, sino en prosa. Esa firma personal sirve como garantía de la veracidad de su testimonio y de su narración, como harán otros dos cronistas, Tucídides y Jenofonte.
En ese inicio encontramos también la palabra que denominará para siempre a este nuevo género de escritura: historia. El relato que presenta Heródoto es el resultado de su investigación personal (apodexis historíes). Enseguida nos advierte de que no pretende contar mitos de los dioses y héroes antiguos, sino "los hechos de los hombres". Pero hay algo en su gran proyecto narrativo en lo que coincide con los poetas épicos: escribe para salvar del olvido el recuerdo de gestas admirables. Conviene fijarse bien en las líneas iniciales de ese relato histórico pionero, tan extenso y de largo aliento, que esboza su programa de clara novedad: "Ésta es la exposición de la investigación de Heródoto de Halicarnaso, a fin de evitar que, con el tiempo, caigan en el olvido los hechos de los hombres y que las gestas importantes y admirables realizadas tanto por griegos como por bárbaros, y de manera particular el motivo por el que lucharon unos contra otros, queden sin gloria".
Heródoto quería explicar las causas de la gran confrontación que conocemos con el nombre de guerras médicas
En este prólogo, escrito sin duda al concluir su extensa obra, subraya un doble objetivo: referir las grandes gestas tanto de griegos como de no griegos –bárbaros– y, en segundo lugar, explicar las causas de la tremenda guerra entre unos y otros, la gran confrontación que conocemos con el nombre de guerras médicas (492-478 a.C.). En el texto de Heródoto, la palabra bárbaros no tiene ningún matiz despectivo, como sí tendrá posteriormente en Tucídides y otros autores clásicos. Heródoto admira el mundo abigarrado de "los bárbaros", sus hazañas y los grandiosos monumentos que erigieron.

Un hombre cosmopolita



Heródoto vivió aproximadamente entre los años 485 y 425 a.C. Es, por tanto, coetáneo del sofista Protágoras y del poeta trágico Sófocles. Consiguió gran renombre durante su visita a Atenas  hacia 441 a.C. Allí fue invitado a leer con gran éxito algunos capítulos de su obra y recibió un premio importante por ello, un pago a sus elogios de la heroica lucha de los griegos, sobre todo de los atenienses, en defensa de la libertad.
Nacido en la ciudad jonia de Halicarnaso, de donde fue desterrado, pasó largo tiempo en la isla de Samos y luego se dedicó a viajar. Fue en Jonia donde surgieron los primeros filósofos, en ciudades como Mileto o Éfeso, urbes comerciales y abiertas al mar, siempre bajo la amenaza del vecino Imperio persa. Allí forjó Heródoto su carácter y su ánimo intrépido de amante de los viajes, curioso y tolerante, y tomó nota de las noticias frescas de lo que veía y lo que le contaban, como un buen reportero avant la lettre; no en vano, Ryszard Kapuscinski, uno de los mejores periodistas del siglo XX, lo vio como un guía ejemplar para viajeros a tierras lejanas en su libro Viajes con Heródoto.

La actual división de su larga obra Historia en nueve libros procede, seguramente, de los filólogos alejandrinos. Heródoto habla de lógoi, algo así como "tratados", cada uno con temática propia, reunidos en ese conjunto final. En el libro primero de su Historia, Heródoto trata del reino de Lidia, del fastuoso rey Creso y sus enormes riquezas, y de la conquista de este territorio por el rey persa Ciro. En el segundo libro nos habla de Egipto y sus maravillas. El tercero comienza con la conquista del país del Nilo por el persa Cambises y vuelve a las historias de Persia. El cuarto libro abarca dos lógoi: uno sobre Escitia (región situada en Asia Central) y otro sobre Libia.
Los libros siguientes relatan el conflicto bélico entre griegos y persas, episodio tras episodio. En el quinto enfoca las intrigas de los persas en Macedonia y los conflictos de las ciudades griegas, con noticias sobre las políticas de Esparta y Atenas. Los siguientes libros cuentan las dos guerras médicas: en el sexto, la expedición de Darío, que concluye con la victoria griega en Maratón; el séptimo evoca con intenso dramatismo las batallas decisivas, las de Termópilas y Maratón; en el libro octavo, la de Salamina, y en el noveno narra la de Platea. Todas ellas sellan la merecida victoria final de los griegos.

El primer reportero

Heródoto reúne noticias muy variadas de sus viajes y experiencias. No se basa para ello en textos escritos, no usa viejos archivos, sino que cuenta lo que ha visto y oído en sus largos viajes y, ya en la segunda parte, nos describe y comenta, como nadie antes, la guerra que decidió la libertad de Grecia, con especial referencia a la democrática Atenas. No sólo es el "padre de la historia", como lo definió Cicerón, sino también de la geografía e incluso de la antropología cultural. Nos ofrece una visión personal de su mundo, que exploró con enorme agudeza escuchando a informadores de distintos países a lo largo de sus itinerarios. Sus instrumentos fueron la mirada curiosa (ópsis), el escuchar a fondo (akoé) y la reflexión crítica sobre los datos recogidos (gnóme).
No sólo es el "padre de la historia", como lo definió Cicerón, sino también de la geografía e incluso de la antropología cultural
Los primeros libros de su Historia atestiguan esa faceta de viajero excepcional. Visitó Egipto, recorriendo el valle de Nilo hasta la primera catarata en Elefantina (Asuán), donde acababa el Egipto antiguo, a unos mil kilómetros del mar. También visitó Mesopotamia y nos ha dejado una descripción de la famosa Babilonia y las comarcas cercanas; tal vez llegara hasta Susa. Hacia el norte, visitó las colonias griegas a orillas del mar Negro, y más allá se internó en las praderas pobladas por los errabundos escitas, en la estepa ucraniana, hasta llegar cerca de la actual Kíev. Recorrió también el norte de África, pasando por la Cirenaica y la costa de la actual Libia. Recaló un tiempo en las ciudades griegas del sur de Italia y colaboró en la fundación de la colonia de Turios. Podemos suponer que deambuló por toda Grecia y visitó muchas islas del Egeo.
Nos habría gustado saber más de las andanzas del intrépido viajero. ¿Cómo viajaba? ¿En solitario y con mínima impedimenta? ¿A caballo? ¿Cómo pagaba sus gastos y dónde se albergaba? ¿Registraba sus encuentros e impresiones en apuntes en rollos de papiro? Algunas regiones que Heródoto recorrió estaban colonizadas por griegos –como la costa del mar Negro o el sur de Italia–. También en la costa norte de Egipto había comerciantes griegos, y en Persia, tal vez algunos mercenarios. Pero ¿y en la estepa escita, cuando remontó el río Dniéper viajando entre tribus bárbaras, o en el Alto Egipto? Por otra parte, parece que sólo conocía el griego (como era natural en los viajeros griegos de la época), así que en Egipto tuvo que recurrir a sacerdotes locales bilingües para que le interpretaran las inscripciones más o menos sagradas de los templos.
Heródoto era, indudablemente, un tipo excepcional en su curiosidad por lo exótico y en su admiración de lo extraordinario. Al recordar al sabio Solón cuenta que, tras su etapa como legislador en Atenas, partió de viaje "por afán de ver mundo" (theoríes héneken). Ese mismo "afán téorico" movía sin tregua a Heródoto, pero en él va unido a las ganas de narrar las cosas asombrosas que ha visto o que le contaron, y lo hace en un estilo muy claro, con descripciones y anécdotas de vivo colorido en escenarios muy variados.

