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sábado, 28 de octubre de 2017

Heródoto

 
Homero, el autor de la Ilíada y la Odisea, comienza sus poemas invocando a la "Musa divina" como inspiradora de su obra; Heródoto, en cambio, pone su nombre propio en la primera línea de su relato, escrito no en verso, sino en prosa. Esa firma personal sirve como garantía de la veracidad de su testimonio y de su narración, como harán otros dos cronistas, Tucídides y Jenofonte.
En ese inicio encontramos también la palabra que denominará para siempre a este nuevo género de escritura: historia. El relato que presenta Heródoto es el resultado de su investigación personal (apodexis historíes). Enseguida nos advierte de que no pretende contar mitos de los dioses y héroes antiguos, sino "los hechos de los hombres". Pero hay algo en su gran proyecto narrativo en lo que coincide con los poetas épicos: escribe para salvar del olvido el recuerdo de gestas admirables. Conviene fijarse bien en las líneas iniciales de ese relato histórico pionero, tan extenso y de largo aliento, que esboza su programa de clara novedad: "Ésta es la exposición de la investigación de Heródoto de Halicarnaso, a fin de evitar que, con el tiempo, caigan en el olvido los hechos de los hombres y que las gestas importantes y admirables realizadas tanto por griegos como por bárbaros, y de manera particular el motivo por el que lucharon unos contra otros, queden sin gloria".
Heródoto quería explicar las causas de la gran confrontación que conocemos con el nombre de guerras médicas
En este prólogo, escrito sin duda al concluir su extensa obra, subraya un doble objetivo: referir las grandes gestas tanto de griegos como de no griegos –bárbaros– y, en segundo lugar, explicar las causas de la tremenda guerra entre unos y otros, la gran confrontación que conocemos con el nombre de guerras médicas (492-478 a.C.). En el texto de Heródoto, la palabra bárbaros no tiene ningún matiz despectivo, como sí tendrá posteriormente en Tucídides y otros autores clásicos. Heródoto admira el mundo abigarrado de "los bárbaros", sus hazañas y los grandiosos monumentos que erigieron.

Un hombre cosmopolita



Heródoto vivió aproximadamente entre los años 485 y 425 a.C. Es, por tanto, coetáneo del sofista Protágoras y del poeta trágico Sófocles. Consiguió gran renombre durante su visita a Atenas  hacia 441 a.C. Allí fue invitado a leer con gran éxito algunos capítulos de su obra y recibió un premio importante por ello, un pago a sus elogios de la heroica lucha de los griegos, sobre todo de los atenienses, en defensa de la libertad.
Nacido en la ciudad jonia de Halicarnaso, de donde fue desterrado, pasó largo tiempo en la isla de Samos y luego se dedicó a viajar. Fue en Jonia donde surgieron los primeros filósofos, en ciudades como Mileto o Éfeso, urbes comerciales y abiertas al mar, siempre bajo la amenaza del vecino Imperio persa. Allí forjó Heródoto su carácter y su ánimo intrépido de amante de los viajes, curioso y tolerante, y tomó nota de las noticias frescas de lo que veía y lo que le contaban, como un buen reportero avant la lettre; no en vano, Ryszard Kapuscinski, uno de los mejores periodistas del siglo XX, lo vio como un guía ejemplar para viajeros a tierras lejanas en su libro Viajes con Heródoto.

La actual división de su larga obra Historia en nueve libros procede, seguramente, de los filólogos alejandrinos. Heródoto habla de lógoi, algo así como "tratados", cada uno con temática propia, reunidos en ese conjunto final. En el libro primero de su Historia, Heródoto trata del reino de Lidia, del fastuoso rey Creso y sus enormes riquezas, y de la conquista de este territorio por el rey persa Ciro. En el segundo libro nos habla de Egipto y sus maravillas. El tercero comienza con la conquista del país del Nilo por el persa Cambises y vuelve a las historias de Persia. El cuarto libro abarca dos lógoi: uno sobre Escitia (región situada en Asia Central) y otro sobre Libia.
Los libros siguientes relatan el conflicto bélico entre griegos y persas, episodio tras episodio. En el quinto enfoca las intrigas de los persas en Macedonia y los conflictos de las ciudades griegas, con noticias sobre las políticas de Esparta y Atenas. Los siguientes libros cuentan las dos guerras médicas: en el sexto, la expedición de Darío, que concluye con la victoria griega en Maratón; el séptimo evoca con intenso dramatismo las batallas decisivas, las de Termópilas y Maratón; en el libro octavo, la de Salamina, y en el noveno narra la de Platea. Todas ellas sellan la merecida victoria final de los griegos.

