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viernes, 1 de mayo de 2020

Los galos, un hueso duro de roer


Los galos, un hueso duro de roer para Julio César


Procedentes del este europeo, los celtas que se asentaron en lo que hoy es Francia llegaron a representar una seria amenaza para la integridad romana

Vercingetórix: el enemigo de César

Los galos, un hueso duro de roer para Julio César

Vercingetórix arroja sus armas a los pies de César. Lionel Noel Toyer


Julio César estaba rutilante. Sobre una cuadriga dorada repartía amplias sonrisas a la enfervorecida multitud que lo aclamaba, y que desde lo más temprano de la mañana llenaba las calles de Roma por las que transcurriría su desfile triunfal. Poco le importaba que tras él, como mandaba la tradición, un esclavo fuera repitiendo que solo era un hombre, un simple mortal, y que no debía ensoberbecerse con la victoria.
Ante sus ojos, en una plataforma tirada por sus fieles legionarios, se hallaban encadenados sus otrora enemigos, el jefe arverno Vercingétorix y sus capitostes, quienes, al llegar a la Vía Sacra del Foro, serían apartados del cortejo para ser ritualmente sacrificados.

Los galos perdían su independencia para incorporarse a la ya larga lista de pueblos que vivían bajo el yugo romano

La campaña de las Galias había sido dura y peligrosa, pero con su triunfo César había conseguido el necesario trampolín con que hacerse dueño de Roma, que era tanto como decir del mundo. Había valido la pena.

Los pensamientos del circunspecto Vercingétorix iban por otros derroteros. Parecía no afectarle que su final se hallara tan cerca. Era un guerrero y estaba habituado a lidiar con la muerte. Lo que le entristecía era que, con su derrota, los galos perdían su tan amada independencia para incorporarse a la ya larga lista de pueblos que vivían bajo el yugo romano.
Esta es la historia de los galos, que a punto habían estado de truncar la vida y la carrera del más famoso político y militar romano.
Celtas, gálatas y galos
El origen lejano de los celtas ha de buscarse en dos culturas de la Edad del Bronce cuyos vestigios aparecen diseminados por gran parte de Europa: la de los Túmulos y la de los Campos de urnas, entendidas ambas como protoceltas. Lo impreciso del término ha llevado a considerar a su heredera de la Edad del Hierro, la Cultura de Hallstatt, como la primera propiamente celta, en cuyo seno se desarrollaron a partir del siglo IX a. C. los rasgos materiales y culturales que definirían a esta civilización.

 'Galos en Roma', ilustración del francés Alphonse de Neuville (1836-1885)


Galos en Roma, Alphonse de Neuville

Pero su momento álgido llegaría en el siglo V a. C. con su sucesora, la Cultura de La Tène, con la que el celtismo asistió a su período de mayor fecundidad. Se expandió por casi toda Europa, aunque su incapacidad para constituir un frente unido ante sus nuevos y agresivos vecinos, fueran germanos o romanos, condicionaría su propia independencia.
Hasta aquí se ha hablado solo de celtas, porque así es como aparecen en las fuentes griegas (keltoi, keltai). Sin embargo, los romanos, aun aceptando este nombre, utilizaron también el de galos, emparentado con el de gálatas, que se refería a los grupos celtas que se instalaron en Anatolia durante el siglo III a. C.
Con el tiempo, el uso del término galos se extendió, y acabó designando una realidad mucho más concreta. La referida a los pueblos celtas que, según la geografía romana, habitaban en las dos Galias: la Cisalpina y la Transalpina.
El avance galo
Entre finales del siglo V y principios del IV a. C., al mismo tiempo que se expandían por la Galia Transalpina, pueblos de origen celta como los insubres, los boios y los senones cruzaron los Alpes y se asentaron en la llanura del Po, presionando a las ciudades etruscas. Una de estas, Clusium, pidió ayuda a su otrora enemiga Roma , que envió una embajada para parlamentar con los senones.

Los galos utilizaron pesos trucados en la balanza para medir el oro tras el que levantar el asedio a Roma

Una serie de malentendidos hizo que los senones avanzaran a lo largo de los Apeninos hasta encontrarse frente a las legiones romanas en el río Allia, cerca de Fidenae. Ante el feroz empuje de los galos, los romanos rompieron filas y huyeron en desbandada. En una de las páginas más deshonrosas de su historia, dejaron expedito el camino hacia la propia Roma, ocasión que los senones no desaprovecharon.
Los habitantes de la ciudad se atrincheraron en la fortaleza del Campidoglio. Pero la situación se eternizó, incluso para los senones. Cuando ya no quedaba nada por expoliar, su jefe, Brenno, exigió una importante cantidad de oro para levantar el asedio, a lo que accedieron los exhaustos romanos.
Cuenta la tradición que los galos utilizaron pesos trucados en la medida, y que, ante la queja de los representantes romanos, Brenno lanzó su espada sobre el platillo desequilibrando la balanza a su favor, al tiempo que exclamaba una frase que ha hecho historia: “Vae Victis!” (“¡Ay de los vencidos!”).
La retirada de los senones no comportó el fin de la presión gala. Los siguientes decenios vieron nuevas incursiones de distintas tribus de ambos lados de los Alpes, dispuestas a aliarse con los enemigos de Roma, ya fueran estos samnitas o etruscos, y que en más de una ocasión hicieron estragos entre las legiones.

El Senado, consciente del peligro que aquellos celtas representaban, inició un lento pero firme proceso de conquista y consolidación de la zona norte de Italia. Los triunfos de Telamón o Clastidium y las fundaciones de Placentia o Bononia fueron sus más importantes hitos.

Busto de mármol de Julio César que hoy se exhibe en Turín.


Busto de Julio César en Turín

Las victoriosas campañas del cartaginés Aníbal durante la segunda guerra púnica, en cuyas huestes figuraron numerosos galos, no significaron sino un momentáneo intermedio en un proceso con previsible final, que llegó a principios del siglo II a. C., cuando las últimas tribus independientes cruzaron los Alpes en dirección al norte.
Pero Roma no abandonó su interés por esos pueblos. Al contrario, puesto que ahora la Galia, con mayúscula, se había convertido en apetecible presa de su afán expansionista.
Su primer paso consistió en la conquista de la franja territorial que unía a Italia con Hispania, con el fin de establecer un puente terrestre entre ambas, y culminó con la creación de una nueva provincia, la Galia Narbonense. Habría que esperar más de medio siglo para que, no Roma, sino uno de sus ambiciosos políticos, conquistara la totalidad del territorio galo. Se trataba de Julio César.
Un nuevo árbitro
Tras finalizar su período consular, César fue nombrado procónsul con la misión de gobernar la Galia Cisalpina y el Ilírico, a la que se uniría después la Galia Transalpina. Ello le ofrecía una doble ventaja: alejarse de sus enemigos en Roma y obtener un instrumento con que lograr gloria militar y poder económico, dos bazas fundamentales para proseguir su carrera política.