Pionero de la antropología

Heródoto es también aquí el gran precursor de la pasión por las maravillas del milenario y enigmático Egipto, conocida luego como "egiptomanía"
Comparado con historiadores como Tucídides o Jenofonte, Heródoto se revela –sobre todo en los primeros libros– como un narrador divertido y fabuloso; después, cuando describe la guerra y sus contextos políticos, resulta más austero. Pero si nos detenemos en la lectura de la mitad inicial de su gran obra podemos admirar toda la variedad de sus observaciones. Es, con razón, muy conocido el libro segundo, dedicado a Egipto –que, desde tiempos de Homero, fue un país que siempre fascinó a los griegos y adonde viajaron famosos sabios como Tales, Pitágoras y más tarde Platón–. Fue Heródoto quien lo llamó "un don del Nilo".
Y, en efecto, comienza hablando del caudaloso río y de las teorías sobre sus lejanas fuentes en el centro de África, para describir luego las extrañas costumbres de sus gentes, así como algunos animales del variopinto bestiario egipcio, como el cocodrilo, el ibis y los gatos (por entonces, unos animales poco conocidos por los griegos). Asimismo trata de las colosales pirámides y de los dioses, sus templos, sus arcanos ritos y las historias asociadas a ellos; incluso narra cuentos curiosos, como el del ladrón de tesoros de pirámides, Rampsinito. Heródoto es también aquí el gran precursor de la pasión por las maravillas del milenario y enigmático Egipto, conocida luego como "egiptomanía".
Heródoto es así, en cierto modo, el primer antropólogo que explora mundos ajenos a su cultura. Abre ojos y oídos a las tradiciones de otros pueblos y elabora una pintoresca narración, una "historia" de horizontes lejanos, monumental y novelesca a ratos; se nos aparece como un viajero ilustrado fascinado por Oriente y Egipto, un pensador de extraordinaria amplitud de miras, tolerante y ameno.
Como otros historiadores griegos, Heródoto vivió desde joven en el exilio y compuso su magna obra desde él. Al igual que Tucídides, Jenofonte y Polibio, la experiencia del destierro le incitó a tender una mirada aguzada e imparcial sobre otras culturas, sin censuras morales ni partidismos patrióticos. Lo hizo con el hondo orgullo de ser un hombre libre y haber conocido la democracia, y de manejar la flexible lengua griega y afianzar, escribiendo en la joven prosa jonia, la tradición helénica del gusto por el diálogo en libertad y el examen crítico ante los hechos y las personas. Por eso, en los últimos libros de su Historia, exaltó la lucha heroica de los griegos por su independencia contra el gran ejército de los persas, llevados de continuo al desastre por reyes despóticos.

Desafiar al olvido

"Todo es azaroso en la vida humana", apunta en una sentencia; "La divinidad es envidiosa y perturbadora", dice en otra
Coetáneo y amigo de Sófocles, Heródoto mantiene una visión humanista y trágica de la historia universal, con esa mentalidad arcaica que veía a los humanos como seres "efímeros" de azaroso destino. Incluso el poderío y la ambición de los más grandes puede derrumbarse. "Todo es azaroso en la vida humana", apunta en una sentencia; "La divinidad es envidiosa y perturbadora", dice en otra. "No llames a nadie feliz hasta contemplar su último día", alecciona el ateniense Solón al riquísimo rey Creso, que recordará la frase al caer derrotado por el persa Ciro.
La divinidad abate a los orgullosos y premia a los justos, y castiga el exceso de soberbia, como hizo con Jerjes, al que ya Esquilo en su tragedia Los persas presentó como ejemplo de hybris (el arrebato pasional que lleva a los hombres a desafiar los límites impuestos por los dioses). Para Heródoto, el mundo se mueve bajo la mirada de los dioses, pero la providencia divina nos es extraña e imprevisible. El destino resulta trágico, y por ello vale la pena celebrar las gestas heroicas y las maravillas, e inventar, para siempre, la historia, es decir, un testimonio acreditado a favor de las glorias humanas desafiando las sombras del olvido.


National Geographic
Carlos García Gual
25 de septiembre de 2017
 

sábado, 18 de abril de 2015

Figuras literarias III




 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Figuras literarias


ACTIVIDADES EDUCAPLAY:

http://www.educaplay.com/es/recursoseducativos/1841836/figuras_retoricas.htm

http://www.educaplay.com/es/recursoseducativos/1843572/figuras_retoricas_ii.htm




http://www.educaplay.com/es/recursoseducativos/1878294/figuras_literarias.htm

http://www.educaplay.com/es/recursoseducativos/1878539/figuras_literarias_ii.htm

http://www.educaplay.com/es/recursoseducativos/1878647/figuras_literarias_iii.htm

http://www.educaplay.com/es/recursoseducativos/1887395/figuras_literarias_iv.htm




Espigando aquí y allá en la red...





http://www.librosvivos.net/smtc/pagporformulario.asp?idIdioma=ES&TemaClave=1116&pagina=5&est=1

http://www.librosvivos.net/smtc/PagPorFormulario.asp?idIdioma=ES&TemaClave=1116&est=1
http://www.auladeletras.net/literatura_secundaria/ejercicios/retorica01.htm




http://www.xtec.cat/~jgenover/figura.htm
http://www.xtec.cat/~jgenover/figura2.htm



http://ficus.pntic.mec.es/~jmas0085/recursos%20poeticos.htm




http://www.indicedepaginas.com/tests_figuras.HTML

https://www.educa.jcyl.es/educacyl/cm/gallery/recursos_educativa/metrica/oa5.HTML
http://www.apuntesdelengua.com/archivos/literatura/2ESO/figurasliterarias/index.htm

http://www.retoricas.com/2009/06/principales-figuras-retoricas.HTML



PARA REPASAR LAS ESTROFAS:


Si quieres empezar desde abajo, por los primeros peldaños...de primaria...
http://cmapspublic2.ihmc.us/rid=1KN100C52-HCGK0R-19T6/LA%20RIMA.cmap
http://www.juntadeandalucia.es/averroes/centros-tic/41009470/helvia/aula/archivos/repositorio/0/202/html/datos/rdi/U07/05.htm
http://www.gobiernodecanarias.org/educacion/4/Medusa/GCMWeb/DocsUp/Recursos/43650853G/Santillana/Santillana1/lengua/8092/8294/8295/200601301253_DD_0_909355466/act/200601301239_AC_0_1359462173.html
http://www.gobiernodecanarias.org/educacion/4/Medusa/GCMWeb/DocsUp/Recursos/43650853G/Santillana/Santillana1/lengua/8092/8294/8295/200601311319_DD_0_-1579357526/act/200601311310_AC_0_2038301060.html
http://www.primaria.librosvivos.net/archivosCMS/3/3/16/usuarios/103294/9/5EP_Len_cas_ud11_poesiarima/frame_prim.swf

http://roble.pntic.mec.es/msanto1/lengua/estrofas.htm

http://www.portaldepoesia.es/clases.htm

http://www.educa.jcyl.es/educacyl/cm/gallery/recursos_educativa/metrica/oa1.html
https://www.educa.jcyl.es/educacyl/cm/gallery/recursos_educativa/metrica/oa3.html

http://www.apuntesdelengua.com/archivos/sintaxis/ejercicios_alumnos/repaso_sintaxis_metrica02/VictorLopez.jqz.htm


REPASO GENERAL:
http://tupaginadecastellano.blogspot.com.es/2008/08/la-lrica.html

miércoles, 11 de febrero de 2015

Visiones homéricas

ULISES
(cuento)
Ángel Olgoso (España, 1961)
Yo, el paciente y sagaz Ulises, famoso por su lanza, urdidor de engaños, nunca abandoné Troya. Por nada del mundo hubiese regresado a Ítaca. Mis hombres hicieron causa común y ayudamos a reconstruir las anchas calles y las dobles murallas hasta que aquella ciudad arrasada, nuevamente populosa y próspera, volvió a dominar la entrada del Helesponto. Y en las largas noches imaginábamos viajes en una cóncava nave, hazañas, peligros, naufragios, seres fabulosos, pruebas de lealtad, sangrientas venganzas que la Aurora de rosáceos dedos dispersaba después. Cuando el bardo ciego de Quíos, un tal Homero, cantó aquellas aventuras con el énfasis adecuado, en hexámetros dáctilos, persuadió al mundo de la supuesta veracidad de nuestros cuentos. Su versión, por así decirlo, es hoy sobradamente conocida. Pero las cosas no sucedieron de tal modo. Remiso a volver junto a mi familia, sin nostalgia alguna tras tantos años de asedio, me entregué a las dulzuras de las troyanas de níveos brazos, ustedes entienden, y mi descendencia actual supera a la del rey Príamo. Con seguridad tildarán mi proceder de cobarde, deshonesto e inhumano: no conocen a Penélope.
La máquina de languidecer, Madrid, Páginas de espuma, 2009, pág. 24.
 
 

[TROYA]

(cuento)

Tomás Val (España,1961)

Stacio Melo, en su libro Rex romanorum, nos cuenta que, en tiempos de Tarquino Prisco, padre de Lucio Tarquino el Soberbio, último rey romano, se organizó una expedición a Troya pare reconocer la tierra de los orígenes; Troya, la ciudad de la que salió Eneas llevando a su padre Anquises sobre los hombros.
Los mil expedicionarios que partieron camino de la Troya homérica, sigue Stacio Melo, llevaban consigo gran cantidad de carros para transportar cuantos restos pudieran del origen. Atacinio Cornelio, que mandaba las tropas, tenía el encargo especial de Tarquino de hacerse con el caballo que el falsario Ulises tallara en madera y que propició la derrota de las tropas troyanas. Deseaba el monarca colocar el engañoso instrumento en lo más alto de la muralla romana para que todos los pueblos supieran que Roma no sucumbiría a semejantes tretas.
Después de más de un año de viaje, en el que los romanos tuvieron que luchar con multitud de enemigos, sigue el historiador, los descendientes de Eneas llegaron donde antaño se levantaba la orgullosa ciudad de Ilión. La explanada donde el invencible Aquiles llorara la muerte de Patroclo era un triste prado de alta hierba en el que pastaban las ovejas. De la muralla insalvable no quedaban vestigios. La ciudad que los dioses admiraron no era más que un puñado de cabañas habitadas por pastores. Nada había del palacio de Príamo, ni del lecho en el que Paris amó a Helena; tampoco, según Stacio Melo, se apreciaban vestigios de las batallas que allí se libraron.
Los griegos que llegaron en mil naves desde la bahía de Áulide al mando de Agamenón saquearon y quemaron Troya, lo sabían los romanos, pero esperaban que los rescoldos de la gloria aguantaran mejor las embestidas del tiempo. Atacinio Cornelio, valiéndose de palomas mensajeras, hizo llegar al rey un mensaje: No queda nada. Busca bien, respondió Tarquino; la gloria de nuestros antepasados es inmortal.
Excavaron sin hallar huesos ni armas; ni la tumba de Príamo ni la sangre de Héctor. Volvieron a Roma y cuando el soberano les preguntó qué traían de la patria de Eneas, Atacinio Cornelio le presentó un niño pastor que le hablo en una lengua extraña, desconocida, con un torrente de palabras en el que los romanos únicamente entendieron la palabra Ilión.
-Esto es lo que queda del pasado –dijo Atacinio Cornelio, extendiendo sus manos vacías ante su rey-: un nombre en la memoria de un niño.
El rastro de la ficción, Santa Cruz de Tenerife, Ediciones Idea y La Página, 2006, págs. 13-14
 
 
 

Eduardo Galeano (Uruguay, 1940)

(cuento)

HOMERO

No había nada ni nadie. Ni fantasmas había. No más que piedras mudas, y alguna que otra oveja buscando pasto entre las ruinas.
Pero el poeta ciego supo ver, allí, la gran ciudad que ya no era. La vio rodeada de murallas, alzada en la colina sobre la bahía; y escuchó los alaridos y los truenos de la guerra que la había arrasado.
Y la cantó. Fue la refundación de Troya. Troya nació de nuevo, parida por las palabras de Homero, cuatro siglos y medio después de su exterminio. Y la guerra de Troya, condenada al olvido, pasó a ser la más famosa de todas las guerras.
Los historiadores dicen que ésa fue una guerra comercial. Los troyanos habían cerrado el paso hacia el mar Negro, y lo cobraban caro. Los griegos aniquilaron Troya para abrirse camino al Oriente por el estrecho de los Dardanelos. Pero comerciales fueron todas, o casi todas, las guerras que en el mundo han sido. ¿Por qué habría de hacerse digna de memoria una guerra tan poco original?
Las piedras de Troya iban a convertirse en arena y nada más que arena, cumpliendo su destino natural, cuando Homero las vio y las escuchó.
Lo que él cantó, ¿fue pura imaginación?
¿Fue obra de fantasía esa escuadra de mil doscientas naves lanzadas al rescate de Helena, la reina nacida de un huevo de cisne?
¿Inventó Homero eso de que Aquiles arrastró a su vencido Héctor, atado a un carro de caballos, y le dio varias vueltas alrededor de las murallas de la ciudad sitiada?
Y la historia de Afrodita envolviendo a Paris en un manto de niebla mágica cuando lo vio perdido, ¿no habrá sido delirio o borrachera?
¿Y Apolo guiando la flecha mortal hacia el talón de Aquiles? ¿Habrá sido Odiseo, alias Ulises, el creador del inmenso caballo de madera que engañó a los troyanos?
¿Qué tiene de verdad el final de Agamenón, el vencedor, que regresó de esa guerra de diez años para que su mujer lo asesinara en el baño?
Esas mujeres y esos hombres, y esas diosas y esos dioses que tanto se nos parecen, celosos, vengativos, traidores, ¿existieron?
Quién sabe si existieron. Lo único seguro es que existen.
Espejos. Una historia casi universal, Salamanca, Siglo XXI de España Editores, 2008, págs. 47-48
 