El primer reportero

Heródoto reúne noticias muy variadas de sus viajes y experiencias. No se basa para ello en textos escritos, no usa viejos archivos, sino que cuenta lo que ha visto y oído en sus largos viajes y, ya en la segunda parte, nos describe y comenta, como nadie antes, la guerra que decidió la libertad de Grecia, con especial referencia a la democrática Atenas. No sólo es el "padre de la historia", como lo definió Cicerón, sino también de la geografía e incluso de la antropología cultural. Nos ofrece una visión personal de su mundo, que exploró con enorme agudeza escuchando a informadores de distintos países a lo largo de sus itinerarios. Sus instrumentos fueron la mirada curiosa (ópsis), el escuchar a fondo (akoé) y la reflexión crítica sobre los datos recogidos (gnóme).
No sólo es el "padre de la historia", como lo definió Cicerón, sino también de la geografía e incluso de la antropología cultural
Los primeros libros de su Historia atestiguan esa faceta de viajero excepcional. Visitó Egipto, recorriendo el valle de Nilo hasta la primera catarata en Elefantina (Asuán), donde acababa el Egipto antiguo, a unos mil kilómetros del mar. También visitó Mesopotamia y nos ha dejado una descripción de la famosa Babilonia y las comarcas cercanas; tal vez llegara hasta Susa. Hacia el norte, visitó las colonias griegas a orillas del mar Negro, y más allá se internó en las praderas pobladas por los errabundos escitas, en la estepa ucraniana, hasta llegar cerca de la actual Kíev. Recorrió también el norte de África, pasando por la Cirenaica y la costa de la actual Libia. Recaló un tiempo en las ciudades griegas del sur de Italia y colaboró en la fundación de la colonia de Turios. Podemos suponer que deambuló por toda Grecia y visitó muchas islas del Egeo.
Nos habría gustado saber más de las andanzas del intrépido viajero. ¿Cómo viajaba? ¿En solitario y con mínima impedimenta? ¿A caballo? ¿Cómo pagaba sus gastos y dónde se albergaba? ¿Registraba sus encuentros e impresiones en apuntes en rollos de papiro? Algunas regiones que Heródoto recorrió estaban colonizadas por griegos –como la costa del mar Negro o el sur de Italia–. También en la costa norte de Egipto había comerciantes griegos, y en Persia, tal vez algunos mercenarios. Pero ¿y en la estepa escita, cuando remontó el río Dniéper viajando entre tribus bárbaras, o en el Alto Egipto? Por otra parte, parece que sólo conocía el griego (como era natural en los viajeros griegos de la época), así que en Egipto tuvo que recurrir a sacerdotes locales bilingües para que le interpretaran las inscripciones más o menos sagradas de los templos.
Heródoto era, indudablemente, un tipo excepcional en su curiosidad por lo exótico y en su admiración de lo extraordinario. Al recordar al sabio Solón cuenta que, tras su etapa como legislador en Atenas, partió de viaje "por afán de ver mundo" (theoríes héneken). Ese mismo "afán téorico" movía sin tregua a Heródoto, pero en él va unido a las ganas de narrar las cosas asombrosas que ha visto o que le contaron, y lo hace en un estilo muy claro, con descripciones y anécdotas de vivo colorido en escenarios muy variados.