La rebelión se había extendido por toda la Galia, dirigida por el caudillo arverno Vercingetórix

Pero la situación de la Galia era cualquier cosa menos tranquila. Eduos, arvernos y secuanos pugnaban por su control, y mientras los primeros contaban con el apoyo de Roma, los últimos buscaron ayuda más allá del Rin. La encontraron en los suevos, con cuya colaboración vencieron a los eduos y rompieron un aparente equilibrio. La llegada de los helvecios desde la actual Suiza, presionados por los germanos, acabó de complicar las cosas.
César se decidió a actuar. Tras vencer a los helvecios en Bibracte, derrotó a los germanos en Vesontio, lo que le convirtió en árbitro de la política gala. Dividiendo a los pueblos galos y derrotándolos individualmente, Julio César fue haciéndose con el control del país, aplastando sin piedad la resistencia de belgas, vénetos y aquitanos y aventurándose hacia nuevos espacios geográficos, como testifican las dos expediciones a Britania o el repetido cruce del Rin.
Aun así, el control de la Galia no era completo, y la arrogante política romana no hacía sino aumentar el número de potenciales enemigos. Ocurrió con los eburones, que vencieron a los legados de César. Fueron derrotados pronto, pero mostraron a las demás tribus que las legiones no eran invencibles.
Llegado un punto, la rebelión se había extendido por toda la Galia, dirigida por el caudillo arverno Vercingétorix. Este, consciente de lo alejados que los romanos estaban de sus bases y de sus dificultades de abastecimiento, practicó una táctica de tierra quemada que estuvo a punto de darle la victoria, pero a costa de destruir sus propios pueblos y cosechas.

Como era habitual, la respuesta de César fue contundente. Tras tomar Avaricum, puso sitio a Gergovia, capital de los arvernos.

 Estatua ecuestre de Vercingétorix en la ciudad francesa de Clermont-Ferrand.


Estatua ecuestre de Vercingétorix en la ciudad francesa de Clermont-Ferrand


Sin embargo, no logró tomarla, lo que animó a las tribus galas indecisas, entre las que se hallaban los eduos, a sumarse a la sublevación. Reunidos en Bibracte, los jefes galos reafirmaron a Vercingétorix, aunque, en contra de su opinión, le empujaron a presentar batalla en campo abierto. El enfrentamiento tuvo lugar cerca de Alesia, donde la caballería germana aliada de César destrozó a los galos.
Los supervivientes, entre los que se hallaba su jefe, se refugiaron en la propia ciudad, que pronto fue sitiada por los romanos con una doble muralla: una interior de 15 km, que la circunvalaba, y otra exterior de 20, que le impedía recibir refuerzos. De poco sirvieron los intentos tanto interiores como exteriores de romper el cerco. Una y otra vez, el ímpetu de los galos se estrelló contra la mejor organización romana.
Finalmente, viendo la suerte echada y queriendo evitar el exterminio de su gente, Vercingétorix, vestido con sus mejores galas, se rindió a Julio César en un triste día de otoño de 52 a. C. Y aunque ello no comportó el fin de las revueltas galas, sí significó que las posibilidades de victoria se habían agotado. 

Las reformas de Mario


Las reformas de Mario: los 7 secretos que forjaron a las invencibles legiones romanas
A partir del 107 A.C., el cónsul Cayo Mario implantó una serie de modificaciones en los ejércitos de Roma que, a la larga, sentaron la base de las legiones que dominaron Europa durante la época imperial
Diario ABC 02/04/2020



Hay nombres que es imposible no asociar al éxito de las mitificadas legiones. Cayo Julio César o Augusto son solo algunos de los que, al frente de la mejor maquinaria militar de la antigüedad, fueron elevados hasta el Olimpo de los generales de la Ciudad Eterna. Por desgracia, no ha ocurrido lo mismo con Cayo Mario (157 – 86 A.C.). Más recordado por su actividad política (fue cónsul hasta en siete ocasiones) que por sus éxitos militares, este curioso personaje fue el verdadero arquitecto de los ejércitos que, siglos después, dominarían una buena parte de Europa. Y todo, gracias a una serie de reformas instauradas a partir del 107 A.C. (en plena era republicana) tales como reformular la estructura de los contingentes o reclutar a las clases más bajas de la sociedad.

1-Popularizar el ejército

La primera de las grandes reformas de Cayo Mario consistió en popularizar el acceso al ejército. Entre los años 107 y 104 A. C., el militar reclutó nuevos soldados entre los «capite censi», la clase social más baja de Roma. Aquello supuso una revolución ya que, hasta entonces (y como explica el historiador Carlos Díaz Sánchez en su obra «Personajes ilustres de la historia»), el Estado siempre había llamado a filas a los ciudadanos con cierto nivel adquisitivo. La lógica era simple. Por un lado, consideraban que los más adinerados tenían más que perder y combatirían con más efusividad en el campo de batalla. Por otro, podían costearse un armamento mejor gracias.
Con todo, tan verdad como que Mario se valió de los «capite censi» (de forma literal, «censo por cabezas» -y no por propiedades-) también es que existe un vivo debate entre los historiadores sobre esta reforma. La primera controversia es si, antes de esta medida, Roma había recurrido a reclutar soldados entre las clases bajas. El historiador del siglo I Plutarco es partidario de que los generales jamás habían «aceptado a ese tipo de gente». Sin embargo, Tito Livio si hizo referencia en sus escritos a que, en el pasado, ya se había apostado por llamar a filas a voluntarios «no adsidui» («no contribuyentes») o esclavos. En la actualidad, la mayor parte de los expertos apuntan a lo segundo.
Por otro lado, y según señala el historiador Arthur Keauveney en «The Army in the Roman Revolution», parece ser que Mario se valió de esta revolución solo de forma esporádica para obtener más hombres en momentos de escasez (por ejemplo, la guerra contra el númida Yugurta). Más allá de que, en principio, solo se aplicase la medida de forma ocasional, la realidad es que la idea no tardó en generalizarse debido a que solventó varios de los problemas que desangraban a la antigua Roma: la falta de combatientes durante los años en los que había más guerras; el declive en la economía que se generaba cuando aquellos que contaban con tierras para cultivar se marchaban al frente y el descontento general entre las clases medias.

Cayo Mario

Cayo Mario

2-El soldado profesional

Esta primera reforma obligó a Cayo Mario a fomentar otros tantos cambios para convencer a los proletarios de que se alistaran en las legiones. Aunque la promesa de recibir un salario digno y alimentos a cambio de su trabajo ya era, para muchos, suficiente recompensa, les ofreció también mejorar su estatus en el ejército a través de un servicio de 25 años (tiempo que, a la postre, se fue reduciendo), recibir tierras y una pensión al jubilarse y, por último, obtener una infinidad de riquezas gracias a los botines que robaran en el campo de batalla.
Sin saberlo, había creado el ejército profesional; una fuerza que ansiaba dedicar su vida a batallar y cuya experiencia en el uso de las armas se acrecentaba mes a mes y combate a combate.