 
 
 
 

lunes, 9 de febrero de 2015

Calgaco y Agricola

Discurso de Calgaco 
En el año 84 d.C. Julio Agrícola, gobernador de Britania, se enfrenta en la batalla del monte Graupio a los caledonios. Previamente al encuentro, Tácito pone en boca del caudillo indígena Calgaco una arenga en la que se identifica la paz y la administración romanas con la esclavitud y la explotación de los pueblos sometidos. El pasaje evidencia la visión crítica que Tácito proyecta sobre la expansión de una Roma soberbia, codiciosa y despótica.
Cornelio Tácito (ca. 55-116/120) ha sido considerado el más grande historiador romano. Nacido en una familia noble, su cursus honorum lo llevó a desempeñar la pretura en 88, el consulado en 97 y el cargo de procónsul de Asia durante el reinado de Trajano. Sólo tras la muerte de Domiciano se decidió a publicar sus obras: Vida de Agrícola -dedicada a su suegro-, Germania -única monografía etnogeográfica redactada en lengua latina-, el Diálogo de los oradores y, sobre todo, las Historias y los Anales desde la muerte de Augusto. Las Historias abordaban el período 69-96, pero no se conserva más que la parte correspondiente a los dos primeros años, mientras que de los Anales, que alcanzaban hasta el año 68, únicamente nos han llegado -y con lagunas- los libros I-VI (reinado de Tiberio) y XI-XVI (Claudio y Nerón). (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).





Los britanos no se hallaban quebrantados por el resultado de la batalla anterior. Esperando la revancha o la esclavitud y, convencidos por fin de que debía rechazarse el peligro común con la unión, habían concitado las fuerzas de todas las tribus mediante embajadas y pactos. Veíanse ya más de treinta mil hombres armados y aún acudía toda la juventud y a quienes su vejez los mantenía fuertes y vigorosos, varones esclarecidos en la guerra, llevando cada uno sus propios distintivos, cuando un jefe llamado Calgaco, que sobresalía entre los demás por su valor y linaje, se dice que habló de esta manera ante la multitud congregada que pedía combatir:
«Cada vez que contemplo los motivos de esta guerra y nuestra crítica situación, tengo la firme convicción de que el día de hoy y vuestra unión serán el comienzo de la liberación de toda Britania. En efecto, os habéis reunido todos los que estáis exentos de la esclavitud; no queda ya terreno para retroceder ni mar seguro mientras tengamos la amenaza de la flota romana. En tales circunstancias, el combate y las armas, que son honor para los valientes, resultan asimismo la defensa más eficaz para los cobardes.
Los que lucharon antes que nosotros contra los romanos con suerte diversa tenían la esperanza de socorro en nuestras manos, porque, siendo los más nobles de toda Britania y habitando por ello lugares reservados, no vemos las costas de los esclavos y tenemos hasta los ojos sin profanar por el contagio de la opresión. A nosotros, los últimos habitantes de la tierra y de la libertad, nos ha defendido hasta el presente el mismo alejamiento y el hallarnos a cubierto de la fama. Ahora el confín de Britania está abierto y todo lo desconocido se piensa que es magnífico. Pero tras nosotros no existe raza humana, sino olas y rocas y, más hostiles que éstas, los romanos, cuya soberbia en vano se evita con la obediencia y el sometimiento. Saqueadores del mundo, cuando les faltan tierras para su sistemático pillaje, dirigen sus ojos escrutadores al mar. Si el enemigo es rico, se muestran codiciosos; si es pobre, despóticos; ni el Oriente ni el Occidente han conseguido saciarlos; son los únicos que codician con igual ansia las riquezas y la pobreza. A robar, asesinar y asaltar llaman con falso nombre imperio, y paz al sembrar la desolación.
La naturaleza ha dispuesto que lo más querido para cada uno sean sus hijos y familiares; las levas nos los arrebatan para servir en otras tierras. Aun en el caso de que vuestras esposas y hermanas hayan escapado a la lujuria del enemigo, están siendo manchadas por unos falsos amigos o huéspedes. Los bienes y las fortunas están siendo arruinados por los tributos; la cosecha anual, por los aprovisionamientos; vuestros mismos cuerpos y manos, entre golpes e insultos, para hacer viables los bosques y los pantanos.
Los esclavos, nacidos para la esclavitud, son puestos a la venta una sola vez y, además, sus amos los alimentan. Britania compra y sustenta diariamente su propia servidumbre. Y así como entre la familia el esclavo recién llegado es motivo de burla para sus compañeros, así en esta ya antigua esclavitud de todo el orbe, a nosotros, nuevos y despreciables, se nos busca para destruirnos, pues no tenemos campos, ni minas, ni puertos, para cuya explotación fuéramos reservados. Además, el valor y el orgullo de los vasallos desagradan a sus dominadores, y el asentamiento en un lugar apartado es tanto más sospechoso cuanto más seguro. Pues bien, desvanecida la esperanza de perdón, cobrad ánimo tanto los que apreciáis la propia salvación como los que miráis antes por la gloria. Los brigantes, a las órdenes de una mujer, fueron capaces de quemar una colonia, de tomar un campamento y, si su buena estrella no los hubiera vuelto negligentes, incluso de sacudirse el yugo definitivamente. Nosotros, con las fuerzas intactas, indómitos y dispuestos a conquistar la libertad, no a merecer el arrepentimiento, mostremos ya de entrada en el primer choque qué hombres ha reservado Caledonia para defenderse.
¿Creéis que los romanos conservan en la guerra un coraje parejo a su desenfreno en la paz? Famosos gracias a nuestras desavenencias y discordias, convierten los defectos de los enemigos en gloria para su ejército. Ejército al que, reclutado entre pueblos muy diversos, las circunstancias favorables lo mantienen unido y al que, por tanto, las adversas lo disolverán, a no ser que penséis que los galos, los germanos y (vergüenza me da decirlo) muchos de los britanos, aunque presten su sangre a la tiranía extranjera, frente a la que, en cambio, han sido por más tiempo enemigos que esclavos, estén unidos a ella por lazos de fidelidad y adhesión.
El miedo y el terror son débiles vínculos de amistad: cuando se consigue alejarlos, empiezan a odiar quienes han dejado de temer. Todos los estímulos para la victoria están a nuestro favor: ninguna esposa puede enardecer aquí a los romanos; tampoco están sus padres para reprocharles la fuga. Muchos, o no tienen patria o es distinta de Roma. Escasos en número, temerosos por su desorientación, mirando en torno suyo el cielo mismo, el mar y los bosques, todo desconocido para ellos, los dioses los pusieron en nuestras manos como encerrados y encadenados. No os asuste su vano aspecto y el brillo del oro y de la plata, que ni protege ni hiere. En las propias líneas de los enemigos encontraremos ayuda: los britanos reconocerán su causa, los galos recordarán su libertad anterior, los demás germanos los abandonarán como hace poco lo hicieron los úsipos, y ya no hay más motivos de temor; fuertes vacíos, colonias de ancianos, municipios echados a perder y en desavenencia, entre los que obedecen mal y los que mandan injustamente.
«Aquí hay un jefe y un ejército; allí, tributos, minas y demás castigos propios de esclavos. Si vamos a sufrirlospara siempre o vengarlos al punto, se va a decidir en esta llanura. Así que, cuando entréis en combate pensad en vuestros antepasados y descendientes.»
Tácito, Vida de Agrícola, 29-32, traducción de José María Requejo, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1988.