Pionero de la antropología

Heródoto es también aquí el gran precursor de la pasión por las maravillas del milenario y enigmático Egipto, conocida luego como "egiptomanía"
Comparado con historiadores como Tucídides o Jenofonte, Heródoto se revela –sobre todo en los primeros libros– como un narrador divertido y fabuloso; después, cuando describe la guerra y sus contextos políticos, resulta más austero. Pero si nos detenemos en la lectura de la mitad inicial de su gran obra podemos admirar toda la variedad de sus observaciones. Es, con razón, muy conocido el libro segundo, dedicado a Egipto –que, desde tiempos de Homero, fue un país que siempre fascinó a los griegos y adonde viajaron famosos sabios como Tales, Pitágoras y más tarde Platón–. Fue Heródoto quien lo llamó "un don del Nilo".
Y, en efecto, comienza hablando del caudaloso río y de las teorías sobre sus lejanas fuentes en el centro de África, para describir luego las extrañas costumbres de sus gentes, así como algunos animales del variopinto bestiario egipcio, como el cocodrilo, el ibis y los gatos (por entonces, unos animales poco conocidos por los griegos). Asimismo trata de las colosales pirámides y de los dioses, sus templos, sus arcanos ritos y las historias asociadas a ellos; incluso narra cuentos curiosos, como el del ladrón de tesoros de pirámides, Rampsinito. Heródoto es también aquí el gran precursor de la pasión por las maravillas del milenario y enigmático Egipto, conocida luego como "egiptomanía".
Heródoto es así, en cierto modo, el primer antropólogo que explora mundos ajenos a su cultura. Abre ojos y oídos a las tradiciones de otros pueblos y elabora una pintoresca narración, una "historia" de horizontes lejanos, monumental y novelesca a ratos; se nos aparece como un viajero ilustrado fascinado por Oriente y Egipto, un pensador de extraordinaria amplitud de miras, tolerante y ameno.
Como otros historiadores griegos, Heródoto vivió desde joven en el exilio y compuso su magna obra desde él. Al igual que Tucídides, Jenofonte y Polibio, la experiencia del destierro le incitó a tender una mirada aguzada e imparcial sobre otras culturas, sin censuras morales ni partidismos patrióticos. Lo hizo con el hondo orgullo de ser un hombre libre y haber conocido la democracia, y de manejar la flexible lengua griega y afianzar, escribiendo en la joven prosa jonia, la tradición helénica del gusto por el diálogo en libertad y el examen crítico ante los hechos y las personas. Por eso, en los últimos libros de su Historia, exaltó la lucha heroica de los griegos por su independencia contra el gran ejército de los persas, llevados de continuo al desastre por reyes despóticos.

Desafiar al olvido

"Todo es azaroso en la vida humana", apunta en una sentencia; "La divinidad es envidiosa y perturbadora", dice en otra
Coetáneo y amigo de Sófocles, Heródoto mantiene una visión humanista y trágica de la historia universal, con esa mentalidad arcaica que veía a los humanos como seres "efímeros" de azaroso destino. Incluso el poderío y la ambición de los más grandes puede derrumbarse. "Todo es azaroso en la vida humana", apunta en una sentencia; "La divinidad es envidiosa y perturbadora", dice en otra. "No llames a nadie feliz hasta contemplar su último día", alecciona el ateniense Solón al riquísimo rey Creso, que recordará la frase al caer derrotado por el persa Ciro.
La divinidad abate a los orgullosos y premia a los justos, y castiga el exceso de soberbia, como hizo con Jerjes, al que ya Esquilo en su tragedia Los persas presentó como ejemplo de hybris (el arrebato pasional que lleva a los hombres a desafiar los límites impuestos por los dioses). Para Heródoto, el mundo se mueve bajo la mirada de los dioses, pero la providencia divina nos es extraña e imprevisible. El destino resulta trágico, y por ello vale la pena celebrar las gestas heroicas y las maravillas, e inventar, para siempre, la historia, es decir, un testimonio acreditado a favor de las glorias humanas desafiando las sombras del olvido.