3-Estandarización del armamento

El problema de llamar a filas a las clases más bajas es que una buena parte de los nuevos reclutas no podían sufragarse su armamento. Como solución, Mario se valió de la «lex militaris» establecida por Cayo Graco dos décadas antes. Una serie de normas que, entre otras tantas cosas, establecían que los soldados debían ser equipados a expensas del Estado. Aunque es cierto que dichas directrices estaban ya aprobadas (y no era la primera vez que se utilizaban) también lo es que nuestro protagonista fue uno de los primeros en impulsarlas y convertirlas en generales.
El resultado no pudo ser mejor, tal y como explica Díaz Sánchez en su obra «Grandes generales de la Antigüedad»: «Así, el nuevo cónsul estandarizó el casco de bronce de Montefortino o el de tipo Coolus, la lorica hamata, el escudo ovalado y, como armamento ofensivo, dos lanzas, una espada y una daga. Mario había conseguido crear un nuevo ejército sufragado por el Estado, que se comprometía a estar con él en campaña».

4-Veteranos y auxiliares

Se suele olvidar que Cayo Mario recurrió también a otro tipo de luchadores cuando había escasez de ciudadanos que reclutar. Estos fueron los «evocati», veteranos ya retirados de otras tantas guerras que, como especifica Stephen Dando-Collins en su magna «Legiones de Roma», empezaron con este general la curiosa tradición de poner al servicio de Roma su experiencia en combate.
El historiador Carlos Díaz Sánchez, por su parte, desvela en «Grandes generales de la antigüedad» que el revolucionario militar recurrió por primera vez a ellos cuando el Senado le entregó una sola legión para enfrentarse a sus enemigos en África.
Mario también estructuró y se valió de los «auxilia», población no itálica que combatía a la manera de cada pueblo. «Estos “auxilia” se distribuían entre la infantería o la caballería romana según la especialización», añade Díaz Sánchez en su obra. Para atraerles hasta el ejército, el general les prometió que, al licenciarse, obtendrían la ciudadanía.

Mario, en las ruinas de Cartago

Mario, en las ruinas de Cartago

5-Nace el águila

Según Plinio el Viejo, Mario quiso fomentar el espíritu de unidad de las legiones romanas a través de un solo símbolo. En los ejércitos previos a la llegada del cónsul había cinco animales en los estandartes: el águila, el jabalí, el minotauro, el caballo y el lobo. Al parecer (y aunque los expertos no se ponen de acuerdo en la causa) para diferenciar a los tipos de combatientes según su capacidad adquisitiva. Nuestro protagonista implantó la mítica «Aquila» como imagen común para todos ellos, lo que favoreció los sentimientos de equipo y camaradería entre los soldados.

6-Novedosa estructura

Una de las reformas más complejas implantadas (no creada, pues ya se había utilizado previamente) por Mario fue la reformulación de la estructura clásica de las legiones. Hasta entonces, los ejércitos contaban con «manípulos»: unidades divididas en dos «centurias» de 80 combatientes cada una. La forma de combatir de estos grupos consistía en lanzarse en tromba contra el enemigo hasta obtener la victoria gracias a la superioridad numérica.
El cónsul entendió que este sistema costaba una gran cantidad de vidas a la Ciudad Eterna y que los «manípulos» eran demasiado pequeños para hacer frente al ingente número de bárbaros contra los que combatían en diferentes partes de Europa. Así pues, ideó una nueva estructura con varias ventajas.
En primer lugar, estableció que la unidad básica de los ejércitos fuera el «contubernium», formado por nueve soldados (dos de ellos auxiliares) liderado por un «decanus». Este oficial era elegido entre sus compañeros, lo que acabó con los tradicionales ascensos a dedo tan habituales durante décadas. Diez «contubernium» daban lugar a una «centuria» (dirigida por un «centurión»); seis «centurias» eran una «cohorte» y diez de estas resultaban en la mítica «legión».
Aunque a primera vista parezca engorroso, lo cierto es que la novedad fue muy efectiva. La «cohorte», la unidad más habitual a partir de entonces en los campos de batalla, tenía la capacidad de enfrentarse a enemigos que intentaran flanquearla o rodearla gracias a su elevado número de legionarios. Por si fuera poco, a partir de la llegada de Mario se fomentó el combate en tres líneas y el relevo entre ellas para evitar el agotamiento.


7-Las mulas de Mario

La última de estas curiosas reformas fue logística. El cónsul redujo las gigantescas caravanas de animales que portaban las vituallas y el equipamiento de los hombres y obligó a sus legionarios a llevar su equipo durante largas marchas. Esta sencilla modificación mejoró la forma física de los combatientes y evitó que los ejércitos perdieran sus alimentos y armas cuando el enemigo lograba hacerse con los convoyes de carga.
Así lo atestiguó el propio Plutarco en sus textos:
«En la marcha hacía de camino trabajar a la tropa, ejercitándola en toda especie de correrías y en jornadas largas, y precisando a los soldados a llevar y preparar por sí mismos lo que diariamente había de servirles: de donde dicen proviene el que desde entonces a los aficionados al trabajo, y a los que con presteza ejecutan lo que se les manda, se les llame mulos marianos, aunque otros dan a esta expresión diferente origen. Porque queriendo Escipión, cuando sitiaba a Numancia, pasar revista, no sólo de armas y caballos, sino también de acémilas y carros, para ver en qué estado tenía cada uno estas cosas, se dice que Mario presentó un caballo perfectamente cuidado y mantenido por él mismo, y además un mulo, sobresaliendo entre todos en gordura, en mansedumbre y en fuerza; por lo que no solamente se mostró contento Escipión con esta especie de cuidado de Mario, sino que hacía frecuentemente mención de ella, y de aquí nació el que los que querían por vejamen alabar a alguno de puntual, de sufrido y de trabajador, le llamaban mulo de Mario».

Entre la política y el mando militar

Poco se sabe del origen de Cayo Mario, el militar que -además de destacar en el campo de batalla como un general correcto- se convirtió en el gran reformador de las legiones romanas. Pero vayamos por partes. Ni su madre ni su padre eran personajes influyentes entre los magistrados; todo lo contrario, más bien eran unos completos desconocidos. Es decir, que tuvo que ganarse, desde que fue alumbrado en el año 157 a. C., su hueco en la élite de la Ciudad Eterna. Cejado en ser alguien, superó el no contar con un esclavo griego que le educara desde su infancia (sus progenitores no podían pagarlo) y se esforzó por despuntar entre sus coetáneos.
Lo logró y el preceptor de su familia, Cecilio Metelo, le premió introduciéndole en el mundo militar, donde sus hazañas podrían proporcionarle votos, dinero y fama. No hay que negar que tuvo suerte, pues fue enviado a Hispania a las órdenes del gran Escipión Emiliano, el general que logró romper el candado de la ciudad de Numancia. En la Península, y con apenas 23 primaveras a sus espaldas, Mario bebió de la sabiduría militar del hombre que había destruido Cartago y fue testigo de los enfrentamientos entre dos de los contingentes más temibles de la época. A su vez, aprendió que la disciplina y el entrenamiento eran vitales para que las tropas estuvieran en una forma metal y física óptima.
Tras conseguir una épica victoria militar en el río Mutul, y ya popular entre la población, Mario dio el salto a la política y logró convertirse en cónsul en el 106 a. C. Con todo, las envidias de su antiguo (e influyente) valedor, Metelo, provocaron que el Senado solo le ofreciera la provincia de África y apenas una legión para defenderla. Necesitado de hombres capaces de combatir al general local Yugurta, nuestro todavía joven oficial revolucionó el sistema de reclutamiento en su favor e introdujo varias modificaciones que, a la larga, sentarían las bases de las míticas legiones romanas que lideraron personajes como el gran Julio César.