Discurso de Agrícola a sus soldados

[33] Los bárbaros acogieron su discurso con alegría, como es su costumbre, entre cánticos, gritos y una estruendosa algarabía. Ya se podía ver la concentración de hombres y el resplandor de las armas de cada uno de los más valientes en la primera línea; al mismo tiempo, la línea romana se estaba organizando cuando Agrícola, aunque pensaba que sus soldados estaban animados y que apenas podría evitar que subieran a las empalizadas, les dijo:
“Han pasado ya siete años, camaradas, desde que, bajo los auspicios y la virtud del Imperio romano, conquistasteis Britania con vuestra lealtad y vuestro esfuerzo. En tantas expediciones, en tantos combates hizo falta vuestra valentía frente al enemigo o vuestra resistencia y trabajo frente a la propia naturaleza de este lugar: ni yo me he arrepentido de mis soldados ni vosotros de vuestro general. Así pues, ahora que hemos sido los primeros en superar las fronteras de Britania, vosotros de entre todos los ejércitos y yo de entre todos los legados anteriores, tenemos en nuestras manos los últimos rincones de Britania, no de palabra ni de nombre, sino con armas y campamentos: hemos descubierto y sometido Britania. Muchas veces, cuando en una marcha los pantanos, los montes o los ríos os agotaban, les oí preguntar a los más valientes: “¿Cuándo se dejará ver el enemigo, cuando nos vendrá al ataque?” Ahora vienen, los hemos sacado a la fuerza de sus escondrijos: vuestros deseos y valor tienen pista libre para demostrarse: todo resulta fácil para el conquistador y perjudica al conquistado. Pues aunque resulte un motivo de orgullo y de honor realizar tan grandes marchas, evitar los bosques y cruzar los ríos de frente, en una retirada todo lo que hoy es muy beneficioso resulta lo más peligroso: nosotros no conocemos estos lugares igual que los britanos ni sabemos tantos caminos, pero tenemos nuestras fuerzas y nuestras armas, y con ellas lo tenemos todo. Por lo que a mí respecta, sé seguro que una retirada no es segura ni para el ejército ni para su general: por esto, preferiría una muerte noble a una vida deshonrada. En un mismo lugar, tenemos disponibles nuestra salvación y nuestra gloria, y no carecería de gloria morir en el mismo final de la tierra y del mundo.
[34] Si nuestros enemigos fueran nuevos, os podría poner como ejemplo a otros ejércitos. No es necesario: recordad vuestras nobles acciones, preguntadle a vuestra memoria. Estos enemigos son a los que derrotasteis el año pasado con vuestros gritos mientras atacaban por la noche y a traición a una legión; estos son los más huidizos de todos los britanos y, por eso, son los que todavía viven. De la misma manera que los animales más valientes se lanzan contra los cazadores cuando penetran en los bosques y cañadas mientras que los cobardes y débiles los evitan, también los britanos más fuertes ya cayeron primero y quedan ahora los cobardes y miedosos. Por fin los habéis encontrado, no por que hayan plantado cara sino porque los hemos cazado: su desesperación y su miedo extremo han dejado clavadas a sus tropas en este lugar para que consigáis una bella y espectacular victoria. Acabad con las campañas, coronad cincuenta años de dominio con un gran día y demostrad a Roma que nunca se pudo acusar a uno de sus ejércitos de demorar la guerra o causar una rebelión.”
 

Epigramas

1. Soledad en compañía
     No te sorprenda en nada que rechace
     tu invitación
     para una cena de trescientos, Néstor:
     No me gusta cenar a solas.

2. Nerón contra los corruptos
     Nerón quiso que Roma fuera honrada:
     así pudo robar él solo.

3. Doble moral
     Te compadeces del cartaginés
     y tratas a patadas a los tuyos.

4. Inéditos
     Me dijeron que Cinna escribió en contra mía.
     Pobre Cinna: no escribe
     ya que nadie lo lee.

5. Globalización
     Eres muy pobre y serás más pobre.
     Ahora sólo los ricos se enriquecen.

6. Perjurio
     Dices que es tuyo el pelo que te pones:
     ¿no temes el arresto por perjurio?

7. Vejamen de la ebriedad
     Con horribles pastillas perfumadas,
     intenta enmascarar el alcohol barato.
     Pero del fondo de su cloaca brota
     el olor nauseabundo.
     Es preferible que no mezcle
     dos fetideces
     y acepte ser borracho.

8. El declamador
     Son míos los versos.
     Cuando los declamas
     se vuelven tuyos porque los destrozas.

9. La buena tierra
     Preguntas qué me da mi parcela
     en una tierra tan distante de Roma.
     Da una cosecha que no tiene precio:
     el placer de no verte.

10. Elogio fúnebre
     Reservas tus elogios para los muertos,
     jamás aprecias a un poeta vivo.
     Discúlpame, prefiero seguir viviendo
     a tener tu alabanza.

11. Brevedades
     Vélox, criticas
     mis epigramas. Te parecen largos.
     Los tuyos son brevísimos:
     no escribes nada.