National Geographic
Carlos García Gual
25 de septiembre de 2017
 

sábado, 9 de mayo de 2015

Delfos

Ciudades, soberanos y simples particulares acudían al templo de Apolo, esperando que el oráculo del dios les aconsejara a la hora de tomar decisiones de importancia
Por Mireia Movellán Luis. Investigadora de la Universidad Complutense de Madrid, Historia NG nº 113
 
 
 

El templo de la diosa Atenea

Este templo circular o tholos dedicado a Atenea se halla en la terraza de Marmaria, en el exterior del recinto de Apolo. Su nombre, Atenea Pronaia, significa «antes del templo».
 
«Layo, suplicas una próspera descendencia. Te daré el hijo que deseas, pero está decretado que dejes la vida a sus manos». Así profetizó el oráculo de Delfos al padre de Edipo; el oráculo también advirtió a Edipo de que mataría a su padre y se casaría con su propia madre. Fueron vanos los intentos de padre e hijo por evitar que tales predicciones se cumplieran: Edipo mató a un hombre y se casó con su viuda, sin saber que se trataba de sus progenitores; al conocer lo que había hecho, se sacó los ojos. Pero no todos los oráculos de Delfos fueron tan tremendos. Aparte de los ejemplos míticos o legendarios, de las más de quinientas preguntas y respuestas délficas conservadas sólo se consideran históricas unas cincuenta y cinco, y la mayoría responden a cuestiones políticas, bélicas o religiosas por las que se interesaron las ciudades.
En Delfos, lugar que los griegos consideraban el ombligo de la tierra, existía un templo del dios Apolo ya en el siglo VIII a.C., y desde entonces se estableció una red de peregrinaje que unía toda Grecia con ese lugar. Lo habitual era que las ciudades o polis enviasen delegaciones sagradas (theoría) que debían transmitir al oráculo preguntas sobre los asuntos públicos. Junto a los comisionados oficiales viajaban consultantes privados, cuyas preguntas debían de diferir, lógicamente, de las que formulaba la ciudad: seguramente se referían a la conveniencia de un matrimonio, a los hijos, a los riesgos de negocios y viajes...
El hecho de acompañar a las embajadas permitía a estos consultantes particulares disfrutar de cierta seguridad, ya que la delegación al completo estaba bajo protección divina y era inviolable. Ello resultaba muy conveniente cuando se tenía que realizar un viaje siempre difícil y peligroso, a veces muy largo, expuesto a ataques y al pillaje. Las delegaciones se mandaban coincidiendo con los momentos propicios para la adivinación, que en su origen se limitaban al séptimo día del mes de bysios (a mediados del invierno), en el aniversario del nacimiento de Apolo; posteriormente se ampliaron al día siete de cada mes. Además, las ciudades podían mandar delegaciones regularmente, con el beneplácito del santuario; los atenienses, por ejemplo, enviaban las llamadas pytháis a Delfos si se veía un rayo en determinado lugar. El santuario también estaba abierto a preguntas durante las celebraciones de festivales como los de Carila o de Septerion, cada ocho años.
Aunque al santuario acudía multitud de peregrinos en busca de alguna orientación sobre decisiones que debían tomar, la función esencial del oráculo no era predecir el futuro, sino proveer de sanción divina a las decisiones políticas de las ciudades: ratificaba leyes e incluso constituciones, aprobaba la fundación de nuevas ciudades y de colonias, aconsejaba empresas bélicas o las censuraba. Aunque Delfos no intervenía directamente en la política de las ciudades, sus oráculos podían ser usados como arma política en caso necesario.