miércoles, 10 de febrero de 2016

La herencia etrusca en Roma


 

Los etruscos aparecen en la península itálica en el siglo VIII a. de C. pero acerca de su origen todo son conjeturas. Junto con los griegos son el pueblo más desarrollado culturalmente. Emigrados etruscos nobles se asentaron en Roma e impulsaron una etrusquización o asimilación de sus costumbres entre los romanos.

Las aportaciones etruscas se pueden encontrar en todos los ámbitos de la vida.

Urbanismo

Introducción del trazado ortogonal: las calles de la ciudad se organizan en paralelo a un doble eje primario, en cuadrícula.

Ritos de fundación

Arquitectura y obras públicas: construcción y pavimentación del Foro, canalización de aguas, edificación del Circo Máximo, protección con murallas.

La vivienda romana distribuye sus habitaciones en torno a una pieza central, el atrium.

Los templos etruscos serán el modelo de los templos romanos.

Religión

Culto a la tríada divina formada por Júpiter, Juno y Minerva

Técnicas adivinatorias

Los encargados de interpretar las señales eran los arúspices, sacerdotes-adivinos que analizan las vísceras de los animales sacrificados

El alfabeto romano es una adaptación del etrusco que, a su vez, lo había adoptado del griego.

Onomástica: los tria nomina romanos proceden de la costumbre etrusca de distinguir a los varones de las familias aristocráticas de esta manera.

Los juegos escénicos: músicos y bailarines etruscos gozaron de gran fama entre los romanos, especialmente los histriones.

Los combates de gladiadores: en Roma pierden el carácter religioso y ritual que tenían entre los etruscos, que ofrecían combates en las ceremonias fúnebres de las grandes familias.

Las insignias del poder: la corona de oro, el trono de marfil, el cetro con águila, la toga picta, los lictores que portaban las fasces.

El triunfo: desfile por toda la ciudad de un general victorioso.

Indumentaria: la toga y las botas con correas (borceguíes).

 

martes, 9 de febrero de 2016

República Romana II

Guerras latinas y samnitas

La expansión de Roma por la península

Humillados. Los romanos son obligados a pasar bajo el yugo de las lanzas enemigas, en una de sus derrotas frente a los pueblos samnitas, al Sur de Roma.

Guerras latinas

Desde el comienzo de la República, Roma ejercía un poder predominante sobre el resto de las ciudades latinas, y les había impuesto un pacto de privilegio para ella, llamado Foedus Cassianum, que comenzaba con estas solemnes palabras: haya paz entre los romanos y todas las ciudades latinas mientras la posición del cielo y la tierra siga siendo la misma...
Pero aunque el cielo y la tierra no cambiaron su posición, las ciudades del Lacio intentaron librarse de la superioridad de Roma, y de los abusivos pactos que les imponía. Aliándose, cuando la ocasión era propicia, con enemigos exteriores como los belicosos volscos y ecuos, durante 150 años los latinos mantuvieron continuos enfrentamientos con Roma, conocidos como guerras latinas.
Finalmente, en el año 338 a.C. en la decisiva batalla naval de Antium, Roma derrotó a los volscos, llevándose un precioso tesoro, las proas de los barcos enemigos, o rostra, que durante siglos adornaron la tribuna de oradores del Foro Romano. Esta importante victoria señala el final de las guerras latinas.

Guerras samnitas

Tras conseguir dominar toda la región del Lacio y someter a volscos y ecuos, Roma tuvo que afrontar durante 50 años tres nuevas guerras con otros pueblos itálicos, conocidas como las guerras samnitas. Los samnitas, pueblo de rudos y guerreros montañeses instalados al Sur de Roma, suponían una constante amenaza para los habitantes del valle. Estos, cansados de las continuas incursiones samnitas, pidieron ayuda a Roma, que aprovechó la coyuntura para expandir su dominio.
Durante la segunda guerra samnita se produjo el famoso episodio de las Horcas Caudinas, uno de los sucesos más humillantes en la historia de Roma. Atrapado en un desfiladero junto a la ciudad de Caudium, todo el ejército, desarmado, fue obligado a pasar bajo el yugo de las lanzas samnitas, una costumbre que los romanos adoptaron desde entonces en sus victorias sobre otros pueblos.
A pesar de esta victoria parcial en las Horcas Caudinas, los samnitas fueron derrotados, y se rindieron definitivamente en el año 290 a.C., dejando a Roma el camino libre para expandirse hacia el Sur de la Península.

Por qué Roma vencedora

En todos los enfrentamientos bélicos, Roma demostraba una sorprendente determinación, que dejaba perplejos a sus adversarios y los sumía en el desánimo.
Si los romanos resultaban siempre victoriosos es porque ningún otro pueblo deseó la victoria tanto como ellos. Sin importar las batallas perdidas, los costes materiales o en vidas humanas, Roma volvía siempre a la pelea con la experiencia de los errores cometidos. Y jamás daba por terminada una guerra hasta asegurarse de que a sus enemigos no les quedaban ni los ojos para llorar su derrota.

La Primera Guerra Púnica

La lucha por Sicilia

La Primera Guerra Púnica tiene un fuerte componente de guerra naval, donde los cartagineses llevaron inicialmente la ventaja, por su mayor experiencia.