12. La tumba de la abeja
     Yace la abeja en una gota de ámbar,
     atrapada en su néctar.
     Su laboriosidad tejió el sepulcro.
     Imposible encontrar mejor destino. ~

Hace mil novecientos años, en 102 después de Cristo, Cayo Valerio Marcial regresó a Bílbilis (Calatayud, en Zaragoza) para morir en donde había nacido, quizá en 39 ó 40. Se educó en las instituciones latinas de Hispania y fue a Roma para buscar la protección de sus compatriotas Quintiliano, Séneca y Lucano. Igual que tantos otros poetas, tuvo que mendigar la ayuda de los poderosos y alabarlos sin medida. Su primera obra, el Liber Spectaculorum, es un descarado elogio de Tito Flavio Vespasiano cuando erigió el Coliseo. Más tarde consiguió el rango de tribuno y se le otorgó la exención de impuestos. Ganó la libertad para volverse crítico y escribir treinta y tres libros de epigramas que, como las Sátiras de su amigo y contemporáneo Juvenal, describen corrupciones muy semejantes a las nuestras.
     El epigrama, en su origen una simple inscripción en tumbas, monumentos y estatuas, alcanza gracias a los autores incluidos en la Antología griega la capacidad de ser lírico, dramático, reflexivo. A partir de Marcial es sobre todo un dardo que se dirige contra alguien. En el siglo xix el triunfo de la prosa alejó el verso de la narración y el teatro y también del ingenio. Por ejemplo, las frases de Oscar Wilde son epigramas que conservan la velocidad, la nitidez, la economía y la tersura de Marcial pero ya no están versificados.
     Hay una discusión interminable en torno a si Marcial es nada más un satírico romano o si sus epigramas prefiguran el realismo español. Aquí sólo hemos querido recordarlo con doce de ellos en su decimonoveno centenario. ~
     — Versión y nota de José Emilio Pacheco

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Descripciones




Describir es explicar, de manera detallada y ordenada, cómo son las personas, los lugares, los objetos y sentimientos. La descripción sirve sobre todo para ambientar la acción y crear una atmósfera que haga más creíbles los hechos que se narran. Muchas veces, las descripciones contribuyen a detener la acción y preparar el escenario de los hechos que siguen.


Según el punto de vista o la actitud ante el objeto puede haber:
Descripción denotativa u objetiva: El emisor informa sobre las características de lo descrito, intentando ajustarse a la realidad, de forma imparcial, precisa,  y sin realizar valoraciones personales. Es propia de los textos científicos y técnicos. Tiene una finalidad informativa: pretende mostrar la realidad  tal como es, puesto que es imprescindible la precisión. Se encuentra en enciclopedias, diccionarios, manuales, prospectos….
Descripción connotativa o subjetiva: El emisor da su visión particular sobre lo que describe, escogiendo los rasgos que más le interesan, dejándose llevar por los sentimientos y añadiendo las impresiones o emociones  que esos rasgos le producen. Pretende crear belleza por medio de las palabras. Suele utilizar un lenguaje poético, con abundancia de figuras retóricas (en especial símil y metáfora).
Según el objeto suele hablarse de:
Topografía: Es una descripción realizada de un punto fijo, sin que el descriptor este en movimiento al momento de realizar la descripción. Incluye la descripción de los paisajes.
Zoografía: Es la descripción de todo tipo de animales.
Cronografía: Es la descripción de la época en la que se realiza un hecho o sucede una acción. Hay alusiones a personajes, hechos, costumbres, vestidos, herramientas...
Descripción de personas (caracterización)
Prosopografía: describe los rasgos y características físicas de una persona, la cara, la complexión, la ropa, los gestos, la voz...
Etopeya: Es la que describe los rasgos morales y psicológicos de una persona, la forma de ser, el carácter, cualidades, defectos, costumbres.
Retrato: Es cuando se combinan la prosopografía y la etopeya.
Autorretrato: Es cuando la misma persona realiza su retrato (se describe a sí misma).

Caricatura: Es cuando se exageran los rasgos más llamativos o se acentúan los rasgos físicos o morales de una persona con intención satírica o burlesca.
 
 
Sugerencias para hacer descripciones físicas:

CARA: ancha, rolliza, amplia, afligida, cuadrada, desconfiada, chupada, dulce, dura, castigada, confiada, endurecida, curtida, triste, expresiva, fina, franca, fresca, jovial, larga, serena, llena, delgada, redonda, salvaje, seca, simpática, tranquila...

FRENTE: amplia, arrugada, baja, estrecha, inteligente, lisa, abombada...

OJOS: ausentes, bajos, azulados, concentrados, despiertos, duros, movedizos, fugitivos, impenetrables, inexpresivos, intensos, lagrimosos, maliciosos, muertos, negrísimos, soñadores, turbios, tristes, vivos...

NARIZ: aguileña, chata, amplia, redonda, fina, larga, puntiaguda, recta, torcida...

BOCA: fina, fresca, grande, dura, firme, pequeña, redonda, besucona, torcida...

CUELLO: corto, fino, grueso, largo, elegante, estilizado...

DIENTES: alineados, blancos, amarillentos, torcidos, desiguales...

LABIOS: blanquecinos, estrechos, finos, grandes, herméticos, delgados, voluptuosos, sensuales...

MEJILLAS: rollizas, caídas, deshinchadas, hinchadas, redondas, duras, chupada...

CEJAS: arqueadas, espesas, gruesas, juntas, delgadas, separadas...

OREJAS: grandes, largas, redondas, pequeñas...

MANOS: ágiles, blancas, cálidas, rugosas, delicadas, finas, torpes, firmes, sensibles...

PIERNAS: delgadas, gruesas, enclenques, flacas, rechonchas, robustas...

COLOR: pálido, rosado, albino, moreno, pelirrojo, ceniza, amarillento, blanquecino, aceitoso, bronceado, tostado, aceitunado, oscuro...

CABELLOS: brillantes, sucios, castaños, rubios, rizados, lacios, finos, sedosos, grasos, ondulados, desordenados, ásperos,..

ASPECTO GENERAL: alto, atlético, bajo, robusto, corpulento, ligero, esbelto, delgaducho, nervioso, débil, deportivo, joven, canijo, torpe, maduro, meticuloso, barrigudo, flaco, delgado, viejo, sano, macizo,..

INDUMENTARIA: chillona, abandonada, discreta, elegante, fea, sofisticada...


Sugerencias para etopeya:

Trabajador, amable, simpático, inteligente, lista, despierto, sincero,  respetuosa, altruista, desprendido, locuaz, valiente, despierto, noble, capaz,  tranquilo,  perspicaz, afable,  risueño, divertido, sencillo,  bueno, sabio, elocuente, ordenado, magnífico, apasionado, fantástica, ecuánime, justa, decidida, obediente,  vivo, aventurero, fuerte, fiel, meticuloso, colaborador, puntual, creativo, cortés, respetuoso,  atento, desinteresada, generoso, cordial, feliz, legal, ejemplar,  compasiva, humilde, tierno, coherente, imaginativo, considerada, especial, deportivo, consecuente, participativa, luchadora, franco,  abierta, cordial, inquieta, astuta,  desenvuelto,  comunicativa,  formal, comprensiva, comprometido,  ordenada,  madura,  cauto, madura, sentimental, indulgente, solidaria,  desenfadada, franca,  activa, afortunada, extraordinaria,  honesta, transparente,  vivaz, cariñoso, cautivador,  franco,  serio, callada,  justo, correcta, discreto, exigente,  sensato, sereno, responsable,  entusiasta,  efusiva, serena, audaz,  espiritual,  atractiva, apacible, cálida,  solícita,  cuidadosa,  eficiente,  directa...