La llegada al santuario

Cuando los peregrinos llegaban al pie del monte Parnaso, donde estaban la ciudad de Delfos y el recinto de Apolo, los recibía el próxenos, el embajador que cada polis tenía en el santuario y que atendía por igual a embajadores y a ciudadanos particulares. Hay que suponer que los días en que el recinto estaba abierto a consultas debía de concentrarse allí mucha gente, y que las colas para entrar eran constantes. Pero no todos tenían que esperar: ciudades como Atenas o Esparta disfrutaban del privilegio de la promanteia, la prioridad de consulta, de la que se beneficiaban tanto sus emisarios como los ciudadanos privados que los acompañaban.
Lo primero que encontraban los viajeros, a un kilómetro y medio del recinto, era la zona conocida como Marmaria por los mármoles de los edificios allí construidos, entre ellos el templo circular de Atenea Pronaia. Luego los peregrinos pasaban por la fuente Castalia, que brotaba entre las dos piedras Fedríades («brillantes»), y se purificaban con sus aguas. Acto seguido entraban en procesión por la vía Sacra, ya en el interior del santuario propiamente dicho. Esta calzada ascendía por una pronunciada pendiente y estaba flanqueada por los tesoros de las más prominentes ciudades: Sición, Sifnos, Cnido, Tebas, Atenas, Corinto, Massalia. Los tesoros eran pequeños templos o capillas en los que se conservaban los exvotos y donaciones que los ciudadanos de una polis entregaban al santuario. Después la vía llegaba al templo de Apolo, más arriba del cual se encontraban la palestra, el gimnasio, el estadio y el teatro. Este edificio, con capacidad para unos 5.000 espectadores, acogía los certámenes artísticos de los juegos píticos, que se celebraban en honor de Apolo e incluían competiciones atléticas y celebraciones religiosas.

La consulta al oráculo

Frente al templo estaba el altar para los sacrificios. Las consultas al oráculo se «pagaban» en forma de sacrificio o de pastel: el propio templo vendía los animales que debían sacrificarse y las tartas sagradas (pélanos). Aunque no se conocen las tarifas, es de suponer que el precio mínimo por la ofrenda sería asequible para un ciudadano medio. Sin embargo, los más pudientes solían ofrecer, además de un sacrificio, presentes como estatuas, trípodes y otros exvotos. Lógicamente, las tasas en forma de sacrificios o tartas que había que comprar para acceder al oráculo debían de ser mucho más elevadas para las consultas cívicas que para las privadas.
Poco sabemos de la organización en el interior del templo. Allí se encontraban la sacerdotisa pitia, por cuya boca hablaba Apolo, y el cuerpo de sacerdotes que la atendía y que se repartía las diferentes tareas. Aunque no se conocen con certeza las atribuciones de cada grupo, se cree que los hieréis se encargarían de los sacrificios; los prophetai se ocuparían de ayudar a la pitia e interpretar sus palabras, y los hósioi se cuidarían del culto.
El peregrino entraba en el templo a través del chresmographeion, donde se guardaba el archivo del santuario con la lista de consultantes, sus preguntas y respuestas, así como la lista de vencedores en los juegos píticos; probablemente allí formulaba su pregunta. Según la tradición, en la parte más recóndita del templo de Apolo había un lugar subterráneo, el ádyton, al que la pitia descendía, con una corona y un bastón de laurel, cuando le llegaba el momento de entrar en éxtasis y comunicarse con la divinidad. Se cuenta que ahí masticaba laurel, bebía agua de la fuente Casotis y se sentaba en un gran trípode situado sobre una grieta natural del suelo de la que salían vapores. Al inhalarlos, la sacerdotisa entraba en un frenesí o delirio gracias al cual pronunciaba las palabras, quizás incomprensibles, que los sacerdotes del templo escuchaban y escribían, y que luego se entregaban al consultante. Pero el ritual de la consulta tal como se ha descrito aquí presenta un problema: es tardío y se trata más bien de una elaboración esotérica de la realidad.Los relatos de diferentes historiadores griegos ofrecen una imagen muy distinta de cómo se desarrollaba.

¿Cuál era la verdad?