Origen del conflicto

Cuando, el año 272 a.C., la colonia griega de Tarento, en el Sur de Italia, cayó en manos de los romanos, Roma dominaba ya toda la península y se había convertido en uno de los estados más poderosos de su entorno. Era sólo cuestión de tiempo que su camino se cruzara con el de la otra gran potencia del Mediterráneo occidental: Cartago.
La ciudad de Cartago, en la costa norte de la actual Túnez, había sido fundada el siglo IX a.C. por marineros fenicios, que construyeron este enorme puerto en el centro de las rutas comerciales que surcaban el Mediterráneo. Además de su estratégica posición para el comercio, Cartago estaba rodeada de tierras fértiles, y muy pronto, los cartagineses (que también recibían el nombre de púnicos), extendieron su dominio hasta Sicilia. Allí tomaron contacto con los romanos, que se encontraban en plena expansión, y las dos potencias comenzaron a vigilarse con recelo.
Sicilia, rica en cereales, estaba poblada por prósperas colonias griegas, muchas de las cuales estaban dominadas por los cartagineses. Sin embargo, una de ellas, Mesina, situada en el estrecho entre Italia y la isla, decidió llamar en su auxilio a los romanos para que expulsaran a la guarnición cartaginesa que controlaba la ciudad. Cuando los mensajeros de Mesina llegaron al Senado se produjo una larga deliberación. Todos eran conscientes de que enviar ayuda militar a la ciudad desencadenaría un terrible enfrentamiento con Cartago, cuyas últimas consecuencias eran imprevisibles.
Al final, los romanos decidieron enviar a sus soldados. Era el año 264 a.C. y daba comienzo así la primera de las Guerras Púnicas, tres terribles enfrentamientos entre romanos y cartagineses que decidirían el destino de Occidente.

Primera Guerra Púnica

Roma –que poseía sólo una pequeña flota- apenas tenía experiencia en batallas navales. Así que, al principio, los cartagineses destruían con facilidad las naves que enviaban los romanos, mal dirigidas por sus inexpertos almirantes.
Pero cada derrota enseñaba a los romanos algo nuevo. Al final, se percataron de que su infantería era superior a la cartaginesa, y decidieron aprovechar esa ventaja. Para ello, diseñaron unas pasarelas de madera terminadas en garfios, con las que los legionarios podían cruzar hasta las naves enemigas. Los cartagineses sabían manejar mejor sus trirremes, pero sus marineros no estaban preparados para combatir cuerpo a cuerpo, y terminaron siendo derrotados.
Después de veinte largos años de guerra, en el año 241 a.C., los romanos se convirtieron en los únicos dueños de Sicilia, que pasó a ser la primera provincia romana.

Compromisos de Cartago

La derrotada Cartago se comprometió a no atacar jamás a un aliado de Roma, y tuvo que hacer frente a unas indemnizaciones millonarias. La cuantía de las compensaciones era tan elevada, que los cartagineses no podían pagarlas con los beneficios de sus dominios en África, y decidieron expandirse por las ricas tierras de la Península Ibérica. Pero, tras su victoria sobre Cartago, Roma se había convertido en una potencia temible, y también había puesto sus ojos en las tierras de Hispania.
Así que para evitar un nuevo enfrentamiento, decidió repartirse la Península con Cartago. La frontera se situaría en el Ebro. Los territorios al norte de este río serían para Roma, los del sur, para Cartago.

La Segunda Guerra Púnica. Aníbal

Roma se asoma al abismo

Aníbal atravesando los Alpes
Aníbal atravesando los Alpes con su ejército
Tras la derrota en la Primera Guerra Púnica, Cartago se vio obligada a pagar a Roma indemnizaciones de guerra millonarias. Para hacer frente a los pagos, llevó a cabo una nueva expansión ultramarina por las ricas tierras de la Península Ibérica, repletas de fértiles valles y ciudades populosas.
Los ejércitos cartagineses, al mando de Amílcar Barca, ocuparon el sur de Hispania, pero Amílcar fue asesinado por un indígena, y el control de las tropas pasó a manos de su hijo Aníbal, que apenas contaba 22 años.
Roma había pactado con los cartagineses una frontera en el río Ebro. Pero al sur del Ebro, en zona cartaginesa, se encontraba la ciudad de Sagunto, que había suscrito una alianza con Roma para defenderse de los púnicos. En su afán por conquistar toda la zona asignada, Aníbal puso cerco a Sagunto, y la ciudad pidió ayuda a sus aliados romanos. Corría el año 218 cuando Roma declaró la guerra a Cartago. Comenzaba la Segunda Guerra Púnica, que iba a decidir la Historia de Occidente.

El comienzo de la guerra

Los romanos pensaron que el enfrentamiento tendría lugar en la Península Ibérica. Pero Aníbal, que aunaba una extraordinaria capacidad táctica con una visión estratégica de largo alcance, diseñó un plan más ambicioso para el sometimiento de Roma.
Mientras el Senado romano enviaba todos sus efectivos a Hispania, Aníbal dejó a su hermano Asdrúbal al frente de las tropas de la Península, y lanzó a su ejército a una increíble travesía cruzando los Pirineos y los Alpes, para atacar Roma por el Norte.
Nadie podía esperar que un ejército entero se atreviera a cruzar los terribles pasos de alta montaña en invierno, por sendas nunca antes transitadas. La hazaña le costó a Aníbal la pérdida de un ojo y la muerte de la mayoría de los elefantes, pero las desprevenidas legiones romanas fueron derrotadas por tres veces en el norte de Italia, en las batallas de Tesino, Trebia y Trasimeno. Y así, en la primavera del año siguiente, ningún ejército se interponía ya entre Aníbal y Roma.

Aníbal a las puertas de Roma

La llegada del cartaginés sembró el pánico en la capital. En las calles, la muchedumbre aterrorizada no dejaba de gritar: Anibal ante portas!, ¡Aníbal a las puertas de Roma!. Las murallas de la ciudad habían olvidado ya la última vez que tuvieron que hacer frente a una amenaza semejante, y no resistirían un asedio. Las únicas legiones disponibles se hallaban en Hispania; los generales que podrían encabezar una resistencia desesperada, a semanas de distancia. Roma estaba perdida. A Aníbal le bastaba alargar la mano para tomar la ciudad y reducirla a cenizas.
Pero, misteriosamente, Aníbal no descargó el golpe. El cartaginés comprendía que la verdadera fuerza de Roma no se escondía tras sus muros. Si se detenía ante la capital, si comprometía a su ejército en un asedio que podría durar semanas, corría el riesgo de ser sorprendido en cualquier momento por los pueblos itálicos del Sur o por las legiones que volvieran de Hispania desde el Norte.
Para derrotar definitivamente a Roma Aníbal necesitaba dos cosas: obtener refuerzos de Cartago y privar a Roma de sus aliados itálicos. Por eso, pasando de largo ante la ciudad, se dirigió hacia el Sur.

La batalla de Cannas

Aprovechando el respiro, Roma, cuyos recursos parecían inagotables, reunió un nuevo ejército de ochenta mil hombres, el mayor que nunca hubiera comandado un general romano, y el verano del año 216 a.C. se enfrentó con Aníbal en la llanura de Cannas. La desigualdad de efectivos era de tres a uno a favor de los romanos. Pero, a pesar de ello, Aníbal consiguió envolver al ejército enemigo y aniquilarlo completamente.
La batalla de Cannas se recuerda como uno de los mayores prodigios de estrategia militar de todos los tiempos.

Buscando aliados

Libre de toda oposición, Aníbal intensificó su actividad diplomática, tratando de convencer a los aliados de Roma de que abrazaran la causa cartaginesa. Tuvo éxito con algunos pueblos, si bien la mayoría prefirió permanecer leal a Roma o expectante. Reclamó nuevos refuerzos de Cartago, pero la ciudad no se atrevía a desviar todos sus efectivos y quedar tan desprotegida como Roma.