 
Propuestas a modo de ejemplos
1)
El desván era grande y oscuro. Olía a polvo y naftalina. No se oía ningún ruido, salvo el suave tamborileo de la lluvia sobre las planchas de cobre del gigantesco teja­do. Fuertes vigas, ennegrecidas por el tiem­po, salían a intervalos regulares del entari­mado, uniéndose arriba a otras vigas del armazón del tejado y perdiéndose en algún lado de la oscuridad. Aquí y allá colgaban telas de araña, grandes como hamacas, que se columpiaban suave y fantasmalmente en el aire. De lo alto, donde había un tragaluz, bajaba un resplandor lechoso.

               La única cosa viva en aquel entorno, en donde el tiempo parecía detenerse, era un ratoncito que saltaba sobre el entarimado, dejando en el polvo huellas diminutas. Allí donde la colita le arrastraba, quedaba entre las impresiones de sus patas una raya del­gada. De pronto se enderezó y escuchó. Y luego —¡hush!— desapareció en un agujero de las tablas.

Se oyó el ruido de una llave en la gran cerradura. La puerta del desván se abrió despacio y rechinando y, por un instante, una larga franja de luz atravesó el cuarto. Bastián se metió dentro y cerró luego empu­jando la puerta, que rechinó otra vez. Metió una gran llave en la cerradura y la hizo girar. Luego echó además el cerrojo y dio un sus­piro de alivio. Ahora sí que no podrían encon­trarlo. Nadie lo buscaría allí. Sólo muy raras veces venía alguien -¡de eso estaba segu­ro!- e, incluso, si la casualidad quería que precisamente hoy o mañana alguien tuvie­ra que hacer algo allí, quien fuera se encon­traría con la puerta cerrada. Y la llave no estaría. En el caso de que, a pesar de todo, abrieran la puerta, Bastián tendría tiempo suficiente para esconderse entre los cachivaches.

Poco a poco, sus ojos se iban acostum­brando a la penumbra. Conocía el lugar.

Seis meses antes, el portero del colegio le había pedido que lo ayudase a transportar un gran cesto de ropa lleno de viejos for­mularios y papeles que había que dejar en el desván. Entonces Bastián había visto dónde guardaban la llave de la puerta: en un armario que había en la pared, junto al tramo superior de la escalera. Desde enton­ces no había vuelto a pensar en ello. Pero ahora se había acordado otra vez.

Bastián comenzó a tiritar, porque tenía el abrigo empapado y allí arriba hacía mucho frío. Por de pronto, tenía que buscar un lugar en donde ponerse un poco más cómodo. Al fin y al cabo, tendría que estar allí mucho tiempo. Cuánto... En eso no quería pensar de momento, ni tampoco en que pronto ten­dría hambre y sed.

Anduvo un poco por allí.

Había toda clase de trastos, tumbados o de pie; estantes llenos de archivadores y de legajos no utilizados hacía tiempo, pupitres manchados de tinta y amontonados, un bas­tidor del que colgaba una docena de mapas antiguos, varias pizarras con la capa negra desconchada, estufas de hierro oxidadas, aparatos gimnásticos inservibles, balones medicinales pinchados y un montón de col­chonetas de gimnasia viejas y manchadas, amén de algunos animales disecados, medio comidos por la polilla, entre ellos una gran lechuza, un águila real y un zorro, toda clase de retortas y probetas rajadas, una máqui­na electrostática, un esqueleto humano que colgaba de una especie de armario de ropa, y muchas cajas y cajones llenos de viejos cuadernos y libros escolares. Bastián se decidió finalmente a hacer habitable el mon­tón de colchonetas viejas. Cuando uno se echaba encima, se sentía casi como en un sofá. Las arrastró hasta debajo del tragaluz, donde la claridad era mayor. Cerca había, apiladas, unas mantas militares de color gris, desde luego muy polvorientas y rotas, pero plenamente aprovechables. Bastián las cogió. Se quitó el abrigo mojado y lo colgó junto al esqueleto en el ropero. El esquele­to se columpió un poco, pero a Bastián no le daba miedo. Quizá porque estaba acos­tumbrado a ver en su casa cosas parecidas. Se quitó también las botas empapadas. En calcetines, se sentó al estilo árabe sobre las colchonetas y, como un indio, se echó las mantas grises por los hombros. Junto a él tenía su cartera... y el libro de color cobre.

Pensó que los otros, en la clase de abajo, debían de estar dando precisamente Lengua. Quizá tuvieran que escribir una redacción sobre algún tema aburridísimo.

Bastián miró el libro.

«Me gustaría saber», se dijo, «qué pasa realmente en un libro cuando está cerrado.

Naturalmente, dentro hay sólo letras impre­sas sobre el papel, pero sin embargo... Algo debe de pasar, porque cuando lo abro apa­rece de pronto una historia entera. Dentro hay personas que no conozco todavía, y todas las aventuras, hazañas y peleas posi­bles... y a veces se producen tormentas en el mar o se llega a países o ciudades exóti­cos. Todo eso está en el libro de algún modo. Para vivirlo hay que leerlo, eso está claro. Pero está dentro ya antes. Me gustaría saber de qué modo».

Y de pronto sintió que el momento era casi solemne. Se sentó derecho, cogió el libro, lo abrió por la primera página y comen­zó a leer...
 

 


2) 
Su piel amarillenta apenas cubría la red de músculos y vasos sanguíneos. Su cabello era largo y sedoso, sus dientes muy blancos, pero todo ello no lograba más que realzar el horror de los ojos vidriosos, cuyo color podía confundirse con el de las pálidas órbitas en las que estaban profundamente hundidos, lo que contrastaba con la arrugada piel del rostro y la rectilínea boca de negruzcos labios.

 
 

 3) 
Hay una mujer gordísima en el centro de este cuadro que está bailando. Tiene el pelo largo, oscuro y liso. La proporción de esta mujer es muy rara porque tiene una cabeza gorda, una forma gordísima, los muslos gordos pero sus pies son pequeños. La mujer está llevando una camiseta blanca, los pantalones ajustados y blancos, los zapatos pequeños y violetas. En su oreja, tiene un arete violeta y en su pelo, hay una rosa violeta también. Ella pone su mano derecho encima de su pelo y levanta su pierna derecha arriba casi cerca de su cabeza. Pone su mano izquierda en el poste detrás de su cuerpo para soporte. Detrás de esta mujer, hay un espejo que reflecta la espalda y la forma de su postura. Detrás de la mujer y a la izquierda, hay una puerta con una cortina violeta. Es posible que esté en estudio de danza porque la pintura parece el ambiente de la paz para bailar.



4)

El halcón Altura: 40-50 centímetros. Peso: 600-1000 gramos. Ala: 30-37 centímetros. Envergadura: 800-110 centímetros. Pico: 18-22 milímetros. Cola: 12-16 centímetros. Alimentación: palomas (40%), estorninos, alondras y pájaros esteparios (30%), córvidos (8%), perdices y tórtolas (10%) y otras aves (12%). Puesta Número de huevos: entre dos y seis. Tamaño: 53 x 41 milímetros. Incubación: 29 días Permanencia en el nido: 40 días. Otras características: cuando caza, puede alcanzar velocidades de más de 300 km/h.