Plutarco, que además de historiador y biógrafo fue sacerdote de Apolo en Delfos, no sólo ignora el procedimiento descrito, sino que su narración es incompatible con el mismo. Este autor, que vivió a caballo de los siglos I y II d.C., explica que el ádyton estaba abierto a los consultantes y no era una habitación secreta; y no dice nada sobre el frenesí o trance de la pitia, ni sobre lo incoherente de sus palabras. Sólo en una ocasión refiere que la sacerdotisa se retira a un lugar subterráneo, pero ello sucede en un momento en el que se siente indispuesta y no logra profetizar, cosa que la lleva a la locura. Por su parte, el historiador Heródoto, que vivió en el siglo V a.C., relata la entrada del dirigente espartano Licurgo en el recinto de la sacerdotisa y afirma que ella le habla directamente, sin esperar siquiera a su pregunta y, de hecho, le dicta la constitución espartana. También Jenofonte parece tener una relación directa con la pitia cuando, a finales del siglo V a.C., le pregunta a qué dioses debe encomendarse para tener éxito en el viaje que luego narrará en su Anábasis, el épico itinerario de un ejército de mercenarios griegos a través del Imperio persa.
Es más, algunos ejemplos de consultas históricas que conservamos presuponen no sólo que la pitia estaba presente ante los consultantes, sino que se dirigía directamente a ellos, como cuando los atenienses le solicitaron que escogiera los nombres de las diez tribus de su ciudad, o cuando los tesalios le pidieron que eligiera a un rey. Al parecer, en ambos casos se ofreció a la sacerdotisa una urna con distintos nombres para que ella eligiese. En definitiva, lo que ocurría dentro del templo y la manera en que actuaba la profetisa constituye un misterio. En cuanto al origen de su inspiración, se ha intentado explicar por el uso de sustancias psicoactivas que podían estar presentes en el agua o el laurel, o por algún vapor que actuara sobre su conducta (parece que está confirmada la existencia de etileno en el subsuelo de Delfos). Incluso hay quien afirma que pudo recurrir al hipnotismo o algún tipo de sugestión.

La decadencia

Después de la consulta, el peregrino regresaba al chresmographeion, donde los prophetai le entregaban por escrito un informe oficial y la respuesta del oráculo interpretada y formulada solemnemente, a menudo en verso. Tras esto emprendía el viaje de regreso a casa, tan peligroso como el itinerario de ida. De hecho, la gran cantidad de problemas y obstáculos a los que se enfrentaron los peregrinos entre el estallido de la guerra del Peloponeso (431 a.C.) y el advenimiento de Alejandro Magno contribuyó a la pérdida de importancia del oráculo y al desuso de las rutas de peregrinaje. Durante la guerra, por ejemplo, los atenienses se acostumbraron a visitar el oráculo de Dodona porque Delfos había caído en manos espartanas. El prestigio de Delfos comenzó su declive tras la muerte de Alejandro, en 323 a.C., aunque continuó siendo un centro de atracción durante la época helenística y el período romano. Por fin, en 391 d.C., el emperador romano Teodosio decretó el cierre de todos los oráculos y la prohibición de la adivinación de cualquier tipo. El cristianismo había silenciado la voz de los antiguos dioses.

Para saber más

Oráculos griegos. David Hernández de la Fuente. Alianza, 2008.
Obras morales y de costumbres VI. Plutarco. Madrid, Gredos, 1995.

viernes, 8 de mayo de 2015

Teatro griego

http://es.slideshare.net/Gamarra92/el-teatro-en-la-atenas-clsica







 
 
 
 
 

Muerte de Séneca

 

El célebre filósofo y orador romano, quien fue preceptor del siniestro Nerón, acató la sentencia del emperador y se cortó las venas en abril del año 65 d.C.
En el Retrato del busto del filósofo Séneca, pintado por Rubens en 1614 ó 1615, aparece el célebre orador romano claramente envejecido, con la mirada perdida y transido de dolor. De salud siempre delicada, Séneca buscó consuelo en la filosofía, concretamente en la doctrina del estoicismo romano, en la que exalta la autosuficiencia del individuo a través de la virtud y frente a los vicios o enfermedades morales. "La virtud es algo elevado, excelso y soberano, invencible e infatigable; el placer es algo bajo, servil, deleznable y caduco, cuyo asiento y domicilio son los burdeles y las tabernas", escribe Séneca en su obra Sobre la felicidad.