Segunda Guerra Púnica. Escipión

El salvador de Roma

Escipión el Africano

Escipión en Hispania

Mientras Aníbal deambulaba por Italia, la estrategia romana, que había desplazado sus mejores tropas a Hispania, comenzaba a dar frutos. Allí, en una decisión sin precedentes en su historia, Roma había entregado el mando de sus legiones al jovencísimo Publio Cornelio Escipión, hijo y sobrino de dos brillantes generales y perteneciente a una de las principales familias patricias.
Aunque había combatido ya junto a su padre en las batallas de Tesino y Cannas, Escipión contaba apenas 24 años, y era sólo un ciudadano particular, que no había desempeñado aún ninguna de las magistraturas que daban acceso al mando militar.
Su estirpe y su determinación insuflaron nuevos ánimos a unas tropas desesperadas, que bajo su mando consiguieron derrotar al ejército cartaginés comandado por los hermanos de Aníbal, Asdrúbal y Magón, hasta expulsarlos completamente de Hispania. En el año 205, sus legiones victoriosas estaban en condiciones de regresar a Italia.

La situación en Italia

Allí, los últimos restos de las tropas romanas habían aprendido la lección y evitaban cualquier enfrentamiento directo con Aníbal. Preferían hostigar a sus hombres desde la distancia, y sus ataques eran una sangría insoportable para el ejército cartaginés.
Sin haber sufrido jamás una derrota, después de haber tenido a la indefensa Roma a su merced, Aníbal, atrapado en Italia, sin aliados, sin provisiones y con apenas un tercio de su ejército, se vio obligado a regresar por mar a Cartago, tras haber estado deambulando por Italia durante 16 años.

Cambio de escenario y desenlace

Por fin, Roma se atrevió a llevar la guerra a suelo cartaginés. Escipión convenció al Senado de la necesidad de desembarcar cuanto antes en la costa norteafricana, en persecución de Aníbal, cada vez más acorralado. Ambos compartían además viejas deudas de sangre. Escipión había derrotado al hermano de Aníbal en Hispania, Asdrúbal, pero éste se había cobrado antes la vida del padre y el tío de Escipión.
Los dos grandes generales se enfrentaron por primera y última vez en la decisiva batalla de Zama, en el año 202 a.C. Roma y Cartago se hallaban al límite de sus fuerzas y el resultado sería decisivo. Aníbal recurrió a su genio táctico, Escipión a su astucia.
Para neutralizar a los elefantes, la más temible de las armas cartaginesas, el romano hizo sonar todas las trompetas de su ejército. Las bestias, aterrorizadas, huyeron en desbandada aplastando a la propia caballería cartaginesa. Aunque la infantería de Aníbal presentó batalla hasta el final, el gran general no pudo evitar su completa derrota.
Tras su victoria, Escipión obtuvo el sobrenombre de “el africano”, mientras Aníbal, abandonado por sus propios compatriotas, se vio obligado a refugiarse en la corte del rey de Bitinia, donde se quitó la vida con un veneno.
Tal vez fuera cierta la sentencia de su jefe de caballería, que, exasperado porque Aníbal no se decidía a conquistar Roma cuando la tenía en su mano, le dijo: Cierto es que los dioses no conceden todos sus dones a la misma persona. Tú sabes vencer, Aníbal, pero no sabes aprovechar la victoria.

Situación de Roma tras la guerra

La derrota de Cartago convirtió a Roma en la dueña absoluta del Mediterráneo occidental, y dio paso a la época de las grandes conquistas. Pronto comenzó también la colonización de los territorios ya dominados: la Península Ibérica, el sur de la Galia y el Norte de África.


Final de las Guerras Púnicas

Cartago destruida

Catón el Viejo

Comparación de culturas

El concepto de colonización romana era muy diferente del de los cartagineses. Los púnicos se limitaban a explotar los recursos de los territorios conquistados. Roma lo hacía también pero, además, asentaba allí a sus veteranos de guerra, construía calzadas, puentes y acueductos, dotaba de leyes a esas comunidades, y les ofrecía todas las ventajas de su civilización.
La segunda Guerra Púnica decidió la historia de Occidente, construido sobre el Imperio Romano. Y nunca se podrá saber qué hubiera ocurrido si Escipión el africano no hubiera ganado en Zama, o si Aníbal hubiera destruido Roma, como todos esperaban que hiciera.

Cartago debe ser destruida

La victoria de Roma había reducido definitivamente a Cartago a una potencia menor, recluida en el norte de África. Sin embargo, los años pasaban y los romanos todavía recordaban con pánico los terribles momentos de la amenaza de Aníbal, lo cerca que habían estado de la catástrofe.
El viejo Catón, un senador célebre por su severidad y por su retórica, no perdía ocasión para recordar que debían aniquilar al enemigo. Sin importar el asunto del que estuviera hablando en la asamblea del Senado, sus discursos terminaban siempre con la misma coletilla: Delenda est Cartago!, ¡Cartago debe ser destruida!
Si no, alegaba, Roma jamás tendría descanso, y viviría siempre atemorizada por la amenaza púnica.

La Tercera Guerra Púnica

Al final, Escipión Emiliano, descendiente del gran general que había salvado a Roma en los tiempos de Aníbal, condujo la última Guerra Púnica, en el año 147 a.C., 55 años después de la derrota de Aníbal.
Fue necesario inventar una excusa para declarar la guerra, y los cartagineses, desesperados, no presentaron demasiada resistencia. Pero eso no les libró de uno de los más terribles castigos que haya sufrido jamás una ciudad. Los romanos saquearon, quemaron y arrasaron Cartago hasta los cimientos.
Y cuando la ciudad había desaparecido, convertida en un montón de ruinas humeantes, los romanos pasaron el arado, sembraron con sal, y maldijeron esa tierra para siempre, de modo que nadie volvió a habitar jamás la ciudad que un día había sido la más poderosa del Mediterráneo.
Roma había exorcizado al más terrible de sus demonios y era dueña absoluta de toda la cuenca occidental del Mediterráneo.

El encuentro con Grecia

El conquistador conquistado

Después de las Guerras Púnicas, aún quedaban grandes reyes que se atrevieron a hacer frente al poderío de Roma, en Grecia, en Turquía y en Siria, pero fueron barridos por la incontenible marea de sus legiones.
Mucho han debatido los historiadores sobre este sorprendente afán de dominio, que llevó a los romanos a someter una tras otra todas las naciones del Mediterráneo. Los propios romanos lo atribuían al deseo de los dioses.
Lo cierto es que sus ciudadanos se habían acostumbrado a las conquistas y a sus beneficios: además del oro, la plata y las piedras preciosas, con cada victoria Roma recibía incontables tributos en especie, cientos de esclavos, obras de arte y animales exóticos. Estas riquezas permitían la distribución gratuita de alimento a la ciudadanía, grandiosas obras públicas e increíbles espectáculos. El pueblo vivía de forma espléndida, los senadores se enriquecían por encima de toda medida, y los generales orgullosos recorrían triunfantes la ciudad.