5)

Esta prenda ha sido diseñada y confeccionada para darle completa satisfacción. Tiene dos piezas: una camiseta de manga corta, con cuello tunecino (abertura frontal con tres botones), estampado a rayas blancas y marrones; y pantalón corto marrón. Composición 47% poliéster, 53% algodón. Recomendaciones: Es conveniente lavarlo con agua tibia que no supere los 30º de temperatura y jabón neutro. Debe aclararse seguidamente y escurrirse. Un cuidado adecuado prolongará la vida de la prenda.



6)

Un airbag es una bolsa de aire que se infla automáticamente en milésimas de segundo en caso de accidente. Para que el airbag resulte efectivo, lo primero que hay que hacer es llevar el cinturón de seguridad correctamente puesto, lo que permite retener el cuerpo el tiempo suficiente para que se despliegue la bolsa y acortar el desplazamiento del cuerpo, complementando la acción del cinturón. Los airbags frontales quedan ocultos en el volante, frente al conductor, y en el salpicadero, frente al acompañante. Protegen la cabeza y el tórax en caso de choque de frente. Los airbags laterales, situados en el lateral de los asientos o en el guarnecido de las puertas, protegen sobre todo el tórax en caso de golpe lateral y algunos la cabeza. Si el vehículo lleva incorporado airbag para el asiento del acompañante, ningún niño debe ocupar nunca dicha plaza, porque la bolsa de aire podría causarle lesiones de importancia. Esto es especialmente importante en el caso de bebés que viajan en sillas orientadas en sentido contrario de la marcha.




7)

Otli tenía el pelo corto y erizado, rojo como una zanahoria, y las orejas gachas de soplillo. Era delgado y alto con la piel llena de pecas. Pero éstas no eran los graciosos puntitos que con frecuencia caen tan bien en las narices respingonas de las chicas. Otli tenía todo el cuero blanco y marrón como un perro foxterrier; como si se hubiese puesto cerca de un pintor que pulverizase de marrón una pared blanca. Dos de sus manchas causaban verdadero asombro. Una en el carrillo izquierdo, que parecía África, hasta con El Cairo y el cabo de Buena Esperanza. Otra junto al ombligo, a la derecha, del tamaño de la uña del pulgar, en forma de corazón y con un pequeño tallo arriba, en el centro. Igual que el as de picas de la baraja francesa. 


8)

El señor Wonka abrió la puerta. Cinco niños y nueve adultos se apresuraron a entrar y, ¡qué espectáculo más asombroso se presentó ante sus ojos! Lo que veían desde allí arriba era un magnífico valle. Había verdes colinas a ambos lados del valle, y en el fondo del mismo fluía un ancho río de color marrón. Es más, había una enorme cascada en el río, un escarpado acantilado sobre el que el agua rodaba y ondulaba en una sólida capa, y luego se estrellaba en un hirviente, espumoso remolino de salpicaduras. Debajo de la cascada (y éste era el espectáculo más maravilloso de todos) una masa de enormes tubos de vidrio colgaba sobre el río desde algún sitio del techo, a gran altura. Eran realmente enormes estos tubos. Debía haber al menos una docena, y lo que hacían era succionar el agua oscura y barrosa del río para llevársela a Dios sabe dónde. Y como estaban hechos de vidrio, podía verse fluir el líquido a borbotones en su interior, y por encima del ruido de la cascada podía oírse el interminable sonido de succión de los tubos a medida que hacían su trabajo.


9)

Ante mí se hallaba un caballero anciano, recién afeitado, excepto un bigote blanquecino, ataviado de negro de pies a cabeza, sin la menor sombra de color en parte alguna… Sus orejas eran pálidas, terminando en punta por arriba… Las espesas cejas se juntaban casi encima de la nariz, y sus pelos daban la impresión de enmarcarla, tan largos y espesos eran… La boca tenía una expresión cruel y los dientes eran extraordinariamente puntiagudos, avanzado de manera muy prominente sobre los labios… Sus manos eran muy groseras, anchas, con dedos cortos y gruesos. Y por muy extraño que parezca, el centro de las palmas estaba cubierto de vello… Su semblante producía la sensación de un palidez sorprendente.



10)

LA PONCIA.- (A voces) ¡Ya viene! (A la criada.) Limpia bien todo. Si Bernarda no ve relucientes las cosas, me arrancará los pocos pelos que me quedan. CRIADA.- ¡Qué mujer! LA PONCIA.- Tirana de todos los que la rodean. Es capaz de sentarse encima de tu corazón y ver cómo te mueres durante un año sin que se le cierre esa sonrisa fría que lleva en su maldita cara. ¡Limpia, limpia ese vidriado! CRIADA.- Sangre en las manos tengo de fregarlo todo. LA PONCIA.- Ella, la más aseada; ella, la más decente; ella, la más alta. Buen descanso ganó su pobre marido. Federico García Lorca, La casa de Bernarda Alba LA PONCIA.- (A voces) ¡Ya viene! (A la criada.) Limpia bien todo. Si Bernarda no ve relucientes las cosas, me arrancará los pocos pelos que me quedan. CRIADA.- ¡Qué mujer! LA PONCIA.- Tirana de todos los que la rodean. Es capaz de sentarse encima de tu corazón y ver cómo te mueres durante un año sin que se le cierre esa sonrisa fría que lleva en su maldita cara. ¡Limpia, limpia ese vidriado! CRIADA.- Sangre en las manos tengo de fregarlo todo. LA PONCIA.- Ella, la más aseada; ella, la más decente; ella, la más alta. Buen descanso ganó su pobre marido.



11)

Alto, enjuto, barbudo y noblemente mutilado como un héroe antiguo; arcaico en la figura y en el indumento, con sus grandes y redondas lentes quevedescas, su gran chambergo y sus largas melenas entre apicaradas y místicas; fanfarrón y sencillo, pagano por el apetito, cristiano por la belleza y el hastío; como un gallego, astuto; donairoso y ceceante, como un andaluz; mezcla, en la traza física, de peregrino penitente y de soldado trashumante aún no incorporado a su tercio; altivo como un mayorazgo y humilde a veces como un monje de órdenes menores; maldiciente y mordaz como un contertulio de los antiguos mentideros; con un inevitable recuerdo de Quevedo por la cortante lengua, y de Cervantes por el común defecto, origen en ambos de más noble apostura.


12)

Las ciudades importantes como Madrid o Sevilla hormigueaban de buscavidas y ociosos con sonante en la faltriquera dispuestos a reunirse en torno a la desencuadernada, que eran como llamaban al mazo de naipes, o a Juan Tarafe, mal nombre que bautizaba los dados. Jugaba todo el mundo, vulgo y nobleza, señores y pícaros, y hasta las damas, que aunque en casas como en Juan Vicuña no eran admitidas, resultaban también asiduas de los garitos, tan versadas en bastos, malillas y puntos como el que más. Y cual es de imaginar en gente violenta, orgullosa y de acero fácil como éramos, y somos, excuso añadir que, muy a menudo, los lances de juego terminaban con un voto a Dios y una buena sarta de cuchilladas.