Incinerado sin ceremonia

La filosofía de Séneca es más práctica y moral que abstracta. Aplicó sus ideas morales a lo largo de su carrera política, impulsada sobre todo por Nerón, cuya educación le fue confiada. Sin embargo, los excesos del poder fueron desgastando al filósofo, que empezó a perder influencia sobre su pupilo Nerón, hasta tal extremo que el emperador obligó a su antiguo maestro a suicidarse. Séneca fue implicado en la conjura de Pisón, un complot dirigido contra Nerón, y fue condenado a muerte. En abril del año 65 d.C., hace 1.950 años, Séneca se cortó las venas acatando la sentencia del emperador. "Su cuerpo fue incinerado sin ceremonia. Así lo había prescrito en su testamento cuando, siendo rico y poderoso, pensaba en sus últimos momentos", relata

Este óleo de Manuel Sánchez Domínguez recrea el momento en que Séneca se abre las venas en el baño rodeado de sus parientes y amigos. 1871. Museo del Prado, Madrid.

Tácito

La Muerte de Séneca


Tras esto mandó matar Nerón a Plautio Laterano, cónsul electo; tanta prisa hubo que no dieron tiempo al reo para abrazar a sus hijos ni aun para elegir la muerte. Le llevaron al lugar en que ejecutaban a los esclavos y allí fue muerto por el Tribuno Estacio; conservó hasta el último momento la constancia en no hablar y no reprochó al tribuno su complicidad en la misma conspiración. Siguió después la muerte de Séneca, con gran júbilo por parte del príncipe, no porque estuviese seguro de su participación en la conjura, sino para terminar por medio de la fuerza lo que no pudo hacer el veneno. Solamente Natal había nombrado a Séneca, diciendo que estando éste enfermo había ido a visitarle y a quejarse de que se le negase la entrada a Pisón; mejor era que los dos se encontrasen en la intimidad y cultivasen su amistad. Séneca respondió que “esas conversaciones no convenían a ningunos de los dos, pues, por lo demás, su propia salvación dependía de la de Pisón”. Gavío Silvano, tribuno de una cohorte pretoriana, recibió la orden de transmitir esto a Séneca y de preguntarle si reconocía las palabras de Natal y su propia respuesta. Séneca, por casualidad, o tal vez de intento, había regresado aquel día de Campania y se detuvo a cuatro millas de Roma en una de esas casas de campo. Allí llegó el tribuno al caer la tarde y rodeo la casa con un pelotón de soldados. Séneca cenaba en compañía de su esposa, Pompeya Paulina, y de dos amigos, cuando el tribuno le comunicó el mensaje del emperador.
Séneca respondió que “Natal había venido a quejarse de parte de Pisón porque no le permitía visitarle; él se había excusado por su estado de salud y por el deseo que tenía de descansar; no tenía motivos para anteponer la salvación de un simple particular a la suya propia, tampoco tenía carácter inclinado a las adulaciones y esto mejor que nadie lo sabía Nerón, pues más veces había experimentado la libertad de Séneca que su servilismo”. Cuando el tribuno refirió esto a Nerón, en presencia de Popea y de Tigelino, consejeros íntimos de las crueldades del príncipe, éste preguntó si Séneca se preparaba a morir voluntariamente. Entonces el tribuno respondió que no había observado en él ningún signo de temor, ninguna señal de tristeza aparecía en sus palabras ni en su semblante. Nerón mandó volver al tribuno y comunicar a Séneca su sentencia de muerte. Cuenta Fabio Rústico que no volvió por el camino por donde había venido, sino que dio un rodeo y pasó por casa del prefecto Fenio, a quien preguntó, después de dar a conocer la obra del emperador, si debía obedecer. Fenio, con la funesta cobardía de todos, le respondió que debía cumplir la voluntad del príncipe. El tribuno Silvano era también uno de los conjurados y acrecentaba el número de los crímenes en cuya venganza había consentido. Sin embargo, tuvo el pudor de no dirigirse