El conquistador conquistado

Sin embargo, en otro terreno, los propios conquistadores fueron los conquistados. La sociedad romana, concebida para la lucha y el sacrificio, estaba acostumbrada a combatir a los rudos itálicos y fieros hispanos, pero no estaba preparada para enfrentarse culturalmente a Grecia y Oriente.
Cuando entraron victoriosos en Atenas, los romanos quedaron fascinados por la belleza de su arte, el refinamiento de su filosofía, y la dulce musicalidad de un idioma concebido para el razonamiento. Los nobles romanos comenzaron a copiar las esculturas griegas, enviar a sus hijos a aprender su idioma, asistir a sus representaciones teatrales, y deleitarse con la música y la poesía llegadas de Oriente.
Los más conservadores, escandalizados, aseguraban que eso sería el fin del espíritu romano, y que las delicadas costumbres griegas conducirían a la ciudad, después de tanto esfuerzo, a la molicie y la decadencia. No podían estar más equivocados. Tras asimilar la cultura griega, Roma, que ya dominaba el Mediterráneo por la fuerza de las armas, comenzó a hacerlo también por la potencia de su civilización, que extendió, como un inesperado regalo, por todos los rincones del mundo conocido, sembrando con ello las semillas de la cultura occidental.

domingo, 24 de mayo de 2015

Infancia y educación


El padre podía reconocer al hijo como legítimo, y lo levantaba en brazos, o repudiarlo (el abandono era bastante frecuente), en cuyo caso le esperaba la muerte, la adopción o la esclavitud. En los primeros años era alumnus(del verbo alo, alimentar, nutrir, de donde es aquel al que se nutre, se hace crecer alimentándolo).  A los nueve días de nacer, en el dies lustricus o de purificación, se le imponían los tria nomina y se le colgaba alrededor del cuello la bulla, cajita o medalla redonda en la que se llevaban amuletos de metal o plantas con efectos apotropaicos,  para protegerle de los malos espíritus; a los siete años vestía la toga praetexta  (adornada con una franja púrpura): toga praetexta y bulla se abandonaban al llegar a la mayoría de edad y eran propias solo de muchachos nacidos libres. Los juegos de infancia más corrientes eran los carros de madera, las canicas, las peonzas (turbo), los aros (orbis), las muñecas (pupae), el cara o cruz (capita aut navis), el juego de las nueces (dejar de jugarlo era símbolo de haber dejado atrás la infancia), la pelota (pila), la emulación de los oficios o actitudes de los adultos…
 
Bulla de oro. Museo Arqueológico de Nápoles

El objetivo de la educación era transmitir el ideal de virtus, un concepto complejo en el que se hallaban involucradas varias acepciones: el compromiso con la comunidad y sus valores (a través de los ejemplos de heroísmo cívico, históricos o legendarios); el respeto a las tradiciones de los antepasados (mores maiorum), cuyas efigies estaban expuestas en el atrio de la casa; una dimensión religiosa, la preeminencia de los mandatos divinos sobre la propia vida o la de la patria.  La virtus tiene connotaciones de humanidad, honor, excelencia moral, valor, responsabilidad cívica, respeto en la esfera privada, social y divina; no en vano procede etimológicamente de vir, hombre.

De pequeños podían tener un maestro en casa (magister), que generalmente era un esclavo o liberto griego o bien ir a una escuela llevados por un esclavo (pædagogus) que después también les repasaba las lecciones en casa.
En la primera etapa educativa, el niño aprendía con un maestro (magister ludi, litterator y calculator) a leer, escribir y hacer cuentas. En las cuentas se empleaban piedrecillas (calculi) y también un ábaco. La disciplina era severa, pero los niños jugaban con letras de madera o marfil y con ellas aprendían a leer y a escribir. Por eso a esta escuela le llaman «juego» (ludus) y el maestro era magister ludi. La escuela se situaba en un pequeño cuarto (taberna, pergula), en una cabaña o en el jardín (según el tiempo y las posibilidades). El maestro tenía una silla (cathedra) o un taburete (sella). Los niños se sentaban en escaños (subsellia).
Los instrumentos de trabajo eran unas tablas enceradas (tabulæ, ceræ) en las que rascaban con punzones (stylus) que por un lado eran puntiagudos y por otro acababan en una espátula con la que se alisaba la cera y así quedaba lista para volver a escribir en ella. Las tablillas normalmente se ataban formando una especie de libreta (ocodex). La escritura de todo tipo de documentos se realizaba generalmente con tinta sobre papiro mediante una caña acabada en punta (calamus).

Estiletes o estilos romanos 

 Fresco pompeyano. Joven con stylus y tablillas enceradas.

La segunda etapa podía ser privada o pública. El profesor era el grammaticus que enseñaba a entender y comentar los textos literarios. Comentando los textos clásicos, los niños aprendían de todo: geografía, historia, física, astronomía, etc. Con el tiempo, la grammatica empezaría a ser también estudio sobre la lengua que hablaban. El grammaticus garantizaba una enseñanza bilingüe (Griego y Latín) y era una especie de guardián del lenguaje. Sin tareas para casa, los alumnos presentaban sus ejercicios y eran corregidos o felicitados in situ; Horacio habla de su grammaticus, Orbilius, adjetivándolo como plagosus, es decir, inclinado a la tunda, al que no le temblaba la mano a la hora de flagelar con el látigo al estudiante díscolo. A los 16 años finalizaba su cometido: los pudientes o prometedores se inscribían en las enseñanzas del rhetor.
La tercera  etapa preparaba en la elocuencia al futuro político o abogado  romano. El profesor era el rhetor (maestro de oratoria). Quintiliano, por ejemplo, escribió muchas notas pedagógicas de cómo formar al orador. Pero no solo se centraba en la forma más eficaz de hablar en público para persuadir al receptor; también se estudiaban  diversas materias como literatura, geometría, música o mitología, lo cual les  permitía  hacer acopio de recursos para afrontar futuros debates. Entre los ejercicios frecuentes estaba la realización de juicios  ficticios en los que unos alumnos acusaban y otros defendían (controversiae) o la exposición de las razones que habían impulsado a un personaje histórico o legendario a tomar una decisión (suasoriae).
Materiales de escritura
Papiro: soporte de escritura elaborado a partir de una planta acuática, muy común en el río Nilo, en Egipto, y en algunos lugares de la cuenca mediterránea. Para su utilización la planta de papiro se mantenía en remojo entre una y dos semanas; después se cortaba en finas tiras y se prensaban con un rodillo, para eliminar parte de la savia y otras sustancias líquidas; luego se disponían las láminas horizontal y verticalmente, y se volvía a prensar, para que la savia actuase como adhesivo; se terminaba frotando suavemente con una concha o una pieza de marfil.