directamente a Séneca y de no contemplar su muerte. Mandó entrar a un centurión para que le notificase que debía morir. Sin dejarse turbar, pide séneca su testamente y, ante la negativa del centurión, se vuelve hacia sus amigos, diciendo que, “puesto que se le prohibía agradecer sus servicios, les deja al menos el único bien que le restaba, pero el más hermoso de todos: la imagen de su vida. Si guardaban su recuerdo hallarían en el renombre de la virtud la recompensa de su constante amistad”. Y como llorasen, Séneca les habló primero con sencillez; después, con tono más severo, les reprendió y aconsejó firmeza. Les preguntaba “qué había venido a ser sus lecciones de prudencia, dónde estaban los principios que habían meditado durante tantos años contra la fatalidad. Porque, en fin, ¿quién no conocía la crueldad de Nerón? Al martirio de su madre y de su hermano no le restaba más que ordenar también la muerte del hombre que le había educado e instruido”.
Después de estas exhortaciones, que parecían dirigirse a todos, instintivamente estrechó a su mujer en sus brazos, un poco enternecido, a pesar de la fortaleza de su espíritu, le rogó y suplicó que moderase su dolor y no lo hiciere perpetuo, sino que en la contemplación de una vida consagrada a la virtud encontrase el consuelo de la pérdida de su esposo. Pero Paulina aseguró que también ella estaba decidida a morir y reclamó el brazo del verdugo. Entonces Séneca no se opuso a su gloria; además su amor temíase que quedase expuesta al oprobio una mujer por quien sentía un sin igual afecto: “Yo te había mostrado, dijo, los encantos de la vida; tú prefieres el honor de morir; no me opondré a tal ejemplo; sea igual entre nosotros la constancia de un fin tan generoso, pero en él tú consigues la mayor gloria.”
Después de estas palabras se cortaron, a un tiempo, las venas de los brazos. Séneca, cuyo cuerpo débil por su ancianidad y delgado por la abstinencia dejaba muy lentamente escapar la sangre, se abrió también las venas de las piernas y rodillas. Fatigado por el dolor, temiendo que su sufrimiento abatiese el valor de su esposa y también por no alterarse al presenciar los tormentos de ella, la persuadió a retirarse a otro aposento. Entonces, echando mano de su elocuencia aún en sus últimos momentos, llamó a sus secretarios y les dictó varias cosas. Como fueron literalmente publicadas, creo superfluo el comentarlas. Pero Nerón no tenía resentimiento alguno contra Paulina y, temiendo hacer más odiosa su crueldad, ordenó que se impidiese la muerte de la esposa de Séneca. Por orden de los soldados, sus libertos y esclavos le vendaron las heridas y detuvieron la sangre. No se sabe si ella se dio cuenta de esto pues, como el vulgo se inclina siempre a pensar lo peor, no faltó quienes creyesen que mientras temió la ira de Nerón, deseó la gloría de acompañar a su marido, pero que después, con mejores esperanzas, se dejó vencer por la dulzura de la vida. Solamente vivió algunos años guardando el recuerdo de su marido y mostrando en su rostro y en sus descoloridos miembros que la vida languidecía en ella.
Viendo Séneca que se prolongaba el dolor de la agonía rogó a Eustacio Anneo, en quien veía un amigo fiel y un hábil médico, que le sacase el veneno que ya tenía preparado (era el que daban los atenienses a los condenados a muerte), y cuando se lo trajeron lo tomó sin que le produjera efecto, pues sus miembros estaban fríos y en su cuerpo no obraba el veneno. Ordenó, a continuación, que le introdujesen en la sala de baños calientes y, rociando con el agua a los presentes, dijo que ofrecía aquella libación a Júpiter libertador. Por fin, entrando en el baño, lo sofocó el vapor. Su cuerpo fue incinerado sin ceremonia alguna. Así lo habían prescrito en su testamento cuando, siendo rico y poderoso, pensaba en sus últimos momentos.