La unidad de medida del papiro era la plagula (hoja). Se solían fabricar rollos de papiro de unas veinte plagulas que se pegaban entre sí, con un tamaño medio total de cinco metros.  El volumen se guardaba en un estuche de pergamino teñido a veces de rojo con el jugo del arándano (vaccinium). Un trozo de pergamino (titulus, index) se unía al rollo y llevaba escrito el título de la obra. El lector sujetaba el volumen con su mano derecha, y lo iba desenvolviendo con la izquierda; esta misma le servía para enrollar la parte del libro ya leído.

Para manejar mejor los rollos y facilitar su almacenamiento y preservación se les pegaba al final de la última hoja un cilindro de madera, hueso o marfil (gr. omphalos, lat. umbilicus) y alrededor de él se envolvía la tira. Se unían no más de 20 hojas para formar un rollo. La primera se llamaba en griego “Protókollos”. Generalmente se escribían de un solo lado.Se estima que en la Biblioteca de Alejandría  había entre 400.000 a 700.000 rollos (debe considerarse que un solo canto de la Ilíada o la Odisea ocuparía un rollo de papiro).

Los rollos de papiro se utilizaron de manera habitual hasta comienzos del siglo II, cuando el códice de papiro empezó a reemplazarlos. Más tarde, en el siglo IV, la popularidad del papiro empezó a disminuir y fue reemplazado por un material de escribir mucho más duradero: la vitela. Los griegos solían importar papiros de Biblos, una ciudad fenicia que dio nombre al libro griego.

El papiro era ligero de peso y se transportaba con facilidad pero tenía una desventaja importante como material de escritura: no era muy duradero. Se deterioraba en un ambiente húmedo y se volvía muy quebradizo cuando se almacenaba en un ambiente demasiado seco. Además, era difícil localizar un pasaje concreto y debía sujetarse con las dos manos para su lectura.
Pergamino es un material hecho a partir de la piel de res o de otros animales, especialmente tratado para poder escribir sobre él. Podía escribirse en ambas caras de la hoja y permitía las correcciones del escriba (lo que dio origen al palimpsesto, manuscrito que conserva restos de una escritura anterior, borrada expresamente para un nuevo uso). El pergamino destinado a la confección de libros y documentos se fabricaba con pieles de animales jóvenes (cordero, ternero o cabrito) porque los individuos adultos proporcionaban una membrana recia y basta que dificultaba el cosido de las piezas. De las tres partes que componen una piel, el pergamino se fabrica solo con la dermis, debiendo eliminar la epidermis y la hipodermis durante el proceso de manufactura. Para facilitar su separación, las pieles se sumergen en una solución de cal que permitirá efectuar el pelado y el descarnado. A continuación, se tensan en un caballete para su estiramiento y acabado, mientras con la ayuda de piedra pómez se frota la superficie resultante a fin de eliminar las últimas impurezas y pulir la superficie de escritura. El pergamino de mayor calidad era la vitela, fabricada con pieles de animales nonatos o recién nacidos que se reservaba para los códices más lujosos. El códice es semejante al libro actual: hojas cosidas, plegadas y protegidas por tapas duras.


Su nombre deriva de uno de sus principales centros de producción: el reino de Pérgamo, en la actual Turquía (que sobresalió como un gran centro artístico y literario; su biblioteca en tiempos del rey Átalo llegó a ser la más importante del mundo conocido después de la de Alejandría y el siguiente rey, Eumenes II Sóter,  fue el que mandó construir el gran altar de Zeus, obra máxima del arte helénico).

 

 
Tablilla de cera, formato del que evolucionó el códice.

 
 


Comida


 
Solemos imaginar a los romanos embarcados en comidas eternas y pantagruélicas, entregados a una gula sin freno, pero esa estampa corresponde tal vez a las escenas de algunas películas; más bien los alimentos que mencionan los autores romanos se encuentran en la línea de la dieta saludable, por necesidad, por economía y por productos que se cultivan en el Mediterráneo: pan, aceitunas, verduras, frutas, aceite, vino, frutos secos, gachas…y un poco de carne de vez en cuando. Los alimentos se almacenaban en grandes tinajas (dolia) y en ánforas.

Además de hierbas aromáticas, en la cocina romana- al menos en las clases acomodadas-no faltaba el garum, salsa que se utilizaba como condimento habitual, elaborada a base de pescado (boquerón, jurel, sardina, caballa) macerado con sal: se salaban las entrañas y se dejaban fermentar y secar al sol hasta formar una pasta homogénea y una más líquida que se exportaba en ánforas a todo el Mediterráneo. La salazón era el medio de conservación más importante; también el ahumado. El garum más apreciado de todo el Imperio  se fabricaba en factorías de  Hispania como las de Baelo Claudia, en Cádiz.

Hacían tres comidas al día: ientaculum, por la mañana; prandium, almuerzo frugal a mediodía; caena, por la tarde. Esta última, entre las clases altas, era un banquete al que seguía un ceremonial y constaba de tres platos: gustatio, entrantes habitualmente acompañados por mulsum, vino endulzado con miel; prima mensa, plato principal; secunda mensa, frutas y dulces. Luego se iniciaba la commissatio, larga sobremesa en la que se bebía vino en abundancia; se designaba un arbiter bibendi o rey del banquete, que decidía sobre la cantidad y el tipo de vino o el entretenimiento (música, poesía, conversación filosófica…). Los comensales comían estirados en el triclinium, estancia destinada a comedor en una domus romana en la que se encontraban los tres lechos o divanes utilizados en los banquetes (convivia). También hace referencia triclinium  a tres lechos dispuestos alrededor de una mesa baja, normalmente cuadrada, en tres de sus lados, en forma de U, dejando el cuarto despejado para que se acercaran los sirvientes  a  los comensales; estos, recostados sobre su lado izquierdo, disfrutaban de la comida, cogiendo los alimentos con los dedos y asistidos por esclavos. Célebres fueron las excentricidades culinarias en los festines de Nerón o Heliogábalo, emperador del exceso por antonomasia en este terreno, acostumbrado a mezclar oro, perlas o piedras preciosas entre las viandas.
 
 
 
En contraste con la opulencia de los ricos la gran mayoría de la población tenía costumbres más frugales, subsistía con los repartos gratuitos de cereales (annona) o practicaba la mendicidad.
En la actualidad, conservan su vigencia los diez libros sobre gastronomía de Apicio, De re coquinaria, conocedor y experimentador de la cocina romana, la tradicional y la más refinada o exótica  (lenguas de ruiseñor, pavos rellenos con tordos vivos, morros de nutria, pezones de cerda). En la novela picaresca de la que hemos hablado, El Satyricon, de Petronio,  sale un personaje, Trimalción, un nuevo rico que se jacta de su fortuna –tiene varios triclinia- y se complace en ofrecer banquetes suntuosos a sus invitados encadenando  platos  lujosos y sorprendentes.